Manipulación emocional, victimismo y supremacismo racial


Por: Carlos Manuel Ledezma Valdez

 



 

Corría el año de 1935, desde la Alemania Nazi se urdía un plan que consistía en invadir la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y liquidar aquel Estado que representaba un peligro para sus objetivos. Debía repoblarlo con alemanes arios, reducir la población eslava a la semiesclavitud y limpiar el territorio de los judíos que en él habitaban. Esta maquinación surgida de la cabeza del “Fuhrer” debía llevarse adelante durante las siguientes dos décadas, así podría ver plasmada (en vida) la mayor de sus obsesiones, el supremacismo racial ario que, finalmente llevó a que se cometiera el genocidio de más de seis millones de personas.

=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas

Para lograr su propósito, Adolf Hitler, pensó que era necesario horadar el territorio ruso desde sus propias entrañas, por lo que, propusieron alianzas con los estados eslavos más cercanos. Con Eslovaquia llegaron a un entendimiento, Bohemia no puso muchas pegas y terminó por integrarse al Reich. Polonia no cedió, por lo que tuvo que ser invadida al negarse a entregar un ferrocarril y una carretera que pasaban justo por el corredor. Bajo el entendido de que aquellos territorios eran anti bolcheviques, creyó que no lo importunarían en su cometido. El resultado final fue, que perdió una guerra, se suicidó en el búnker y su país terminó con una ocupación que duró medio siglo.

Por su parte Stalin, tenía otro plan en mente. Buscaba consolidar la revolución, expandir e imponer –por la razón o la fuerza al resto del continente europeo– la ideología comunista, motivo por el cuál aceptó suscribir una alianza que le garantice la tranquilidad en su frontera Oeste, además que pensaba sacar algún provecho de la colaboración en tecnología armamentística alemana. El régimen de la URSS priorizaba la expansión territorial y su estabilidad económica para comenzar a exportar la revolución. Finalmente, después del fracaso alemán, la Unión Soviética fue uno de los más aventajados, ganó una guerra que no esperaba y en menos de una década era dueño de la mitad del planeta.

La URSS del periodo de entreguerras estaba bastante diezmada, por lo que, Hitler hubiese podido derrotarla como mero trámite, pero pesó más su obsecuente idea de la supremacía racial que terminó jugándole en contra. Ucrania y las Bálticas recibieron a los alemanes como salvadores, aspecto que el régimen alemán no supo capitalizar a su favor. A los ucranianos en lugar de ponerlos de su lado comenzó a masacrarlos, perdiendo un aliado con el que podía haber cubierto la frontera Este. Para ambos, la guerra era sólo una parte del plan que tenían en mente, aunque primó la idea falsa de que se trataban de una raza superior que estaba muy por encima del resto a los que debían exterminar.

En la región andina de Bolivia, hace algunas décadas surgió el término de “etnofagia estatal”, que de acuerdo a lo que explica su autor, es la absorción de las culturas indígenas por parte del Estado y el sometiendo de algunas culturas indígenas por parte de otras. Vale decir, un proceso mediante el cual el Estado elimina el contenido ideológico de las comunidades, sin respetar su autonomía. Felix Patzi, autor de esta teoría, critica duramente al Estado, sosteniendo que incorpora nuevos “proyectos de dominación” que incorpora la identidad indígena a las estructuras coloniales, por lo que plantea finalmente la descolonización.

La propuesta fue el acicate y fundamentalismo básico del régimen que gobernó Bolivia en los últimos 20 años, planteando una visión descolonizadora que, no simplemente integre a los indígenas como adornos de folklore, más bien buscando repensar en Bolivia desde las raíces indígenas. En su trabajo “Sistema Comunal: Una Propuesta Alternativa al Sistema Liberal”, Patzi, sienta las bases de un supremacismo racial por parte de aimaras y quechuas, a los que considera superiores en relación a los sirionos, ayoreos, chiriguanos, guaraníes, entre otros pueblos indígenas menores.

Tras un par de décadas de teoría aplicada, la “etnofagia estatal” ha ido mutando a una nueva especie que podría denominarse “etnofagia aimara”, un proceso mediante el cual el supremacismo racial busca absorber al resto de naciones que coexisten en el territorio del Estado boliviano. Una idea abstracta y distorsionada que busca que impere el “etnocentrismo aimara” suprimiendo la identidad y la voluntad de otros pueblos indígenas. Sosteniendo un ofuscado “nacionalismo aimara” que busca expulsar o eliminar a todo aquel que no sea aimara, imponiendo violentamente la “identidad única” que elimina la diversidad interna y les hace creer a ciertos grupos que tienen derechos por encima a los del resto de los bolivianos.

Una especie de “neocolonialismo aimara” busca imponerse en Bolivia, sólo, porque en los últimos 20 años muchos hombres y mujeres de ascendencia indígena fueron inoculados con el odio más perverso, lo que ha lastimado profundamente la fibra social de nuestro país. Durante dos décadas se impuso una narrativa que buscó con éxito dividir al país (nociones básicas de manual zurdo), buscando acentuar las diferencias entre hombres y mujeres, campo y ciudad, pueblo y antipueblo, buenos y malos, k’aras y T’aras, enfrascando a los bolivianos en una diatriba moral y de identidad nacional que ha dejado fracturado al país.

En la actualidad los que se encargan de exacerbar aquel discurso de odio y fomentar la supremacía racial, son unos cuantos dirigentes que se resisten a perder sus privilegios. Por lo tanto, resulta imperativo desmontar el discurso de odio de los 500 años. Este proceso de transición democrático que deviene de un periodo de autoritarismo, debe ser acompañado por todos y cada uno de los hombres de bien que aman Bolivia y estén dispuestos a librar una “batalla cultural” que ponga fin al abuso, la persecución, la manipulación emocional, la victimización y el supremacismo racial, abriendo paso al reencuentro, al diálogo sincero, al perdón y la reconciliación entre hermanos.

Recuerden que: “Estamos acostumbrados a ver al poderoso como si se tratara de un gigante, sólo, porque nos empeñamos en mirarlo de rodillas y ya va siendo hora, de ponerse de pie”.