¡Viva la competencia!


Hace poco me mudé y necesitaba un camión. Mientras recordaba lo absurdamente caros que suelen ser estos servicios, pregunté en un grupo si alguien tenía el número de alguna empresa de mudanzas. La respuesta fue simple: “buscá en estas aplicaciones”.

¡Gran sorpresa la que me llevé! En minutos encontré varias opciones, con precios hasta cinco veces más bajos de lo que esperaba, pudiendo elegir tamaño del camión, cantidad de cargadores, horarios, seguimiento en tiempo real y lo mejor de todo, sin escuchar musiquitas de espera. Ahí entendí que muchas veces no nos damos cuenta de cuánto pagamos de más, o qué tan mediocre puede ser un servicio, hasta que aparece competencia de verdad.



Hay muchos ejemplos de cómo la competencia beneficia al mercado, pero pocos tan visibles como los de transporte y alojamiento. Durante años, conseguir un taxi o reservar un hotel implicaba resignarse a precios altos, calidad inconsistente y poca transparencia. Tarifas poco claras y pactadas entre algunos, licencias prohibitivas, sindicatos y un sinfín de barreras de entrada que terminaban castigando tanto a los usuarios como a los emprendedores que querían competir.

Entonces aparecieron las apps y, de repente, el cliente pudo comparar, calificar, exigir mejores estándares, conocer el precio antes de contratar y elegir entre múltiples opciones. Al mismo tiempo, miles de emprendedores pudieron entrar al mercado, ampliar la oferta y competir ofreciendo mejor servicio y mejores precios. Pero la verdadera magia no fueron las apps en sí, sino que se convirtieron en el medio para liberar mercados cerrados y abrirlos a la competencia.

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Los actores tradicionales protestaron acusando a estas plataformas de “destruir el negocio” y promover una competencia desleal. Pero el mercado no se destruyó. Lo que realmente se destruyó fue la comodidad de quienes habían dejado de competir. Y mientras algunos lloriqueaban, millones de personas simplemente accedían a un servicio mejor, más barato y más eficiente.

La competencia no es una guerra destructiva del mercado, como muchos la pintan; es un proceso de descubrimiento. Como decía Friedrich Hayek, el mercado es un mecanismo para descubrir información dispersa: quién produce mejor, quién sirve mejor y quién entiende mejor al cliente. Y ese proceso nunca termina. De hecho, me atrevería a decir que es el único mecanismo capaz de garantizar una mejora continua real en favor del consumidor.

Ahora, también hay una verdad incómoda: la competencia no perdona. Las empresas que no invierten, que no innovan, que no entienden las nuevas tendencias del mercado y que se duermen en su posición de líder… pierden. Primero pierden reputación, luego participación y finalmente, desaparecen. El mercado no castiga por maldad; simplemente deja de premiar lo que ya no satisface al cliente.

Y acá está el punto clave: lo que para algunas empresas es una guerra o una “destrucción de mercado y márgenes”, en realidad es el mercado funcionando como debería. Es el sistema corrigiendo ineficiencias, premiando a quienes mejor sirven al cliente y obligando a todos a subir el nivel. La libre competencia no protege empresas, protege consumidores. Y esa es, quizás, la mayor virtud del capitalismo: no hacer que todos tengan lo mismo, sino permitir que cada vez más personas vivan mejor.

Al final, muchas empresas parecían exitosas simplemente porque estaban solas. Pero tarde o temprano, la competencia las desnuda: expone quién realmente es bueno y quién solo estaba cómodo. Si la competencia te incomoda, el problema no es la competencia. Es que ya no sos el mejor. Y la respuesta no es llorar por los márgenes ni desesperarse bajando precios. La verdadera pregunta es: ¿qué estás haciendo para reinventarte?

 

 

Roberto Ortiz Ortiz

MBA con experiencia corporativa en banca y telecomunicaciones