La maldita pobreza


 

Son muchos cuartos, uno al lado de otro. Ahí viven más de tres familias. Esposos y esposas, cuñados, abuelas. El portón es de unas maderas apenas superpuestas. Hay un cuarto a medio construir, era el sueño de José María. No tenía dinero para terminarlo y tampoco tenía lo suficiente para hacer operar a su hijito de dos años por un problema en el ojo.



Cuando tenía suerte, trabajaba como albañil; cuando se cerraba la posibilidad de laburar para alguna construcción hacía patasca, empanadas o gelatina de pata. Su esposa recuerda que siempre buscaba la manera de llevar el sustento mínimo al hogar. Tenía 29 años.

Tenía buen humor y era gracioso. Podía soportar todas las adversidades. Lo que no toleraba era que lo separen de su primo hermano, Iván. Juntos hacían de todo. Eran compañeros en las construcciones donde eventualmente los contrataban y también eran aliados inseparables para freír empanadas o preparar patasca. Nada los podía mantener lejos el uno del otro por mucho tiempo.

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A Iván su mamá se lo llevó a Pailón por algunos meses, pero más pudo la nostalgia de no estar con José María. Se volvió y supo que remar aguas turbulentas era mejor con su primo, o su hermano por elección, que buscarse la vida solo y lejos. Eran tan unidos que se casaron con dos hermanas y tuvieron hijos al mismo tiempo. Una niña y un niño que apenas tienen dos años y que no entienden. Solo reaccionan con una sonrisa cuando ven a sus padres en la trinchera de una guerra ajena.

Esa unión explica que se hubieran ido juntos a Rusia. Sin dinero, sin esperanza de conseguir una remuneración constante y con el sueño de ganar dinero para construir el cuartito soñado y criar bien a sus hijos de dos años, escucharon la propuesta de un reclutador. Hasta ahora no se sabe quién es. Pero sí se conoce que les propuso ir a Rusia, a un entrenamiento militar. Quizás les dijeron que irían a la guerra, pero eso era un secreto bien guardado por ellos.

En tres días les dieron pasaporte, les sacaron sangre y los convencieron de subirse a un avión y cruzar el charco hasta llegar a un país que está a más de 12.300 kilómetros de distancia, donde se habla una lengua rara e incomprensible y donde les hicieron firmar un compromiso diciendo quién sabe qué, porque el papel estaba en idioma ruso.

A sus familiares les hablaron de esa decisión a pocas horas de irse. Un día llegó una vagoneta con vidrios oscuros. Ellos se subieron y se marcharon.

Se fueron con una sonrisa. Al menos eso mostraban a sus esposas y hermanos. Se comunicaban a diario. Incluso mandaron un video del entrenamiento militar y la trinchera de guerra. Siempre sonrientes, pero pidiendo que Dios los cuide. Un mes de mensajes de WhatsApp todos los días. Hasta que, de pronto, solo hubo silencio. El 2 de junio se acabaron las señales de vida.

Unos 20 días después volvió a sonar el teléfono, pero esta vez no era ni José María ni Iván. Era un colombiano para decir que José María había muerto en el campo de batalla, que un dron había caído sobre él. ¿Iván? No se sabe, le dijo el desconocido a una esposa que no sabía cómo reaccionar. Ella preguntó cómo podía recuperar el cuerpo y el colombiano le dijo que era imposible, que de los que se mueren ya no se puede saber ni recuperar nada.

Trata y tráfico de personas. Así se tipifica el delito del que fueron víctimas. No son los únicos. Porque los reclutadores buscan a los más pobres. A los que son invisibles para la sociedad y el Estado. A ellos les prometen ganancias y les dicen que podrán arreglar sus vidas. Es la maldita pobreza que expone a quienes viven al lado. La exclusión del mercado laboral y la desesperanza expulsa a nuestros jóvenes a que lo arriesguen todo, hasta su propia vida.

Está pasando en Bolivia, no son dos ni tres, son muchos más. El Gobierno y la Fiscalía dicen que investigan. Mientras tanto, en la trinchera de guerra están heridos o mueren sin que nadie responda por ellos, sin recibir ayuda y menos aún la jugosa paga que les prometieron.

 

Mónica Salvatierra, periodista