Justicia por un clic


 

En Bolivia, la justicia tiene un curioso requisito procesal: primero hay que hacerse viral. Ahí está el expresidente Morales, sonriendo a los uniformados en el trópico de Cochabamba cuando pasó por una tranca. Y ahí está el joven de 22 años Alejandro C. P, acusado de agredir a un adulto mayor en la ciudad de Sucre.



Los dos casos generaron amplia repercusión tras la difusión de los videos en redes sociales.

Pero en el video donde se observa al Jefazo pasar por el puesto de control sin ser aprehendido, sólo los militares de menor rango fueron destituidos.

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Como suele ocurrir, la escoba siempre barre desde abajo, mientras los de arriba siguen contemplando el paisaje.

En cambio, la orden de encarcelamiento contra Alejandro fue ejecutada rápidamente. Y ahí está, tras las rejas, esperando a su juicio.

Ambos casos tienen algo en común. No el delito en sí, sino que ambos fueron filmados por ciudadanos que luego pusieron los videos a circular en Facebook.

Nos hemos transformado en el Gran Hermano. Aquel personaje de control total que aparece en la novela “1984” de George Orwell, y representa, entre otras cosas, a la pérdida de la privacidad.

Cualquiera con un celular en la mano puede filmarnos. La privacidad ya no es un derecho: es una especie en peligro de extinción. Basta un video de quince segundos para que miles de desconocidos crean conocer toda la historia.

Supuestamente, a nadie debería importarle lo que hacemos en la vía pública. Pero queda demostrado que somos objetos de la curiosidad, somos filmados y luego expuestos.

En los dos casos es notorio que las redes sociales terminan haciendo de fiscales, jueces, secretarios y hasta de porteros. Todo un ahorro para el presupuesto judicial. Si no hubiese sido por los vídeos, ni los guardias, ni Alejandro sufrirían los rigores de la justicia boliviana que, siendo lenta y pesada, parece que sólo actúa cuando es azuzada por Facebook.

Y no sólo sucede en Bolivia. Facebook ayudó a organizar grandes protestas sociales en el mundo, destacando casos como la Primavera Árabe (especialmente en Egipto y Túnez) y el Movimiento 15M en España.

Mientras tanto, las plataformas seguirán perfeccionando sus algoritmos y con ellos la capacidad de observar nuestros hábitos, gustos y movimientos. La tecnología cambiará; nuestra exposición pública, probablemente no.

Orwell imaginó un Gran Hermano que todo lo veía. Nosotros inventamos uno todavía más eficiente: millones de ciudadanos con un celular en el bolsillo y quizás el verdadero Gran Hermano ya no es (o sea) el Estado ni una empresa tecnológica. Tal vez seamos nosotros quienes filmemos, compartamos y dictemos sentencia con la velocidad de un clic. El problema no es que existan miles de cámaras; el problema es que la justicia parece necesitarlas para recordar que tiene trabajo pendiente.

En Bolivia ya no basta con cometer un delito o eludir una orden judicial. Primero hay que hacerse viral. Porque aquí las leyes todavía caminan con bastón, pero Facebook, TikTok y los grupos de WhatsApp corren los cien metros planos. Y mientras los «me gusta» sigan marcando el ritmo de los fiscales, el verdadero tribunal no estará en los juzgados, sino en la pantalla del celular.

Monica Briançon Messinger es periodista