La forma más hermosa de perder el tiempo


 

 



Mientras escribo estas líneas, Bolivia sigue siendo Bolivia: bloqueos, discursos racistas e intolerantes, incertidumbre económica, autoridades que prometen milagros con presupuesto ajeno o inexistente, analistas que explican el país con la misma precisión con la que un brujo lee el futuro en una taza de café y redes sociales donde cada ciudadano se siente obligado a emitir sentencia antes de que los hechos terminen de ocurrir.

Y, sin embargo, durante un mes buena parte de la humanidad decide concentrarse en asuntos cuya importancia práctica es cercana a cero: ¿llegará Japón a cuartos de final? ¿Fue penal? ¿El VAR tiene alma? ¿Acaso España no era favorita? ¿Es legal que alguien llore por un gol convertido a diez mil kilómetros de su casa?

=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas

Si un antropólogo extraterrestre aterrizara estos días en la Tierra, probablemente concluiría que nuestra especie destina una cantidad desproporcionada de energía emocional a veintidós personas que corren detrás de una pelota. No estaría equivocado. Pero tampoco habría entendido del todo el fenómeno.

Visto desde cierta distancia, el Mundial parece una gigantesca irresponsabilidad colectiva. Y tal vez lo sea. Pero sospecho que también es una necesidad humana.

Vivimos en una época obsesionada con la productividad. Cada actividad debe justificarse con algún beneficio medible. Leemos para adquirir habilidades, caminamos para mejorar los indicadores de salud, dormimos para rendir mejor al día siguiente. Hasta el ocio viene acompañado de objetivos y métricas.

El fútbol, en cambio, conserva una cualidad casi revolucionaria: reivindica el derecho a perder el tiempo sin culpa.

Ningún hincha japonés que cante melodías argentinas en una tribuna estadounidense está resolviendo los problemas económicos de su país. Ningún boliviano que adopta temporalmente a Croacia, Uruguay o Portugal, como patria futbolera, contribuye al crecimiento del PIB nacional. Y, sin embargo, ambos parecen sinceramente felices. Quizás ahí se esconda una parte de la explicación.

Los mundiales son, además, una curiosa forma de medir el tiempo. No recordamos únicamente quién ganó. Recordamos dónde y con quién estábamos. El Mundial del colegio. El de la universidad. El que vimos con nuestros padres. El primero que seguimos con nuestros hijos. El único en el que clasificamos. El que seguimos desde una sala de espera. El que coincidió con una mudanza, un enamoramiento, una pérdida o una despedida. Los campeones se confunden; las personas con quienes los vimos, no tanto.

Los mundiales terminan convirtiéndose en marcadores biográficos. No solo ordenan la historia del fútbol: ordenan la nuestra. Y quizás por eso me atraen tanto esos personajes secundarios que aparecen cada cuatro años. No las estrellas, sino los habitantes de los márgenes: un neozelandés convertido en fenómeno viral, un colombiano que marca para otra bandera, hinchas japoneses que cantan con acento rioplatense o suplentes que probablemente nunca jueguen, pero que siguen entrenando como si el destino del campeonato descansara sobre sus hombros.

Por supuesto, nunca faltan los que intentan devolvernos a tierra. Los prácticos. Los racionales. Los que recuerdan que el fútbol es un negocio, que detrás de cada partido hay contratos millonarios, intereses comerciales y estrategias de marketing. Los que sostienen que todo está diseñado para distraernos de los problemas verdaderamente importantes. Y lo más incómodo es que tienen parte de razón.

Claro que es un negocio. Mueve más dinero que muchos países. Claro que hay patrocinadores, campañas publicitarias y dirigentes capaces de arruinar cualquier conversación sobre el juego. Pero reducir un Mundial a eso es como definir una biblioteca por el precio de los ladrillos con los que fue construida.

La gente no se emociona con los balances financieros de la FIFA. Se emociona porque todavía necesita historias. Necesita héroes improbables, derrotas dignas y la posibilidad —por remota que sea— de que un país pequeño le gane a uno poderoso. Necesita creer que aún existen lugares donde no todo está escrito de antemano. Quizás por eso seguimos mirando.

No porque el fútbol sea importante, sino porque nos recuerda que no todo tiene que serlo. El Mundial sigue siendo una celebración planetaria de la inutilidad.

Hay pérdidas de tiempo que nos roban la vida.

Y otras —como sentarnos frente a un Japón-Países Bajos mientras el mundo sigue girando allá afuera— que nos recuerdan, aunque sea por noventa minutos, para qué vale la pena vivirla.

 

 

Alfonso Cortez

Comunicador Social