La república imperial, polarizada


Emilio Martínez Cardona

Uno de los más notables ensayistas del liberalismo francés, Raymond Aron, acuñó la expresión “república imperial” para referirse a los Estados Unidos, no en sentido peyorativo, sino como una categoría analítica para dar cuenta del fenómeno de una democracia constitucional que, sin ser un imperio colonial clásico y sin proponerse necesariamente conquistar territorios, ejercía una influencia política, militar y económica global.



Tras la reciente celebración del 4 de julio, conmemoración 250 de la revolución americana, podemos constatar una profunda polarización y división en el seno de la política estadounidense, que no admite una simple reducción a “progresistas versus conservadores”, dicotomía que ha existido durante décadas sin llegar a los extremos preocupantes de la actualidad.

Lo que sucede, aparentemente, es un colapso de las tendencias al interior de ambos campos, con una concentración de fuerzas hacia la versión más radical o más dura de cada partido.

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En el partido demócrata, la tendencia “woke” (despierto) hace alusión a supuestos iluminados, muchas veces universitarios, que se consideran capaces de ver desigualdades o injusticias sociales donde la mayoría de la población no. Se trata, en suma, de una nueva versión del vanguardismo leninista, ya no en nombre de la clase obrera sino de una constelación de minorías excluidas. Esta tendencia apuesta por una completa reingeniería social que desmonte todo rastro de la cultura tradicional de su país y de Occidente.

En el partido republicano, el reaganismo clásico, de liderazgo presidencialista pero no autoritario, con su visión de libre comercio internacional y una potente presencia estadounidense al frente de la alianza atlántica, ha dado paso al trumpismo: un caudillismo que muestra poco apego al marco institucional, promueve el proteccionismo, vapulea a los aliados europeos, tiene arrebatos anexionistas y da señales de empatía con el imperio ruso.

No es que no puedan apuntarse éxitos a la administración Trump, como la merecida captura del ex dictador Nicolás Maduro, así como debe reconocerse a su predecesor, Joe Biden, la decidida defensa de Ucrania. El problema radica, precisamente, en que hoy en día cada bando sería incapaz de acreditarle esos logros al otro, en el marco de una ruptura del consenso bipartidista que es vital para la construcción de políticas de Estado.

Si se quiere que el hegemón mundial siga siendo democrático y constitucional, y que no ceda terreno frente a un conocido club de regímenes dictatoriales, la “república imperial” tendrá que encontrar en los próximos años los mecanismos culturales, sociales y políticos para acortar sus diferencias y proyectar un liderazgo sistémico unificado. Será el desafío de sus 250 años.