Asumiendo que estamos en las puertas del fin de un inmisericorde bloqueo de las principales rutas del país, que paralizó Bolivia durante más de 45 días, dejando un saldo doloroso de 15 vidas humanas perdidas, cuantiosos daños económicos y un severo deterioro de la imagen nacional ante la comunidad internacional, corresponde que todos los bolivianos hagamos una profunda reflexión sobre lo ocurrido y, sobre todo, sobre lo que debemos hacer a partir del día siguiente.
Más allá de las legítimas diferencias políticas, este episodio ha puesto en evidencia la enorme fragilidad de nuestro sistema institucional y el alto costo que tiene para la población cuando los conflictos no encuentran canales democráticos adecuados para su resolución. Ninguna causa, por legítima que se considere, puede justificar el sufrimiento de millones de ciudadanos, el desabastecimiento, la paralización de la economía y la pérdida de vidas humanas.
La principal lección que nos deja esta crisis es que Bolivia no puede seguir resolviendo sus diferencias mediante la confrontación permanente. Si no corregimos las causas estructurales que originan estos conflictos, estaremos condenados a repetirlos una y otra vez. Como señala el conocido refrán, el ser humano es el único ser capaz de tropezar dos veces con la misma piedra. Los bolivianos tenemos hoy la oportunidad y la responsabilidad de demostrar lo contrario.
Debemos levantarnos, recuperar el tiempo perdido y comprender que estamos iniciando una nueva etapa política, económica e institucional. Un nuevo ciclo que exige grandeza, desprendimiento y una visión de país que esté por encima de intereses sectoriales o personales.
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Algunos pasos parecen indispensables:
Primero, el Órgano Ejecutivo debe realizar una evaluación honesta de los errores cometidos durante estos primeros meses de gestión. Debe demostrar que es un gobierno para todos en un país con una diversidad cultural. Corresponde fortalecer la capacidad del Estado, reestructurar aquellas áreas que han demostrado debilidades y conformar equipos que estén a la altura de los enormes desafíos que enfrenta la nación.
Segundo, los tres poderes del Estado deben asumir plenamente su responsabilidad histórica, actuando con independencia, coordinación y un profundo sentido patriótico. La prioridad debe ser siempre la defensa de los intereses superiores de Bolivia.
Tercero, los líderes de las principales fuerzas políticas están llamados a abandonar la lógica de la confrontación permanente. La ciudadanía espera de ellos acuerdos mínimos que garanticen estabilidad, gobernabilidad y una ruta clara hacia el futuro.
Cuarto, la sociedad civil debe asumir un papel más activo. La democracia no puede reducirse al voto periódico. Requiere ciudadanos vigilantes, participativos y comprometidos con la construcción de instituciones sólidas y transparentes.
Quinto, es imprescindible construir un gran acuerdo nacional que permita establecer políticas de Estado en áreas fundamentales como la justicia, la educación, la producción, la seguridad jurídica y el desarrollo económico. Los problemas estructurales del país no pueden seguir dependiendo de los cambios de gobierno o de las coyunturas políticas.
El desafío que tenemos por delante es enorme, pero también lo es la fortaleza de nuestro pueblo. La historia nos enseña que las naciones crecen cuando son capaces de aprender de sus errores y transformar las crisis en oportunidades.
La reconstrucción de Bolivia no será tarea exclusiva del gobierno, de los partidos políticos o de las instituciones. Será una tarea colectiva. Porque si algo nos ha enseñado esta dolorosa experiencia es que cuando Bolivia se paraliza, perdemos todos; y cuando Bolivia avanza, ganamos todos.
La verdadera victoria no será el fin de los bloqueos; la verdadera victoria será construir un país donde nunca más los bolivianos tengamos que enfrentarnos entre nosotros para ser escuchados.
Fernando Crespo Lijeron
