¿Cambiar al presidente o cambiar el sistema?


Johnny Nogales Viruez

Las demandas que dieron origen a los bloqueos fueron desapareciendo una tras otra. Unas fueron atendidas, otras negociadas y algunas simplemente quedaron atrás. Sin embargo, los bloqueos continúan.



Entonces, si las reivindicaciones iniciales ya no explican el conflicto, ¿cuál es su verdadero objetivo?

La respuesta parece cada vez más evidente. La exigencia principal ya no es económica, sectorial ni administrativa. Es política. Lo que hoy se reclama es la renuncia del Presidente de la República.

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Cada ciudadano tiene derecho a juzgar al gobierno como considere conveniente. Puede apoyarlo, cuestionarlo o rechazarlo. Esa es la esencia misma de la democracia.

Pero cuando una crisis política se reduce a la exigencia de que alguien abandone el poder, existe la obligación de detenerse a examinar las consecuencias. No puede tratarse de un salto al vacío.

Es preciso saber qué proponen quienes exigen la salida del Presidente y cómo pretenden enfrentar la crisis que atraviesa Bolivia.

¿Qué reformas plantean para corregir el déficit fiscal, recuperar la inversión, fortalecer las instituciones o reconstruir la confianza perdida? ¿Qué modelo económico ofrecen como alternativa?

Hasta ahora, las respuestas esenciales para el país han sido cuidadosamente evitadas.

Se habla mucho de quién debe irse. Se habla muy poco de qué debe cambiar. Y eso hace la diferencia.

Porque si la crisis fue provocada por un modelo económico y político determinado, la pregunta decisiva no es quién ocupa temporalmente la Presidencia. La pregunta es qué se hará para corregir las causas que llevaron al país hasta esta situación.

Sin embargo, quienes hoy exigen la renuncia presidencial parecen más interesados en discutir la sustitución de una persona que la transformación del sistema que produjo la crisis.

La crisis no apareció por accidente. Es el resultado de un modelo económico y político que durante años privilegió el control sobre la eficiencia, la lealtad partidaria sobre la capacidad, la distribución de privilegios sobre la creación de riqueza y la ocupación de instituciones sobre su fortalecimiento. También dejó como herencia un Estado más vulnerable a la corrupción, el crimen organizado y el avance del narcotráfico.

Los resultados están a la vista. No se trata de una discusión ideológica. Se trata de una realidad verificable. El país enfrenta una crisis económica profunda y unas instituciones debilitadas. Los bolivianos saben quiénes son los responsables, quienes administraron el poder durante las últimas décadas y quiénes condujeron al país a esta crítica situación.

Frente a esa realidad existen dos caminos.

El primero consiste en reconocer los errores, corregirlos y avanzar hacia reformas que permitan recuperar la productividad, la inversión, la transparencia y la fortaleza institucional. Es decir, cambiar el modelo.

El segundo consiste en impedir que esas transformaciones ocurran.

Por eso el debate de fondo ya no es quién ocupa temporalmente la Presidencia. El verdadero debate es si Bolivia continuará atrapada en el mismo sistema que produjo la crisis.

Porque la discusión real no gira alrededor de una persona. Lo que está en disputa es la continuidad de una estructura de poder que durante años distribuyó recursos, protección y privilegios. Una estructura que permitió enriquecimientos escandalosos, degradó instituciones y acostumbró a demasiados sectores a depender del favor político antes que de su propio esfuerzo.

Es aquí donde nos quieren conducir quienes hoy exigen la renuncia del Presidente. Presentan esa demanda como una solución, pero una solución supone corregir las causas del problema. Y hasta ahora nadie ha explicado cómo la salida de una persona resolvería el agotamiento de un modelo que ha fracasado desde hace años.

Esa definición permite identificar con mayor claridad a los que se oponen con más radicalidad a cualquier intento de cambio.

Son los mismos sectores que durante años obtuvieron poder, protección, influencia o beneficios dentro de ese modelo.

Cuestionan al gobierno, pero evitan cuestionar las estructuras que hicieron posible el deterioro nacional. Denuncian las consecuencias de la crisis, pero no muestran el menor interés en discutir sus causas.

Muchos de ellos fueron parte del sistema de recompensas que sostuvo políticamente al régimen durante años. Recibieron recursos, espacios de poder, protección o privilegios a cambio de respaldar a los políticos del régimen depredador. Aplaudieron a quienes vaciaban las instituciones, justificaron abusos evidentes o guardaron silencio frente a hechos que hoy resultan imposibles de ocultar.

Por eso la contradicción es tan evidente.

Se presenta la caída del Presidente como una solución para la crisis, mientras se evita discutir las estructuras que la produjeron. Se combate a quien hoy administra las consecuencias del desastre, pero se guarda silencio sobre quienes construyeron las condiciones que lo hicieron posible y llevaron al país a la ruina.

Y cuando se rechaza cualquier cambio que afecte privilegios, mecanismos de control político o espacios de impunidad, resulta difícil sostener que el propósito sea resolver la crisis.

Porque resolver la crisis exige modificar precisamente aquello que la produjo.

Si se rechaza la reforma, pero se exige la caída del Presidente, la conclusión inevitable es que no se busca cambiar el sistema. Se busca que el sistema sobreviva a través de un cambio de nombres.

Eso es lo que vuelve tan importante distinguir entre la renuncia de una persona y la transformación de un modelo.

Porque cambiar al Presidente sin cambiar las causas de la crisis no resolverá nada. Será simplemente una sustitución de nombres para preservar los mismos mecanismos de poder que gobernaron durante dos décadas y para proteger los privilegios y la impunidad construidos alrededor de ellos.

Bolivia necesita mucho más que un relevo presidencial.

Necesita reformas profundas. Necesita instituciones confiables. Necesita transparencia. Necesita productividad. Necesita recuperar la convicción de que el Estado existe para servir a los ciudadanos y no para convertirse en patrimonio de grupos políticos, corporativos o económicos.

Esa es la discusión que realmente importa.

Mientras el debate siga concentrado exclusivamente en que el Presidente abandone el poder, seguiremos cayendo en la trampa de quienes pretenden que el país vuelva a las mismas prácticas y bajo las mismas garras que lo condujeron hasta esta crisis.

Así de claro. Que no nos distraigan.