
Cada uno recuerda los mundiales de fútbol en relación con su propia vida, muy aparte de los expertos futboleros que enumeran las glorias pasadas por los campeones y los seleccionados de sus amores, por las sorpresas y los goles, algunos por las derrotas que se guardan como si fueran heridas nacionales. A muchos, también, les da exactamente igual lo que suceda en ese concurso de 22 corriendo tras de una pelota a nombre del país que los auspicia. Otro opio de los pueblos, dirán.
Recuerdo que, ya a 2500 km. de distancia de mi infancia, la Copa de 1978 me supo a premio consuelo en el desarraigo, premio consuelo para un país y una generación destrozada por la guerrilla y la dictadura. En casa se escuchaba al pasar por la cocina la radio de la abuela Nemesia. Después de su radionovela matinal, seguía el informativo y las noticias deportivas de forma tardía. Distinto sonaba en la radio 7 mares de mi padre, en la que sintonizaba frecuencias argentinas y las voces conocidas de los locutores de entonces relatando en directo el campeonato en Buenos Aires.
En 1986 fue la primera vez que volví a Argentina. Fueron pocos días y todavía no era fecha del Mundial con sede en México, pero en las calles de ambas capitales (federal y provincial) bullían efervescentes entre diatribas contra el técnico Carlos Salvador Bilardo, un equipo que venía con altibajos y con la crítica de que Diego Armando Maradona no era el que se esperaba en las eliminatorias. Fue el Mundial de la falta grave que no se vio/cobró, “la mano de Dios” ante los ingleses en semifinales que -cosas de la pasión- nos supo a gloria por las Malvinas y una Copa llena de la euforia unida al pleno retorno de la democracia en una crisis económica galopante. Abracé con mis pasos mi antigua casa, mi antigua escuela, los sitios donde vivo dentro de mi médula espinal y mis entrañas desde que nací.
Treinta años pasaron de frustraciones para la camiseta. Treinta años que no dejé de cebar el mate cada mañana y de volver, cada vez que se pudo, que se puede, a empezar; de cantar de pie frente a la tele antes del comienzo de cada partido, de recordar con mamá los tiempos que se lleva el olvido, de compartir con Inés y con Álvaro, antes las medialunas y el café, ahora a la distancia, esa pasión que nos sale del alma sin explicación.
En 2022 la Selección Argentina aterrizó en Qatar con dos leones a la cabeza: Lionel Scaloni, como técnico, y Lionel Messi, como capitán. Las expectativas eran enormes. Llegaba invicta luego de 36 partidos y la Copa América 2021. El sueño del mundo del fútbol se cumplió: La tercera Copa del Mundo la festejamos todos con la alegría de quien recibe un premio tantos años buscado y al fin merecido. Messi, después de 5 Mundiales, lograba el único título que le faltaba. Segundo, Francia. Y atrás quedó la dolorosa final de 2014 ante Alemania en el Maracaná, aquel domingo soleado y caluroso después de un día de piscina en Güembé, donde la única con un semblante que parecía haber atravesado un aguacero era yo.
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La Scaloneta se instaló en el imaginario popular de la hinchada universal.
Luego de Alemania 2006, Sudáfrica 2010, Brasil 2014, Rusia 2018 y Qatar 2022, esta vez el Mundial de 2026 comienza y será recordado con una certeza: será el último de Lionel Messi. Ninguna Copa del Mundo ha sido como esta. Tres países organizadores, 48 selecciones, más partidos, más estadios, más kilómetros, más espectáculo, al estilo del Superbowl norteamericano, y hasta un inédito “tiempo de hidratación” inventado para embutir más publicidad. Un torneo gigantesco diseñado para una época que parece convencida de que todo debe ser más grande y fantasioso, en detrimento de la esencia misma del deporte más popular del mundo: el sentido de pertenencia local y universal a un mundo en el que importa jugar, hacer equipo, ganar partidos y convocar a hinchadas que acompañan desde el lugar que estén a la selección de sus amores. Esta vez habrá algo infinitamente más importante que las cifras, tres inauguraciones, Shakira en inglés en la capital mexicana y los récords: la despedida del futbolista contemporáneo campeón, más mundialista y respetado en Argentina y en el mundo.
La pasión por el fútbol es universal. Se juega en los potreros de Buenos Aires y las callejuelas de Casablanca, en los barrios de Nápoles, en las playas de Río y en los patios de cualquier escuela del mundo. El fútbol es uno de los pocos idiomas que todavía consigue que millones de personas sientan exactamente lo mismo sin necesidad de traducción.
