¿A quién representa hoy la Central Obrera Boliviana? Para empezar, si nos remitimos a los datos, la COB representa al 14 % de la población laboral boliviana; es decir, la cantidad actual de asalariado», salvo que “el pueblo” se reduzca a sus acólitos. Además, la clase obrera, a la que dice representar, ha dejado de poseer las características del “obrero” del siglo XX. Los “obreros” de la COB ganan más que el Presidente de la República, más que cualquier ministro, mucho más que cualquier profesional dependiente y muchísimo más que cualquier ciudadano que se gana la vida como trabajador independiente. Están tan lejos de ser pobres y explotados como yo de la galaxia de Andrómeda.
Los miembros actuales de la COB constituyen una plutocracia sindical moralmente corrupta. A esto se suma el hecho de que la globalización y la posmodernidad no han sido meras categorías teóricas, sino fuerzas tectónicas que dinamitaron los paradigmas ideológicos bajo los cuales se gestó la identidad obrera desde el siglo XVIII.
Pocos son los países donde la clase obrera mantiene vigente la narrativa del explotador perverso, evolucionan en la praxis y el discurso y luchan por ampliar los beneficios que les da el capital. En Bolivia, la corrupta y prebendal dirigencia obrera ha quedado anclada en una lógica de representation que parece ignorar el desarrollo de las fuerzas sociales.
De hecho, la negación tácita de sus anticuados discursos se lo refriega en el rostro la emergencia imparable de las burguesías populares y su proyecto de un capitalismo popular, un fenómeno que se sitúa muy lejos del «lamento boliviano» que sirve de coro a las narrativas ideológicas de los cobistas.
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Estas burguesías nativas buscan con éxito la eficiencia productiva, el respeto al marco liberal y el imperio de una democracia como horizonte de legitimidad para cualquier actor social. Están a años luz de las izquierdas que fracasaron en todo el planeta y que, sin embargo, sobreviven en la COB y sus bien remunerados dirigentes.
La contradicción principal radica en que la COB, al aferrarse a los preceptos más decrépitos de un socialismo que ha demostrado su inviabilidad, se sitúa de manera consciente en un desfase histórico respecto al desarrollo del capitalismo. Actúa, no como un catalizador de nuevas formas de ciudadanía, sino como un lastre estructural que busca perpetuar privilegios sectoriales a costa de la mayoría excluida del circuito del trabajo asalariado (86 % de la población boliviana).
Hoy la COB funciona como una élite corporativa y corrupta que ha sustituido el proyecto emancipador de la clase obrera por la captura de rentas y la defensa de prebendas.
Este desfase no es solo un error de cálculo coyuntural, sino una falla profunda en la comprensión de las nuevas dinámicas del poder y la naturaleza del capitalismo del siglo XXI. El poder ya no se construye mediante el control patrimonial de los aparatos del Estado o sus instituciones, sino mediante la capacidad de articular los intereses de una sociedad diversa que busca seguridad jurídica, emprendimiento e integración real al mercado global. Todo esto para Argollo y sus acólitos es chino mandarín.
La vigencia de la COB se encuentra, por tanto, en una tensión irresoluble con los preceptos liberales que sostienen la democracia contemporánea.
La COB insiste en validar mecanismos de presión que atentan contra la institucionalidad. Privilegia el bloqueo, la movilización coercitiva y la violencia callejera en lugar de transitar hacia una representación que reconozca la pluralidad de actores en el juego democrático. En consecuencia, no es solo una organización caduca, sino, además, dictatorial y antidemocrática.
Al ignorar que el poder ya no reside en sus entrañas, la COB se ha convertido en un actor que, a pesar de su retórica revolucionaria, termina actuando como una fuerza profundamente conservadora que impide que la sociedad boliviana pueda avanzar plenamente hacia un modelo de desarrollo que, bajo los principios de la libertad y el respeto al derecho, permita reducir efectivamente la pobreza y la desigualdad.
Es indispensable, en este momento de examen crítico, cuestionar si el modelo de representación cobista no es –a estas alturas– el principal obstáculo para el desarrollo de una clase obrera que pueda dialogar con el mundo contemporáneo sin los prejuicios de un pasado ideológico fracasado en todo el planeta.
Es absolutamente necesaria una ruptura epistemológica que permita entender que el capitalismo popular no es el enemigo, sino el terreno donde se está librando la verdadera batalla por la dignificación de los ciudadanos.
La población exige respuestas a su incertidumbre económica y no la repetición de mantras colectivistas que, lejos de ofrecer soluciones, profundizan el subdesarrollo y la pobreza.
La COB, si desea recuperar alguna relevancia que no sea la meramente disruptiva, tendría que reconocer que su época de vanguardia ha concluido y que su futuro –de existir alguno– depende de su capacidad de transformarse en un actor que acepte la lógica democrática como el escenario de las próximas batallas por la historia.
Debe abandonar su pretensión de ser la única voz de los trabajadores y escuchar el clamor de quienes, siendo la mayoría, nunca han sido representados por los cuadros burocráticos y prebendales que han hecho de la militancia cobista una profesión y del corporativismo corrupto su única razón de existencia.
Renzo Abruzzese es sociólogo.
