El aymara permitido y el simulacro de la descolonización


Fernando Untoja

Existe un momento en que los conceptos dejan de explicar la realidad y comienzan a sustituirla. Dejan de ser instrumentos de conocimiento para convertirse en signos que circulan por sí mismos, inmunes a toda verificación. Quizá eso ocurra hoy con ciertas lecturas de Zavaleta y con determinadas retóricas de la descolonización.



La acusación de “aymara blanqueado” no pertenece al orden de la crítica. No intenta refutar un argumento ni discutir una hipótesis. Opera como un signo de exclusión. No pregunta qué se dice, sino quién habla. El problema ya no es la verdad de una proposición, sino la identidad de quien la formula.

Así aparece una figura extraña: el aymara legítimo y el aymara ilegítimo. El primero puede citar a Marx, Lenin, Gramsci o Althusser sin que ello constituya un acto colonial. El segundo, si recurre a Sloterdijk o a la tradición liberal, se convierte inmediatamente en un sujeto “blanqueado”. El criterio ya no es teórico. Es ritual.

=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas

Nos encontramos frente a una paradoja: el marxismo europeo aparece purificado de su origen occidental, mientras que otros autores europeos conservan intacta su condición colonial. No se trata de un análisis del conocimiento, sino de una administración ideológica de las citas.

También Zavaleta corre el riesgo de convertirse en simulacro. Se repite que Bolivia es una sociedad abigarrada donde coexisten tiempos históricos, estructuras de autoridad y modos de producción. Sin embargo, cuando se pregunta cuáles son esas estructuras, cómo se articulan, cuáles son sus relaciones económicas o sus formas de propiedad, el discurso se vuelve evasivo. El concepto funciona entonces como un signo autosuficiente.

La sociedad abigarrada termina explicándolo todo precisamente porque ya no necesita explicar nada.

La descolonización misma puede ingresar en esta lógica. Ya no designa un trabajo intelectual de crítica, sino una certificación ideológica. Se establece quién posee la palabra legítima y quién ha sido expulsado del territorio simbólico. El “indígena” aceptable es aquel que repite el repertorio autorizado; el otro se convierte en traidor, liberal, desclasado o blanqueado.

Pero el katarismo nació precisamente contra las tutelas intelectuales. Nunca constituyó una ortodoxia única. En él coexistieron posiciones diversas, tensiones ideológicas y horizontes contradictorios. Convertirlo en una doctrina cerrada significa neutralizar su potencia crítica. Entonces el katarismo, remite a una genoestructura: a los elementos fundacionales que atraviesan la experiencia histórica aymara y que no pueden ser reducidos a acontecimientos circunstanciales.

Quizá la pregunta deba invertirse. No se trata de saber si un aymara puede leer a Europa. Se trata de comprender por qué ciertos guardianes de la descolonización autorizan a Marx, pero prohíben a Sloterdijk; legitiman a Lenin, pero condenan al liberalismo; aceptan la dependencia intelectual siempre que esta provenga del canon correcto.

La descolonización corre entonces el riesgo de convertirse en su propio simulacro: una máquina que habla en nombre de la diferencia mientras administra la uniformidad del pensamiento.