Hay países donde ese idioma se habla con una intensidad distinta: Argentina es uno de ellos. Los argentinos lo hablan viviéndolo, con una pasión extraordinaria. No importa si sos hombre o mujer, si entendés o no de fútbol: Las victorias se festejan a saltos y abrazos, las derrotas se lloran a moco tendido. Ambas se decoran de improperios que, según la entonación, denotan la alegría, la desesperación, la esperanza o la bronca.
Cuando juegue la Selección Argentina en este Mundial, volverá a ocurrir el milagro de siempre. Las ciudades parecerán apagarse en señal de devota fecha religiosa o feriado. Los pueblos parecerán suspendidos en el tiempo. Las oficinas se convertirán en improvisadas tribunas. En el bodegón, en la cafetería de la esquina, en la sala de una casa, en un teléfono celular apoyado sobre una mesa de trabajo, habrá gente mirando. Amigos, familias, vecinos. Todos juntos y unidos por el himno nacional, las camisetas, los colores y ese equipo de 22 que entrarán a la cancha en Kansas City y en Dallas en la primera ronda de grupos y a cada minuto siguiéndoles el paso hasta la soñada nueva final, compartiremos una semana en que podremos estar en la rutina diaria pero la cabeza y los tiempos libres puestos en cuanta lectura, noticia, clip, podcast, video, lo que aparezca, alimente la emoción. Desde el minuto uno del martes 16 de junio brotarán atisbos de pasión desbordada aguardando que aparezca en la cancha Lionel Messi.
El campeón del mundo. El jugador más ganador de su época. El muchachito de doce años que dejó Rosario para viajar a Barcelona buscando algo tan difícil como un tratamiento médico que su familia no podía pagar y un sueño que nadie le podía garantizar. Una servilleta con las firmas de su papá y del club fue el inicio de una carrera profesional sin igual.
Lo demás parece haber ocurrido en un instante. Al siguiente estaba desafiando a los mejores defensores del planeta. Después llegaron los títulos, los récords imposibles, las finales, las alegrías, las decepciones, la consagración eterna.
El tiempo pasó como pasa el viento. Tan rápido que cuesta creerlo. Lo extraordinario no fue únicamente cómo jugó. Lo extraordinario fue cómo vivió. En una época que convirtió el escándalo en noticia y la polémica en moneda corriente, Messi eligió otro camino. Construyó una carrera impecable acompañada por valores que hoy parecen fuera de juego: la familia, la honestidad, la disciplina, el respeto, la constancia y el bajo perfil personal.
No necesitó levantar la voz para hacerse escuchar. No necesitó convertirse en personaje para ser leyenda. Junto a su legado de goles, asistencias, paso histórico por clubes europeos y la tercera copa del mundo para su país, está la demostración cotidiana de que el talento puede convivir con la humildad y que la grandeza también puede expresarse con sencillez.

Para los argentinos, como para Lionel Messi, este Mundial tendrá algo de celebración y algo de despedida. Porque mientras Argentina vuelve a perseguir una ilusión, millones de personas estarán agradeciendo el privilegio de haber sido contemporáneos de Messi y sus más de dos décadas jugando y haciendo su propia historia, con sus gambetas, sus golazos, sus marcas, sus victorias y sus derrotas.
Debe ser la temporada en que las agencias publicitarias compiten por el Nobel a quebrarte de emoción. Algo que otras naciones no entienden ni tienen por qué y, sin embargo, muchos que de todo el mundo decidieron radicar en Argentina, hacerse de sus amores, sus cábalas, sus hábitos y sus costumbres, eligen esta cultura exagerada, intensa y vibrante.
Parece una tontería, pero esto de la pasión es un todo, la vida en un nudo en la garganta. Guillermo Francella en su actuación como Pablo Sandoval en “El secreto de sus ojos” decía que “una persona puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios, pero hay una cosa que no puede cambiar: no puede cambiar de pasión”.
Esta vez me toca en la Amazonía el primer partido. Ahí estaré llueva, abrase el calor o me cenen los bichos, frente a la pantalla de la talabartería del pueblo abierta a quien asome, rodeada de hinchas de la verde y amarelo. Voy a cantar, como siempre, como se hace con todo cada vez que se arranca, on el corazón en la garganta.
«No me arrepiento de este amor
Aunque me cueste el corazón
Amar es un milagro y yo te amé
Como nunca jamás lo imaginé
Quién va a arrancarme de tu piel
De tu recuerdo de tu ayer
Yo siento que la vida se nos va
Y que el día de hoy no volverá…» (Gilda)
Así se vive, así se siente, como si no hubiera mañana. Y a quienes les molesta, ya saben: «¿Qué mirás? Andá pa’ shá, bobo».
Por Gabriela Ichaso Elcuaz.