El mito de los 500 años


 

Corría el año 1438 cuando el sistema de monarquía teocrático terminaba por consolidarse definitivamente en el Imperio Inca. Con la llegada de Pachacútec al trono, comenzó a promoverse un sistema de recaudaciones y administración política expansionista, lo que le permitiría durante los siguientes años consolidar su poder en buena parte de la región. Durante casi siete lustros el emperador fortaleció una monarquía teocrática en la que el súbdito (el pueblo) estaba sometido a la voluntad del “Sapa Inca” (gobernante absoluto del imperio que concentraba para él la dirección política, social, militar y económica), considerado el “Hijo del Sol” (Inti).



Se convirtió de esta manera en un Estado absolutista con sometimiento total de la población al culto oficial (Tata Inti), así como a una jerarquía vertical rígida que concentraba todo el poder en manos del emperador que tenía un carácter divino. Entre 1440 y 1460 aproximadamente, Pachacútec avanzó con sus tropas sobre las áridas estepas de la meseta andina, en procura de conquistar la región del Collasuyo que estaba ocupado por diferentes ayllus aimaras, objetivo que finalmente se consolidaría bajo el imperio del Inca Yupanqui, quién penetró la altiplanicie andina desde el valle de Camata (Chile) hasta la región Este del Lago Titicaca (Bolivia).

Durante el reinado del Inca Hauyna Cápac, se tuvieron las primeras noticias sobre la llegada de los españoles al continente. En la misma época, los chiriguanos invadieron a los charcas, desafiando el supremacismo inca. El Emperador que se encontraba en Quito, mandó a tropas fuertemente armadas para aplacar la sublevación que fue neutralizada temporalmente, hasta que se produjo la “guerra de sucesión” protagonizada por Huáscar y Atahualpa (herederos al trono), lo que permitió que los chiriguanos vencieran y dieran muerte a Guacané (curaca y señor de los llanos de Grigotá).

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Es probable que sin la división profunda y el estado de guerra civil en la se encontraban inmersos los incas durante la época de conquista, la misma no hubiera podido realizarse con la facilidad con la que se llevó a cabo. El estado de disolución, de agitación interna y de anarquía en que se encontraba en aquellos momentos el imperio inca, dividido en dos regiones, propició que los conquistadores lleven adelante su cometido sin que tenga que acometerse una invasión tal como insisten en esgrimir de manera falaz algunos investigadores.

El profesor nacido en Azángaro (Perú) Juan Carlos Valdivia Cano, nos recuerda una verdad incontrastable, para pesar de los sofismas impartidos en las interminables clases de historia de la educación regular y superior que busca ensombrecer el sentido crítico de los estudiantes que deben saber que: “Los españoles no conquistaron el Perú [mucho menos Bolivia], sino el imperio de los Incas. Al desestructurar una cultura (…) crearon otra: el Perú”. El mismo investigador concluye categóricamente al señalar que: “Perú no es sinónimo de Tahuantinsuyo”, frase tan acertada que podría aplicarse a la realidad boliviana: “Bolivia no es sinónimo de Collasuyo”.

Durante el coloniaje se impuso una cultura, su lengua, religión, su sistema de rentas, toda una estructura mental que se introdujo en tierras nuevas y conquistadas. Estas fueron enquistadas en la gente no por la fuerza, más bien por una práctica habitual que dio como resultado costumbres y tradiciones, asentamientos masivos, matrimonios mixtos que generaron un mestizaje excepcional de rasgos físicos inconfundibles. Una simbiosis de cultura viva, cultura en movimiento que no se edifica sobre rasgos únicos y estereotipos convencionales.

El mito de los 500 años intrusivo e inconsistente, fue introducido en el imaginario colectivo del pueblo boliviano en los últimos veinte años, incorporando un supremacismo racial de prédica nacionalista y exaltación fascista de “raza pura”, reclamando un territorio sobre el cual jamás ejercieron control. Una narrativa nociva que buscó dañar el tejido social, que desconoce absurdamente el mestizaje producido a lo largo de la historia. Para el historiador Juan Pedro Viqueira: “Por biología genética, las razas no existen”, remontarse a la colonia para reclamar cuestiones de raza carece de sentido, puesto que las estructuras sociales durante este periodo histórico se conducían en función a categóricas jurídicas y estamentales.

Mientras en el Imperio Inca el súbdito carecía de libertad y vivía obligado a obedecer la voluntad sagrada y teocrática del emperador ungido por una divinidad mitológica, en Europa florecía el humanismo por el cual el individuo se subordinaba a la sociedad, a la idea de construcción de Estado. Por consiguiente, es incorrecto establecer que se haya producido una ruptura en el proceso histórico incaico, que durante el proceso de conquista mostraba una erosión notable. Valdría la pena referirse a este periodo como de transformación, puesto que no se interrumpe un proceso histórico más bien se experimenta un sincretismo que enriquece a ambas culturas.

En ello radica la importancia en la actualidad de comprender que mestizos somos todos, condenados al ostracismo y subdesarrollo por nuestra propia insensatez y obsecuente mirada de desprecio a aquello que es diferente o que desconocemos. Una actitud mezquina, que no permite a países como Bolivia, disfrutar de los estándares de vida de naciones modernas que, a diferencia de esta, tuvieron la voluntad de entender que debían acabar con el estigma de aquella diferenciación despectiva de unos a otros, acabando con aquella jerarquización de culturas en un mismo territorio y dentro de un mismo proceso de construcción cultural e identidad nacional.

Las diferencias deben ser individuales, apostando cada individuo por tratar de ser mejor ser humano todos los días. Por ello resulta imperativo acabar con el mito de los 500 años, liberando a miles de personas del bloqueo mental que los esclaviza y los obliga (como el Inca) a creer ciegamente en dogmas impuestos. De esta manera se podrán desmontar los argumentos que alimentan el resentimiento de un sector minoritario de la población fundada en mentiras y un odio infundado, que son difundidos por delirantes predicadores del entorno político que han utilizado la historia como herramienta de sometimiento de su gente, a los que han convertido en marionetas del caos y la destrucción.

Para finalizar, no olviden que: “Estamos acostumbrados a ver al poderoso como si se tratara de un gigante, sólo, porque nos empeñamos en mirarlo de rodillas y ya va siendo hora, de ponerse de pie”.

 

 

Carlos Manuel Ledezma Valdez