Fernando Untoja Ch.
Se habla con insistencia de la «batalla cultural». Unos la anuncian como la gran tarea del liberalismo; otros la presentan como la defensa del socialismo o del Estado plurinacional. Sin embargo, antes de convocar una batalla conviene preguntarse si alguien conoce realmente el terreno donde pretende combatir.
Bolivia no es Argentina. Tampoco es Europa ni Estados Unidos. Su estructura social, su historia, sus lenguas y sus formas de organización económica responden a procesos distintos. Quien pretende importar una estrategia política elaborada para otra realidad demuestra, antes que audacia, una profunda incapacidad para comprender el país que dice querer transformar.
La primera derrota de nuestra vida intelectual consiste precisamente en esa dependencia. Durante décadas, los marxistas interpretaron Bolivia mediante categorías concebidas para la historia europea. Hoy, buena parte de los nuevos liberales corre el riesgo de repetir el mismo error, sustituyendo unos autores por otros, pero conservando intacta la costumbre de pensar desde afuera. Cambian las bibliotecas; permanece la dependencia intelectual.
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La verdadera batalla cultural no comienza con consignas ni con campañas electorales. Comienza con una pregunta mucho más incómoda: ¿quién conoce realmente Bolivia? ¿Cuántos de quienes aspiran a gobernarla conocen la lengua aymara o la lengua quechua? ¿Cuántos comprenden las categorías mediante las cuales millones de bolivianos organizan el parentesco, el prestigio, la reciprocidad, la deuda o la autoridad? Ignorar estas estructuras y, al mismo tiempo, pretender conducir el destino del país constituye una contradicción insalvable.
No basta con traducir discursos al aymara o al quechua. Es necesario pensar desde esas lenguas, porque toda lengua expresa una manera de ordenar el mundo. Sin ese esfuerzo intelectual, la llamada batalla cultural se reduce a un intercambio de eslóganes entre minorías ilustradas que discuten ideas extranjeras mientras la realidad nacional continúa esperando ser comprendida.
A esta dificultad se añade otra. La CPE reúne tradiciones jurídicas, económicas y políticas heterogéneas que muchas veces conviven sin integrarse. El resultado es una arquitectura institucional donde se superponen principios liberales, comunitarios, estatistas e indigenistas. Más que una síntesis, aparece un mosaico de proyectos inconclusos. Pero el problema no reside únicamente en el texto constitucional; también habita en un imaginario colectivo atravesado por siglos de lenguaje colonial, jerarquías heredadas y resentimientos históricos que todavía condicionan la manera de pensar la política.
Por ello, la primera exigencia para quien aspire a representar un liberalismo boliviano no consiste en repetir experiencias extranjeras, sino en demostrar que comprende las estructuras socioeconómicas del país y que puede explicar en cuáles de ellas puede arraigar el espíritu de la libertad. Antes de pedir el voto, debería presentar un programa de batalla cultural: un proyecto para producir conocimiento propio, recuperar nuestras lenguas como fuentes de teoría y construir conceptos nacidos de la experiencia histórica boliviana.
Las naciones no se transforman imitando victorias ajenas. Se transforman cuando producen las ideas con las que aprenden a nombrarse a sí mismas. La verdadera batalla cultural de Bolivia no será la repetición de un conflicto importado. Será, por primera vez, el esfuerzo de pensar Bolivia desde Bolivia. El aperitivo está abierto para la Batalla cultural.
