Surge una hipótesis inquietante: los bloqueos transmiten un mensaje, una advertencia para quienes se atrevieron a perder el miedo, abandonar la obediencia política y apostar por una alternativa de renovación.
El mensaje fue simple y brutal: si votan contra nosotros, sufrirán las consecuencias.
Han muerto 13 ciudadanos debido a la intransigencia de los bloqueadores. La consigna criminal, la venganza y el autoritarismo que caracterizan al movimiento político de Evo Morales cobraron esas vidas. La sangre no la derramaron los bloqueadores; la derramaron los afectados: gente inocente y enfermos que no pudieron llegar a los hospitales. No se trata de un hecho aislado, sino de una estrategia y de un precedente funesto.
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La pregunta que los bolivianos deberíamos hacernos en medio de los bloqueos, cercos y acciones que mantienen asfixiadas a La Paz, El Alto y otras ciudades del país es la siguiente: ¿es casualidad que los principales afectados sean precisamente los centros urbanos que en 2025 le dieron la espalda al masismo?
Las elecciones de 2025 marcaron un punto de inflexión histórico. Por primera vez en dos décadas, el proyecto político que dominó Bolivia fue derrotado en las urnas. Millones de ciudadanos optaron por una alternativa distinta, expresando su cansancio frente a la crisis económica y a la confrontación permanente.
Pero en política hay derrotas que algunos no aceptan.
Desde entonces, los sectores más radicalizados vinculados al evismo han vuelto a recurrir a la herramienta que mejor conocen: el bloqueo. No para convencer, sino para imponer; no para dialogar, sino para doblegar; no para construir una mayoría democrática, sino para demostrar que, aunque hayan perdido en las urnas, todavía pueden paralizar el país.
La Paz y El Alto viven hoy las consecuencias más duras de esa estrategia: escasez de alimentos, falta de oxígeno y medicamentos en los hospitales, carencia de combustible, pérdidas millonarias, emprendedores quebrados y familias enteras sometidas a una incertidumbre permanente. Los principales damnificados son los ciudadanos comunes. La lucha política por derrocar a un gobierno se ensaña con una ciudadanía que ejerció su derecho democrático en la última elección.
No sería la primera vez que sectores autoritarios intentan convertir el sufrimiento colectivo en un instrumento de disciplinamiento político. A lo largo de la historia, los movimientos que no logran imponerse mediante la persuasión suelen recurrir a la coerción; ese es su rasgo antidemocrático. Cuando los votos no alcanzan, aparecen los bloqueos. Cuando la ciudadanía decide libremente, surge la amenaza de la paralización y el caos.
La democracia tiene una regla elemental: quien pierde una elección debe prepararse para la siguiente. No puede intentar revertir en las carreteras lo que perdió en las urnas.
Las ciudades no pueden ser castigadas por pensar diferente. Los ciudadanos no pueden convertirse en rehenes de proyectos políticos que se niegan a aceptar su derrota.
Porque cuando una fuerza política cree que tiene derecho a castigar a quienes no la apoyan, deja de actuar como una alternativa democrática y empieza a comportarse como una estructura de dominación.
La reflexión queda en el aire. De este bache saldremos respirando una democracia frágil y debilitada, y volveremos a nuestras vidas. La normalidad retornará a las ciudades sitiadas. Paz Estenssoro decía: “En Bolivia pasa todo y no pasa nada”.
Después de esta barbarie, después del asedio de huestes delincuenciales, debemos luchar contra el miedo. No podemos olvidar que nos privaron de alimentos, atentaron contra la vida, quisieron humillarnos y quisieron doblegar nuestro espíritu.
El gobierno y la justicia deberán encargarse de hacer cumplir la ley: los asesinos a la cárcel, los delincuentes también, y los responsables de los daños deberán repararlos. Nosotros, los ciudadanos de a pie, debemos fortalecer nuestro espíritu democrático. No podemos responder a los violentos con más violencia. Llegará el momento de pasar factura, y la respuesta debe ser democrática, ejerciendo el poder del voto.
Nunca más votar por ellos. Quien lo haga significará que cedió al miedo, que perdió la batalla.
Jaime Navarro Tardío
Político y exdiputado nacional.
