Toda sociedad necesita símbolos para pensar el poder. En el mundo andino, el cóndor representa la autoridad, la capacidad de convocar y de elevarse por encima del conjunto. Desde las alturas observa el territorio, reúne a las aves y aparece como el centro de las decisiones colectivas. Sin embargo, cuando la autoridad deja de ser un servicio y comienza a hablar permanentemente en nombre de toda la comunidad, el símbolo del cóndor puede transformarse en la imagen de un poder que concentra decisiones, reduce la diversidad de voces y termina identificando su propia voluntad con la voluntad de todos.
Frente a esta figura aparece el colibrí. Pequeño, veloz y silencioso, no busca dirigir ni ocupar el lugar del poder. Su misión consiste en recorrer el territorio, observar, informar y advertir. El colibrí no pretende sustituir al cóndor; pretende impedir que el poder olvide sus límites. Representa la vigilancia ciudadana, la transparencia y la exigencia de que toda autoridad respete las reglas del juego. Es la voz del individuo que recuerda que ninguna autoridad está por encima de la ley.
Quizá una de las tragedias de la política boliviana contemporánea sea el progresivo debilitamiento del espíritu del colibrí. Cuando desaparece quien observa, informa y cuestiona, el poder comienza a hablar en nombre de la comunidad, decide en nombre del pueblo, interpreta la voluntad colectiva sin admitir diferencias y termina alimentando su propio ego. Entonces la función pública se aliena rápidamente: el servidor se convierte en protagonista, la institución se confunde con la persona y el reconocimiento sustituye a la responsabilidad.
Desde esta perspectiva surge una pregunta que merece una reflexión serena. ¿Qué necesidad existía de conceder la máxima condecoración del Cóndor de los Andes al presidente Rodrigo Paz cuando apenas habían transcurrido seis meses de gestión?
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¿Qué realizaciones extraordinarias justificaban una distinción que, por su naturaleza, simboliza el más alto reconocimiento de la nación? Más allá de las respuestas políticas, la interrogante apunta al significado del gesto. Toda condecoración construye un relato sobre el poder y sobre el momento histórico en que se entrega.
Las sociedades democráticas necesitan, sin duda, autoridades capaces de conducir. Pero necesitan aún más ciudadanos capaces de ejercer la función del colibrí: observar, preguntar, informar y recordar que el poder sólo conserva legitimidad cuando permanece sometido a las reglas y al juicio permanente de la comunidad.
Allí donde el cóndor deja de ser controlado por el colibrí, la autoridad corre el riesgo de confundirse con la comunidad misma, y ese es, quizá, el primer paso hacia las prácticas del despotismo.
El desafío del presente no consiste en eliminar al cóndor, sino en recuperar al colibrí. Sólo el equilibrio entre autoridad y vigilancia puede impedir que el poder se convierta en un fin en sí mismo y garantizar que la comunidad permanezca por encima de quienes, circunstancialmente, la gobiernan.
