El aplazo de los profes, teacher, oporomboe, yachacheq


 

Un hecho pasó casi desapercibido  por el conjunto de medios de comunicación y plataformas de noticias: el contundente aplazo de cientos de maestros que querían ascender de categoría, previo examen de sus capacidades, competencias, habilidades, conocimientos. El 90% de los aspirantes se aplazó, no dieron más, no rindieron la prueba que el Ministerio de Educación les preparó.



Esto nos lleva a reflexionar de forma conjunta y crítica: ¿Qué está pasando en el Magisterio de Bolivia? ¿Están o no capacitados para seguir ejerciendo esta noble e importante misión de ser los que forjan y forman hombres y mujeres del futuro de Bolivia? ¿Los maestros asumieron sus falencias y debilidades en jornadas de reflexión y autocríticas?

Nada de eso ocurrió, más al contrario se enojaron los profes, maestros, teacher, oporomboe, yachacheq, cuyos dirigentes rechazan futuros exámenes para subir de categorías. “Exigimos la aplicación del ascenso automático de categoría como reconocimiento efectivo a la antigüedad y la experiencia profesional, en concordancia con los derechos de los trabajadores de la educación”, señala un furibundo comunicado de la Confederación de Trabajadores de la Educación Urbana de Bolivia.

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Nada más mezquino y mediocre rechazar una prueba importante que arengar discursos demagógicos con base en derechos laborales, que no guarda relación lo uno con lo otro, más al contrario este traspié de los profesores bolivianos que se aplazaron en su mayoría en el examen debe ser un punto de inflexión para mirarse por dentro y asumir los enormes desafíos que tienen los hombres y mujeres que han optado por la educación, que según la Constitución Política del Estado es la función principal del Estado boliviano.

Este singular caso que se da en el país de las maravillas y de las sorpresas, la Bolivia plurinacional, nos da pie para lanzar algunas provocaciones sobre el rol del profe, que es demasiado importante.

Por más tecnologías y avances que registre la ciencia y por más facilidades que se den a los estudiantes, siempre habrá un elemento imprescindible, importante e inevitable al recurrir. Es la presencia del profesor, de ese ser humano que nació para enseñar, para compartir experiencias y conocimientos, para amar y para ponerle pasión a lo que debe hacer cada día de su vida.

Un ejemplo único y que te puedes quedar lleno de asombro y respeto es el papel que desempeñó el señor Louis Germain, que cuando lo tuvo de alumno al futuro Premio Nobel de Literatura y hombre que quedó para la eternidad, Albert Camus, le llegó hasta lo profundo de su alma, que le hizo despertar sus valores, sus virtudes y toda esa enorme capacidad que tenía Camus.

El pequeño Albert, a sus once años, fue impulsado por su maestro para que pueda optar a una beca en el liceo Borgeaud de Argel. Lo consiguió. Y 33 años después, al recibir el Premio Nobel de Literatura y consagrarse como un gran escritor, el laureado Albert Camus (1913-1960), en la ceremonia de premiación en Estocolmo, le dedicó a su querido maestro, sus palabras de agradecimiento.

Camus le dirige una carta a Germain: “He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece, por lo menos, la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido”. Ese es el trabajo, la misión, el rol, la actitud, el trabajo de cada profesor o maestro. En ellos descansan las expectativas y las exigencias de los padres, parientes y amigos del niño, del adolescente y del joven que sigue sus estudios escolares y universitarios.

En esta dialéctica, definitivamente, no hay receta mágica, ni varita de Harry Potter, ni la fuerza de Superman, ni la magia de Merlín que nos hará desviar de la suprema atención que se le debe dar a esa esencia y al motor del proceso enseñanza-aprendizaje: el profesor, ese hombre y mujer que deben despertar todos los fuegos del interior de cada uno de sus estudiantes y educandos.

La escuela y la universidad tienen ese poder para convertir a su estudiante en un ser humano dotado de capacidades, de sensibilidades, de sentimientos, de aptitudes, de voluntades, de esfuerzos, de creatividades y de responsabilidades. Si no lo hace, es que ese sistema educativo no sirve para nada, y hay que reinventarlo y relanzarlo, pero en esa perspectiva que hoy los enormes y profundos cambios exigen a las sociedades y a los Estados.

Para ello el profe que le decimos con cariño tiene la enorme responsabilidad de capacitarse todos los días, de actualizarse siempre, de ser los mejores en sus profesiones, de aceptar los retos como los exámenes de competencias, eso los hará más dignos, enormes y llenos de impulsos para mejorar el sistema educativo, del cual cada uno de los educadores son vitales.

Me despido con esta poderosa frase del científico Albert Einstein: “El maestro debe ser una especie de artista en su actividad. La continuidad y la preservación de la humanidad dependen, por tanto, en un nivel mayor que antes, de las instituciones de enseñanza”.