Exportamos carne de cañón


 

 



Siempre supimos en Bolivia que el desempleo y el ingenio obligan a diversificar el mercado, pero nadie vio venir que nuestra oferta exportable más cotizada de la temporada dejaría de ser el gas, el oro o la coca refinada, para convertirse en albañiles con pasaporte fresco y uniforme militar extranjero. El ingenio de los intermediarios nativos es ilimitado: pasamos del ofrecimiento de atractivas “ventajas laborales en el sector de la construcción en Europa” a mandar compatriotas en un viaje sin retorno, directo al frente de batalla euroasiático.

Es fascinante la generosidad de los supuestos bonos de enganche de dieciséis mil dólares y sueldos en miles de ellos. El truco, claro está, viene con letra chica redactada en perfecto alfabeto ruso o cirílico. Al firmar un contrato que ni el traductor de Google lograría descifrar, el postulante descubre que el empleo de sus sueños incluye una pala, sí, pero para cavar trincheras bajo una lluvia constante de drones ucranianos. De pronto, el “sueño ruso” se reduce a esquivar artillería en el óblast de Kursk o en las estepas ucranianas, un paisaje idílico que se parece muy poco a los campos del oriente cruceño de donde salieron los incautos. Especialmente en esta época, cuando allí reina un frío gélido y endemoniado.

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Ante esta desventura, las reacciones diplomáticas son una obra maestra del equilibrismo retórico. Desde la embajada en La Paz nos aclaran con impecable formalidad burocrática que ellos no reclutan a nadie, que todo es por cuenta propia y que, en resumen, “mercenarios hay en todo el mundo”. El argumento es brillante por su pragmatismo: si un ciudadano decide cambiar la pacífica venta de salteñas por la adrenalina pura de la primera línea de fuego, es una simple decisión corporativa y personal de libre mercado. Mientras tanto, en casa, las autoridades activan tardíamente las alertas por trata de personas, allanan domicilios a lo largo de la avenida Piraí, incautando decenas de pasaportes y prometiendo coordinar repatriaciones que, por la distancia y el papeleo, tardarán bastante más que el fulminante impacto de un proyectil extranjero.

Resulta tragicómico, cómo la necesidad económica de nuestro país puede ser tan fácilmente capitalizada por redes del crimen internacional organizado. Al final, ocurre que la única forma rápida y efectiva que tienen nuestros jóvenes de conocer el primer mundo y percibir sueldos en dólares es sirviendo como mercenarios en una contienda geopolítica que ni la conocen ni les importa. Una lección de economía globalizada: si el mercado local no te ofrece oportunidades, siempre habrá un conflicto foráneo dispuesto a consumirte. Muy especialmente ahora que estamos experimentando el nuevo rubro de exportación no tradicional de Bolivia, que es la Carne de Cañón.