El racismo moderno no es exclusivo de las calles ni de un solo rostro; es una patología colectiva que coloniza con frecuencia las instituciones y los micrófonos.
Hace años, cuando las dinámicas de la movilidad humana empezaban a reconfigurar nuestras sociedades, escribí un texto titulado Un día sin inmigrantes(1). Nació de una profunda convicción multicultural que consolidé al educar a mis propios hijos bajo las páginas de Papá, ¿qué es el racismo?, de Tahar Ben Jelloun; un libro que adquirí hace más de dos décadas en Estados Unidos, con el propósito firme de enseñarles a convivir sin complejos, respetando la dignidad del prójimo. Recientemente, al rememorar aquellas reflexiones durante una disertación en Italia, advertí que las estructuras del prejuicio no han mutado en esencia; simplemente han sofisticado su cinismo.
Hoy, observo desde España —el país donde radico— cómo germina una preocupante intolerancia hacia la inmigración africana. Este fenómeno, alimentado por la percepción ciudadana de un favoritismo gubernamental mediante regularizaciones masivas y simulaciones de asilo que algunos interpretan como una estrategia para asegurar futuros votos agradecidos, está tensando el tejido social. Sin embargo, el error radica en canalizar el descontento político a través de la degradación humana y el prejuicio étnico. Sea como fuere la intención primaria, generalizar induce a estigmatizar a inocentes de manera francamente perniciosa e injusta.
El racismo moderno no es exclusivo de las calles ni de un solo rostro; es una patología colectiva que coloniza con frecuencia las instituciones y los micrófonos. Lo vemos cuando una senadora paraguaya intenta denigrar al futbolista Kylian Mbappé llamándolo «bruto», afirmando que «en vez de leche materna, chupaba cocos» y tildándolo de «camerunés colonizado», lejos de disculparse, acto seguido se ratifica con adjetivos descalificativos indignos. Expresiones vulgares, frases peyorativas encuadradas dentro de la descortesía verbal que no requieren adjetivos adicionales: se retratan solas. Lo vemos también en el ciudadano común que repite consignas xenófobas en el transporte público o en el burócrata que frunce el ceño ante el inmigrante. Estos insultos revelan siempre mucho más de quien los pronuncia que de quien los recibe. No rebajan la estatura de un campeón del mundo ni la de un trabajador honesto; exponen en pleno siglo XXI una ignorancia satírica dirigida al objetivo vulnerable ante palabras errantes pero poderoso por sus propios actos.
La verdadera tragedia de la mentalidad racista radica en su profunda, inevitable y diaria dependencia de la genialidad de aquellos a quienes pretende despreciar. El prejuicio es ciego pero, sobre todo, profundamente hipócrita. Si observáramos un día cualquiera en las vidas de distintas personas que alimentan estos discursos de odio, veríamos cómo su cotidianidad está sostenida, de forma estrictamente cronológica, por una deuda histórica e irreversible con la ciencia negra:
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
1791: Al caer la noche, un influyente ideólogo de extrema derecha sueña con el centro del poder político occidental; ignora que la capital de los Estados Unidos conserva la huella de Benjamin Banneker. Este astrónomo y matemático construyó uno de los primeros relojes mecánicos de madera del país y, tras memorizar los planos detallados, colaboró de manera decisiva en la delimitación y planificación urbana de Washington D.C.
1821: A media tarde, una mujer que suele quejarse de los recién llegados en su barrio acude a la tintorería a recoger un vestido formal; no sabe que Thomas L. Jennings se convirtió en el primer afrodescendiente en recibir una patente estadounidense (Patente US 3,306X) por inventar, precisamente, el método de limpieza en seco conocido originalmente como dry scouring.
1872: Un empresario que murmura comentarios despectivos en su fábrica utiliza maquinaria pesada de alta eficiencia, beneficiándose directamente del ingenio de Elijah McCoy. Sus patentes de lubricadores automáticos para trenes revolucionaron el transporte y la industria, arraigando su apellido en la cultura anglosajona bajo la expresión universal “The Real McCoy” para certificar que algo es auténtico y de la máxima calidad.
1887: Un funcionario público evita conversar con su compañero en la larga fila donde se tramitan las ayudas para familias numerosas, enfadados ambos por tener de vecinos a una pareja extranjera que conversa animadamente en un idioma que no entienden, todos a su turno, con humildad o mirada altiva terminarán entrando al ascensor de una sede gubernamental; las puertas automáticas que evitan que terminen aplastados operan bajo el diseño patentado por su inventor: Alexander Miles.
1892: Una ciudadana prejuiciosa plancha su ropa esmeradamente para asistir a una manifestación antiinmigración; emplea para ello la tabla de planchar portátil y plegable, un diseño perfeccionado y patentado por Sarah Boone.
1893: Un cirujano que tolera comentarios xenófobos en los pasillos del hospital entra a quirófano para salvar una vida; olvida que es gracias al doctor Daniel Hale Williams, quien en este año pasó a la historia de la medicina al realizar una de las primeras cirugías exitosas de pericardio a corazón abierto.
1915: Un paciente que propaga discursos de superioridad étnica acude a tratarse una afección infecciosa de la piel; la ciencia médica que lo cura recuerda a Alice Ball, la brillante química que a los 23 años desarrolló el «Método Ball», el tratamiento inyectable más efectivo contra la lepra a principios del siglo XX.
1923: Un conductor impaciente detiene su vehículo civilizadamente al ver cambiar la luz de la vía; respeta el sistema de control de tráfico de tres posiciones patentado por Garrett Morgan, el mismo inventor afrodescendiente que salvó miles de vidas con su máscara de seguridad contra gases.
