«Por el campesino tragas»


Como suele ocurrir a menudo, los bolivianos nos hemos polarizado en estos días de los bloqueos. Esta polarización es muy conveniente para aquellos que buscan el estatus quo de nuestra situación: somos un país plagado de problemas, incapaz de aplicar soluciones estructurales y en lo que va de nuestros 200 años de vida, raras veces hemos tenido la capacidad de planificar nuestro futuro debatiendo y analizando más allá de ideologías o de narrativas románticas.

​Cuando nació la República, sus gobernantes se esforzaban por hacernos creer que debíamos luchar por nuestra libertad, que los malvados españoles nos tenían en calidad de esclavos, pero que nuestra raza, libre por naturaleza, se enfrentó y venció al invasor para “ser en adelante, tan felices como desdichados hasta presente”, como dice la Proclama de la Junta Tuitiva.



Lo que omitieron decir es que perdimos 15 años peleando, tiempo en el que la economía se estancó: las minas se inundaron, los mitayos huyeron y la plata dejó de extraerse. Tampoco creció la industria. El comercio se salvó un poco, pero pronto se vio perjudicado, pues la creación de las fronteras creó aranceles, aduanas y mayores dificultades.

​Desde entonces, esa actitud se ha vuelto un patrón. Coloreamos de frases y discursitos nuestras carencias disfrazadas de luchas y grandeza y creamos textos inspiradores: “volveré y seré millones”, “la tea que dejó encendida”, “Bolivia se nos muere”, “Patria o muerte”, “Jallalla Tupac Katari”, “Bolivia, Bolivia, Bolivia”, etcétera, etcétera.

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Pero tan buenos como somos para crear narrativas, nos aplazamos al enfrentar los problemas reales y urgentes que nos carcomen. Después nos peleamos porque alguien dice que el que volverá es Espartaco, que Murillo no dejó ninguna tea, que Bolivia no se iba a morir; que, porfis, le hagan todo, pero que no lo maten, que Bartolina era más jallallable que Tupac, y que el Lara más que voile.

​Esas discusiones, que pueden parecer saludables en un país diverso, raras veces llegan a su fin. Voy a poner de ejemplo una frase que se ha repetido hasta el cansancio estos días de bloqueos: “Gracias al campesino tragas”.

Para no seguir con la costumbre de pelear, agarré la frase y me pregunté: ¿Y lo que trago, me hace bien? Y me di cuenta de lo poco que se ha discutido sobre la alimentación de los bolivianos en los últimos años. Claro, se habla de la escasez de alimentos en esta coyuntura, pero parece que, a pesar de que nuestra capacidad adquisitiva y el acceso a alimentos han mejorado, nuestra alimentación deja mucho que desear.​

De acuerdo con la Encuesta de Demografía y Salud (EDSA) elaborada en 2023, el 61,6 % de los niños bolivianos menores de cinco años sufre de anemia y un 14,4 % padece desnutrición crónica. Haciendo un desglose por departamentos, podemos ver que Potosí tiene el índice más alto de niños con anemia en su población, con un 84,6%; seguido por Oruro y luego Cochabamba, y encabeza también los niveles de desnutrición crónica con un 26,7 % seguido por Oruro y La Paz.

Nuestros hijos no se alimentan bien, quizás no necesariamente debido a la pobreza sino por estilos de vida que no permiten ocuparse de la correcta alimentación, como el trabajo demandante en ambos padres, y otros.

​Ahora bien, los adultos tampoco la estamos pasando bien, pues se registra un preocupante número de casos de sobrepeso y de obesidad en el país, siendo las mujeres las más afectadas con el 51,6 % de la población con sobrepeso y casi el 25 % con obesidad.

A los varones no les va mucho mejor, pues presentan un 45,5 % de casos de sobrepeso y un 16,1 % de obesidad. Curiosamente, el patrón de obesidad por departamentos está a la inversa que el de la desnutrición infantil; vale decir que mientras la desnutrición tenía en su cima al altiplano, la obesidad tiene en su cima al oriente, pues Tarija, Santa Cruz y Beni encabezan los índices de obesidad a nivel nacional.

​Lo positivo de este estudio es que la alimentación del boliviano es variada. Consumimos carnes, verduras, frutas y lácteos en cantidades adecuadas, por lo que el sobrepeso y la obesidad pueden tener más que ver con la falta de actividad física que únicamente con los hábitos alimenticios.

Empero, preocupa el consumo de comida chatarra, bebidas azucaradas y alimentos ultraprocesados. Una vez más: los tiempos y el estilo de vida pueden ser los causantes de que la población opte por consumir alimentos al paso o aquellos que son de acceso más fácil, como hamburguesas, salchipapas, pollos a la broaster, etcétera.

​Esta breve revisión nos lleva a preguntarnos sobre la ausencia de políticas públicas para mejorar nuestros hábitos alimenticios y demuestra que estos están condicionados principalmente por el mercado y por la disponibilidad de tiempo, en una sociedad en la que  miembros llevan a cabo largas jornadas de trabajo, muchas veces fuera de las leyes laborales, como el comercio, el transporte, etcétera. Rubros en los cuales el porcentaje de ganancia depende del tiempo que se dedica, y no así de un salario.

​Un país un poco menos romántico y un poco más práctico se sentaría a discutir estrategias para promover el consumo de productos orgánicos (que tenemos muchos), a incentivar la existencia de restaurantes con ofertas saludables.

Que los sindicatos promuevan estrategias para que sus afiliados dediquen más tiempo a hacer ejercicio; podrían negociar, por ejemplo, membresías más económicas en gimnasios (lo que ayudaría a los gimnasios), etcétera, (sí, los sindicatos pueden hacer esas cosas, no es sólo bloquear o hacerse declarar en comisión). Pero como parece que nuestra naturaleza es pelearnos por cuestiones bizantinas, simplemente seguiremos omitiendo lo importante por lo urgente, o lo que creemos urgente. Es lo que hay.

Sayuri Loza es historiadora.