Tenemos cierto rubor al ocuparnos por enésima vez de los linchamientos. Esta vez en el Oriente donde la ausencia de policías es notoria, donde relativamente pequeños grupos humanos, persiguen a muerte a jóvenes sospechosos de cometer delitos de robo agravado o intento de saqueo a negocios comerciales o después de apoderarse de vehículos ajenos o de resultar sospechosos de rapto, asalto a mano armada. Estos linchamientos escarnio y vergüenza para los ciudadanos ocurren con relativa frecuencia y sus circunstancias se repite copiados de otros modelos. Las víctimas son jóvenes, los delitos generalmente no son sino acusaciones sin otras pruebas que el testimonio de enardecidos que suelen castigar sin piedad, sin posibilidad de defenderse a los sospechosos en medio de iracundos asesinos que no trepidan en cometer estos atropellos, verdaderos crímenes de lesa humanidad.
La crónica infaltable “que la policía llegó tarde, que fue rebasada, que no poseyendo armas los linchadores destrozaron bienes policiales e incluso que atacaron a los policías, que muchas veces ponen pies en polvareda y se borran de los escenarios sangrientos.
Desde el primer libro que edité “Gotemburgo Destino Final” al último que está en imprenta “100 mensajes a la bolivianidad” o sea cerca de 14 obras durante los 50 años de exilio, no he dejado de elevar un clamor angustioso al citar la palabra de la Iglesia Católica pidiendo que cese esa terrorífica labor de asesinar mediante el linchamiento a decenas de compatriotas, lo peor de todo, sin haber sancionado jamás a estos salvajes violentos que no dudan en ejecutar la macabra tarea, que hace estremecer al lector.
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Basta ya de este procedimiento torpe, salvaje, despiadado, inadmisible! Basta ya de tanta barbarie, que cese el linchamiento de una vez!
