Ecos del Mundial


He vivido en España y Argentina, durante mis mejores años, y debo decir que en ambos países fui muy feliz, como lo fue mi familia. Amo a España y Argentina a tal extremo que, en el partido final de la Copa del Mundo de fútbol, concluida el domingo pasado, quería que ambas selecciones ganaran, que ninguna perdiera. Pero ya sabemos que todos los deportes concluyen con un vencedor y esta vez ganó con todos los merecimientos la selección española. Me gusta mucho el fútbol, pero no me creo capacitado para analizar ni comentar un partido, ni lo haré. Solamente me interesa decir que mis ojos vieron a unas camisetas rojas que se cansaron de disparar contra el arco argentino donde había un arquero que atajaba todo. Finalmente, entró un gol español y España ganó la ansiada Copa. Ahí debió terminar todo con fiesta, premios y abrazos.

Sin embargo, este campeonato mundial ha traído un tufillo a discordia que no debió suceder. Afloró un racismo absurdo. No fue lo mismo que cuando a un futbolista afro-descendiente se le grita “negro”, que, en estos tiempos, ya se castiga con rigor al autor o al estadio donde se lleva a cabo el juego. Ahora se trató de algo irracional porque los argentinos en general, gente, jugadores, comentaristas, televisión, expresaron una manifiesta antipatía, cercana al racismo, contra todo lo latino. Y no solo contra los españoles sino contra nosotros, el resto de los latinoamericanos. En el momento decisivo del campeonato surgió un orgullo desmesurado en que los argentinos de toda edad, negaban ofendidos ser latinos ni tener parentesco alguno, porque ellos eran europeos.



Argentina es una nación culta, es la nación de Sarmiento, Borges, Sábato, Cortázar, Victoria Ocampo y tantísimos otros personajes. Borges, Cortázar y Ocampo fueron muy europeos en su vivencia, sin dejar ni un segundo su argentinidad. Y menciono a Ocampo junto a Borges y Cortázar, porque, sin ser la escritora inmensa, fue una extraordinaria latinoamericana que jamás hubiera dejado de apoyar con sus cuantiosos recursos lo latino y menos de negarlo en su propio ser.

¿Qué ha sucedido, entonces? Siendo Argentina un país ilustrado, muchos de sus ciudadanos deben haberse preocupado por esta violencia verbal de gran parte de su pueblo. Porque saben que pocas naciones son más latinas que Argentina, que, a partir del siglo antepasado y hasta bien entrado el siglo XX, miles y miles de españoles llegaban hasta el puerto de Buenos Aires, no para hacer turismo, sino para quedarse, y hacer patria. Y otros miles de italianos lo hacían igualmente, habiendo dejado parte de su idioma y mucho de su comida. Españoles e italianos son quienes han forjado la Nación Argentina; obviamente, en menor medida, los alemanes, ingleses, judíos, franceses, rusos, árabes, japoneses, y ahí paramos de contar, porque todos los latinoamericanos también han pasado por Argentina y se han quedado, aunque mirados a menos. Decir, entonces, que Argentina no es latina, que los argentinos no son latinos, mientras hablan el idioma que les legó el Lacio, la vieja Roma, cuna del latín, es un despropósito total. Latinos son los italianos y españoles, desde luego, pero latina es Francia, es Portugal, Rumania, donde se habla derivaciones de la lengua romance que nació en el Lacio.

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A mi entender aquí ha existido un error y muchos lo habrán notado. Y tiene que ver con el desprecio que se tiene en Estados Unidos por la mayoría de los latinos, principalmente por los mexicanos. Existen, aproximadamente, 70 millones de latinos en ese país, donde viven argentinos, españoles, colombianos puertorriqueños, bolivianos, chilenos y otra gente de todo el mundo. Es decir que hay más que los despreciados afro-descendientes que rondan los 50 millones. Pero “latino” no es una buena palabra en Estados Unidos, y está hasta por debajo de las personas de color, antes esclavos. Entiendo que es a esos latinos a los que los argentinos no quieren pertenecer ni parecerse.

Este es un choque ingrato que en algún momento iba a producirse. Argentina no mostró su mejor cara, aunque tiempo habrá para que los argentinos sigan jugando bien al fútbol, continúen metiendo goles, ganando copas, adorando a Maradona y Messi, pero dejando de lado un excesivo orgullo y desprecio como el que comentamos. Finalmente, todos, hasta los más pobres, nos ufanamos del lugar donde nacemos y creemos que es lo mejor del mundo.