
Durante buena parte del siglo XX, los periodistas buscaron las claves del mundo en los grandes centros del poder. Washington, Moscú, Londres o Pekín parecían decidir guerras, alianzas, revoluciones y oportunidades. El poder con una geografía reconocible y una estructura visible.
Sin embargo, el nuevo siglo nos quiere contar una historia diferente. Mientras los gobiernos siguen discutiendo sobre geopolítica y comercio internacional, una nueva realidad emerge desde la periferia. Ya no se trata de hablar sobre quién controla el mundo, sino de quién controla la esquina. No de quién domina los océanos, sino de quién domina el barrio.
Pocas personas han observado esta transformación con tanta claridad como el periodista argentino Germán De los Santos. Se ha sumergido en los barrios de la ciudad argentina de Rosario, hablando con policías, fiscales, jueces, pastores evangélicos, maestros, narcotraficantes y familiares de víctimas. Mientras buena parte del periodismo argentino se limitaba a analizar la violencia rosarina desde una perspectiva exclusivamente policial, él comprendió que estaba frente a la aparición de una nueva forma de poder.
Rosario es una especia de laboratorio social, un referente de las tendencias, en materia sociocultural, del siglo XXI. Campan las bandas narcotraficantes, que ya no son simples organizaciones dedicadas al comercio ilegal de drogas. En muchos barrios comenzaron a desempeñar funciones que históricamente correspondían al Estado, prestando dinero, ofreciendo protección, distribuyendo ayuda social, regulando conflictos. En la realidad, construyendo mecanismos de pertenencia.
Un fenómeno inquietante, porque no se basa únicamente en la fuerza, sino en la legitimidad. Según las investigaciones De los Santos, muchos adolescentes no ingresan a las bandas exclusivamente por dinero. Buscan reconocimiento. Quieren ser vistos, respetados y considerados importantes dentro de una comunidad que se lo ha negado. Lo que está en juego es una inversión cultural de enorme profundidad. Si la sociedad del siglo XX se construyó sobre la idea de que el trabajo otorgaba dignidad, hoy el generar miedo se ha convertido en una fuente de prestigio social.
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El caso de los niños sicarios constituye la expresión más extrema de esta transformación. En marzo de 2024, Rosario vivió una semana que quedará grabada en su memoria colectiva. Varios trabajadores fueron asesinados al azar por adolescentes reclutados por organizaciones criminales. La ciudad se paralizó. Los habitantes dejaron de salir por las noches porque comprendieron que cualquiera podía convertirse en víctima. Estos asesinatos marcaron un punto de inflexión, pues por primera vez el terror dejó de estar confinado a determinados barrios o grupos específicos, expandiéndose por toda la ciudad. Con un mensaje claro: nadie estaba a salvo.
Lo más dramático fue que quienes ejecutaban esos crímenes no tenían más de quince años. La mayoría provenientes de familias desestructuradas y de entornos donde la violencia se había normalizado. Sin embargo, De los Santos insiste en que el problema no puede explicarse únicamente por la pobreza. Existe una dimensión cultural profunda relacionada con la búsqueda de identidad y pertenencia.
Esta observación conecta Rosario con fenómenos que hemos visto en otras partes del mundo. Las maras centroamericanas, las pandillas brasileñas, los grupos criminales mexicanos e incluso ciertas organizaciones presentes en África o Europa comparten un rasgo común. Ofrecen comunidad donde las instituciones los invisibilizan.
El nuevo orden mundial fragmentado se caracteriza precisamente por la marginalidad y la incapacidad de las instituciones oficiales para integrarlos. Ya no estamos frente a una única estructura de poder, sino que aparecen múltiples centros locales que compiten por la lealtad de las personas. Y mientras algunos poseen legitimidad democrática, otros se sostienen mediante el miedo. Y en la medida que el Estado abandona el cumplimiento de determinadas funciones, las fronteras entre ambos polos se vuelven más difusas.
Por eso resulta esperanzador que De los Santos haya encontrado espacios de resistencia. Ya sea una maestra que protege a una niña criada en un entorno narco o un pastor evangélico que logra recuperar jóvenes destinados a la violencia o un club deportivo recuperado por vecinos donde adolescentes terminan jugando waterpolo en lugar de convertirse en sicarios. Son historias que pueden parecer insignificantes frente a la magnitud del problema, pero demuestran que no se trata solamente de un juego de policías y ladrones. Es una disputa simbólica, en que la solución radica en construir relatos alternativos sobre el éxito, la dignidad y la pertenencia.
Tal vez por eso estamos escribiendo sobre el trabajo de un periodista argentino en los márgenes físicos y sociales de la ciudad de Rosario. Porque trasciende al periodismo policial. No nos habla sólo de narcotráfico, sino de fragmentación, crisis institucional y, sobre todo, de la emergencia de nuevos poderes locales que ocupan los vacíos dejados por el Estado. En el fondo, Rosario es mucho más que Rosario. Es una advertencia sobre el mundo que estamos construyendo.
Los conflictos globales continúan existiendo, pero las batallas decisivas se libran cada vez más cerca de casa, ya sea en las escuelas, en los barrios, en las iglesias, en los clubes deportivos y en las calles donde las personas intentan encontrar un sentido de pertenencia. El nuevo orden mundial ya no se comprende únicamente observando a las grandes potencias. Para entenderlo, hay que caminar también por las calles de Rosario.
Por Mauricio Jaime Goio.