No es fácil comprender lo que vive Bolivia en este momento. Las narrativas que se leen en las redes sociales van desde la afirmación de que es la lucha del pueblo por sus reivindicaciones históricas o el racismo instalado en la sociedad, hasta la presencia del narcotráfico utilizando a los campesinos como carne de cañón para mantenerse como poder fáctico en el país. El problema actual no puede ser simplificado a una sola causa, tiene muchas aristas que lo configuran como uno de los momentos de mayor trascendencia en la historia del país.
Ahora el tema no pasa solo por la necesidad de mayor representación de los grupos sociales o de más obras en zonas deprimidas. Eso podría darse y la crisis social y política se mantendría de la misma manera. Ahora hay otros poderes fácticos que no quieren perder espacios ganados durante el gobierno del MAS.
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Se trata de grupos irregulares armados en el oriente, que han lucrado con el avasallamiento y comercio ilegal de tierras, para lo que gozaron con la información y el amparo de instituciones como el INRA, la ABT y varios funcionarios del estado central y de gobiernos municipales. Se trata de mineros que explotan salvajemente oro en el norte paceño, que amedrentan a los indígenas de la zona, que contaminan y que exportan a placer sin dejar réditos al país. Se trata de contrabandistas que eluden el sistema tributario, lucran como nadie, ostentan sin que haya Estado que los fiscalice y los ponga en norma. A todos ellos se suma el narcotráfico que ha penetrado estructuras públicas y privadas de la sociedad al extremo de haber cooptado a jefes policiales, miembros del Poder Judicial, del Ministerio Público, etc., etc.
La coordinación internacional para luchar contra el narcotráfico, incluido el retorno de la DEA; las conversaciones con el gobierno de Chile para ejecutar un resguardo más eficiente de la frontera con ese país; la persecución y captura de mafiosos brasileños para entregarlos a la justicia de su país han sido señales de alarma para esta estructura oscura que ha tenido poder para influir en las decisiones públicas cuando el MAS era gobierno.
Pero no solo eso. También está el péndulo político regional. El giro hacia la derecha que ha menoscabado el poder y la riqueza de los grupos ideológicos de la izquierda, que ahora también están jugando en Bolivia mediante el despliegue de todo su aparato de comunicación para instalar el relato de que los indios vuelven a ser discriminados o aquello de que en Bolivia hay una sublevación popular.
Todos esos poderes penetraron en el Estado con corrupción y control político. No se sabe hasta dónde llegan los tentáculos y ahora son esos los caballos de Troya que deben tener al presidente y a su gobierno en figurillas para acabar con la situación actual.
Para desmontar todo eso se necesita sumergirse y conocerlo a fondo. No ayudan los gritones y las bravuconadas de grupos como la Unión Juvenil Cruceñista y otros, como tampoco ayudan las simplificaciones que solo ven árboles aislados en medio de la selva.
El problema es demasiado complejo y no es de resolución inmediata. Es por eso que, aunque los bloqueadores sean vencidos en una batalla, es altamente probable que salir de este profundo bache tome meses, si no años.
Este momento necesita mucha inteligencia y astucia de los gobernantes, necesita desprendimiento al máximo, que los egos pasen de largo, que el país sea re-conocido a fondo y que las propuestas no estén destinadas a favorecer a unos o a otros, sino a salvar a Bolivia de los tentáculos de los grupos corporativos legales y los poderes fácticos que actúan desde las sombras y que por eso mismo son tan peligrosos para Bolivia y para la región.
Mónica Salvatierra, periodista
