La hora de poner orden


Finalmente, el gobierno que preside Rodrigo Paz Pereira, dictó el estado de excepción (o de sitio) porque entendió que, asistiera a mil mesas de diálogo y firmara otros tantos acuerdos solemnes con la COB o con los campestres Ponchos Rojos de Achacachi, no iba a obtener sino a abrazos y aplausos de los caciques, porque esa no es gente de fiar y no iban a cumplir si no se llevaban el santo y la limosna. Quienes han agradecido la medida han sido los ciudadanos, que hoy aplauden a los uniformados. Esas personas que han tenido que amanecerse tiritando de frío para poder comprar un pollo carísimo o unos litros de combustible.

Es difícil comprender que, luego de 50 días de asedio a la ciudad de La Paz y otros tantos en El Alto y Oruro, la ciudadanía no hubiera salido a las calles y caminos, por propia voluntad, para darles chicotazos a culo pelado, como los masistas hacen con los choferes. Y hubieran permitido que, escondido Morales en su ratonera, lo reemplazaran unos cavernarios de mala uva como Mario Argollo, David Mamani, Vicente Salazar y otros que niegan su vinculación con el MAS pero que son sus hijos putativos.



Con el estado de excepción el gobierno tiene todas las facultades para defender al país de los peligros internos y externos de acuerdo con la Constitución. Se trata de una medida extrema, naturalmente, pero es la única forma legal con la que se puede detener las rebeliones e intentos violentos de derrocar a un mandatario constitucional como lo que se está produciendo en Bolivia. Ante la violencia, el estado de excepción permite que tanto las Fuerzas Armadas como la Policía Nacional puedan recurrir hasta el uso de la fuerza, es decir de las armas en última instancia, para resguardar el orden.

Hasta hoy, martes, han transcurrido cuatro días de la vigencia del estado de sitio y con solo su anuncio muchas de las barricadas que no permitían el tránsito carretero en el país, se han levantado. Se han ido los bloqueadores, sin oír ni un solo tiro, pero dejando piedras, zanjas, escombros, árboles, y cuanto cachivache sirve para obstruir el paso de vehículos y personas en un acto criminal. Ahora falta que el Estado capture a los jefes de los bloqueos, a quienes están hoy debajo de las polleras, y que los encierren en calabozos, pero no por ocho horas, no por 24, no como a Argollo que lo liberaron para que volviera a delinquir y al final lo recibiera el presidente con sus ministros y lo aplaudieran.

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Existen 90 días para que el gobierno tome todo el control de la nación. Ya se ha avanzado bastante con la fuga de algunos, pero hay que cazar al más importante, a ese que se hace el opa, a ese que todo se lo cuentan porque él no sabe nada, a Evo Morales. Ese mayordomo del Chapare, ignorante como pocos, es la espina en la planta del pie que no deja caminar. Hay que arrancar la dolorosa espina, aquí o en Estados Unidos.

Morales dice, como siempre, que se va a defender hasta la muerte, pero sabemos que no lo hará, que dejará que luchen quienes lo siguen, quienes todavía creen en él, esa pobre gente ingenua. Esto nos recuerda al francés Clemanceau si no nos equivocamos, quien, al finalizar la Primera Guerra Mundial, comentó socarronamente: “los ingleses lucharon hasta el último francés”. Una broma maligna desde luego.

Para que el estado de excepción tenga éxito es necesario que obtenga el control de todo el país y que no permita que el Chapare se crea independiente, como ahora. Los daños que Evo Morales y sus seis federaciones de cocaleros, más sus agentes y consejeros citadinos, han producido en Bolivia son inmensos y lo seguirán siendo si no se le echa el guante y se lo lleva a declarar a un juzgado. Pero hay que hacerlo de inmediato porque el sujeto puede esconderse y también huir, asustado porque pueda ser extraditado.

El cuarto intermedio que ha declarado Evo Morales y sus huestes no ha sido otra cosa que el miedo provocado por el anuncio del estado de excepción. Morales ha querido dejar entender que él ha decidido, de manera personal, darle una tregua al gobierno, perdonarlo temporalmente, pero no por el julepe que le ha dado la medida del gobierno, que, repetimos, se pudo hacer hace un mes.

Este estado de sitio debería ser el instrumento que, sin víctimas en lo posible, desmonte toda la estructura del cerco carretero. El bloqueo, que es un arma canallesca y que mantiene a la nación en la cola de los países de América, no puede repetirse cuando le plazca a cualquier exaltado de baja estofa. Hay que tomar en cuenta que la falta de transitabilidad en Bolivia ha echado por la borda los anhelados propósitos de convertirnos en “tierra de contactos” y, mucho peor, nos hemos convertido en tierra hostil, sin Dios ni ley, y por eso mismo cuatro de nuestros vecinos están concluyendo la gran vía bioceánica que evitará pasar por Bolivia, o “Bloquivia” como decía mi finado y querido amigo Agustín Saavedra Weise, gran conocedor y observador del alma nacional.