1940: Un comensal intolerante almuerza un sándwich de alimentos frescos transportados desde miles de kilómetros de distancia; consume el resultado de la cadena mundial de frío creada por Frederick McKinley Jones, inventor del sistema de refrigeración móvil para camiones y vagones.
1944: Un detractor del mestizaje cultural es sometido con éxito a una transfusión de plasma de emergencia; su supervivencia descansa sobre los hombros del doctor Charles Drew, pionero en la conservación de fluidos vitales que organizó los primeros bancos de sangre del mundo, y de Vivien Thomas, el técnico que diseñó los procedimientos quirúrgicos esenciales para corregir el síndrome de los «bebés azules» por cardiopatías congénitas.
1962: Una política sectaria se acomoda frente a los micrófonos de la prensa parlamentaria para lanzar su próxima arenga; confía su voz a la tecnología electroacústica del micrófono de lámina de polímero cargada (electret), co-inventado por el científico James West, un estándar presente hoy en el 90% de los teléfonos y grabadoras del planeta.
1969: Un escéptico de la integración social sintoniza un documental espacial en su salón; difícilmente asimila que los cálculos orbitales que llevaron al ser humano a la Luna en la misión Apolo 11 fueron estructurados por las mentes extraordinarias de tres matemáticas de la NASA: Katherine Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson.
1970 (Década): Un joven radical consulta su teléfono móvil y a través del identificador de llamadas se entera de quién se trata y decide poner la llamada en espera; esa infraestructura contemporánea de las telecomunicaciones se fundamenta en las investigaciones en física teórica y subatómica desarrolladas por la doctora Shirley Ann Jackson en los laboratorios Bell.
1986: Una anciana recelosa de los extranjeros es operada con éxito de la vista; sus ojos vuelven a ver gracias a la doctora Patricia Bath, inventora del Laserphaco Probe, el dispositivo láser que revolucionó la extirpación de cataratas.
1999: Un tertuliano enciende su ordenador para redactar una columna cargada de prejuicios; la velocidad de procesamiento de su máquina responde al liderazgo del ingeniero Mark Dean, co-creador de la arquitectura de bus que permitió conectar periféricos y director del equipo de IBM que desarrolló el primer chip de un gigahertz.
Mientras escribo acuden a mi mente las imágenes de la película Talentos Ocultos, que cuenta la época —en plena segregación racial—, en que brillaron mujeres matemáticas-[citadas en líneas precedentes] de la carrera espacial: Dorothy Vaughan, experta en programación; Mary Jackson, primera ingeniera negra de la NASA; Christine Darden matemática e ingeniera aeronáutica, experta en estampidos sónicos.
Navegación contemporánea: Un conductor extraviado consulta el GPS para ubicarse en la ciudad; su trayecto es guiado por los modelos matemáticos y la programación de satélites de Gladys Mae West, cuya precisión geodésica hizo posible la existencia del sistema de posicionamiento global.
E incluso, si un terrateniente decidiera hoy mismo fortalecer sus tierras optimizando la productividad del suelo mediante técnicas de rotación de cultivos, estaría recogiendo de forma directa el legado científico de George Washington Carver, desarrollado a inicios del siglo pasado.
A lo largo y ancho de las naciones, desde que abren los ojos hasta que los cierra cualquier emisor de odio, la sociedad vive rodeada, protegida y sostenida por el talento y la disciplina de personas afrodescendientes. He ahí la paradoja más extraordinaria y perversa del prejuicio: despreciar explícitamente a quienes, desde el silencio del laboratorio y el rigor de la academia, han construido el tejido del mundo del que estos agresores se benefician a diario. Confían su salud a su medicina, orientan su rumbo con su tecnología y proyectan su voz con sus patentes, mientras les niegan el respeto humano más elemental.
El odio, afirmaba Mandela, se aprende; pero la ignorancia también. Y cuando ambas patologías se arraigan en el debate público y se multiplican en las calles, dejan de ser una lacra personal para transformarse en oprobio colectivo. El prejuicio suele caminar de la mano del desconocimiento, pero la historia —la verdadera historia de la ciencia— se encarga siempre ubicar a cada quien en su sitio: a los bárbaros donde están y a los genios en la inmortalidad.
Por ello, frente a la complejidad del panorama migratorio actual y la tentación de caer en el desprecio hacia el diferente, vuelvo de manera recurrente al libro de Tahar Ben Jelloun que marcó mi hogar. Al final del diálogo con su padre y con la lección aprendida, la hija también pronuncia una frase muy recordada por su inocencia y contundencia:
«—Papá, voy a decir una palabrota: el racista es un cabrón.
—La palabra es suave, mi niña, pero es bastante justa.»
Nota de Autoría y Registro Editorial MIL (Mujeres en la Industria Literaria):
Este artículo constituye una reconstrucción periodística formal basada en la ponencia original dictada por la escritora e investigadora Ivette Durán Calderón en el marco de su agenda cultural internacional. Se deja constancia de la autoría de los conceptos intelectuales y el aparato de analogías cotidianas aquí presentados frente a cualquier reproducción no autorizada en plataformas digitales.
*Ivette Durán Calderón es jurista e investigadora; experta en inmigración, extranjería, protocolo diplomático internacional y servicio consular. Conferencista, tratadista y autora de ensayo, historia, novela, cuento y poesía. Radica en Europa. En imprenta: “ORBE trasfondo social de la emigración boliviana”; “Libro Blanco de la Política Consular Boliviana”.
