María José Justiniano, la mujer que no cabe en ninguna foto


La Miss Bolivian Tropic 2026, María José Justiniano, construye en paralelo dos mundos que el prejuicio nunca imaginó juntos: la pasarela y el algoritmo, el cuerpo y el dato, la corona y el proyecto de vida.

María José Justiniano, la mujer que no cabe en ninguna foto

María José

 



Fuente: https://elpais.bo

Andrés Escobar

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Algo ocurre cuando María José Justiniano Languidey entra a una sala. Primero lo físico, el metro setenta y cinco de estatura, la sonrisa que llega antes que las palabras, esa presencia que los demás describen con el vocabulario limitado de la belleza. Hay que quedarse lo suficiente y escuchar con atención para percibir lo que ninguna fotografía ha capturado, la estructura mental de una mujer que ya sabe dónde estará dentro de cinco años.

Tiene 23 años. Nació en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Y hace mucho que decidió que no iba a elegir.

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El error de la primera impresión

¿Qué ven los demás cuando te conocen por primera vez? María José no esquiva la pregunta ni finge incomodidad. “Mi sonrisa, mi rostro”, dice con la naturalidad de quien ya hace tiempo hizo las paces con lo que el espejo devuelve. Agrega, casi de inmediato: “Soy muy amiguera, muy extrovertida, sociable. Puedo tener una charla con alguien sin necesidad de convivir de antes”.

María José Justiniano, El País

Directo al vínculo, operando en una frecuencia distinta a la que el mundo del modelaje suele sintonizar. A los 16 años ya participaba en ferias. Acumuló títulos, Miss Ganadera Bolivia, Miss Distrito 11, representaciones en Paraguay y Panamá, presencia en Expocruz y escenarios de varios departamentos bolivianos. Mientras posaba, también cursaba una carrera de cinco años que completó en tres y medio. No es una hazaña para presumir, es parte del plan.

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Asistente virtual y carpeta de sueños

María José me contó que tiene una carpeta en su drive personal. Se llama, “María José”, y dentro tiene documentos que van desde los primeros bosquejos de su emprendimiento de donas —que lanzó a los 17 años, antes de la pandemia, para aprender sobre margen bruto, no porque necesitara dinero—, hasta los esquemas de áreas de la cadena inmobiliaria que quiere construir con una tecnología que, asegura, todavía no ha llegado a Bolivia.

Mientras tanto, estudia. Ya tiene diplomados en Marketing Gerencial y en Inteligencia Artificial Aplicada a los Negocios, amén de formación en ciberseguridad, análisis de mercados y administración. Usa ChatGPT Plus con un perfil personalizado que ya sabe que es alta y tiene gustos específicos, y lo consulta para decisiones que van de la colorimetría de su ropa hasta la estructura de proyectos internacionales. Usa Claude, Kling, Dola. Conoce Power BI y habla de Metricool con la soltura de quien lo maneja en su trabajo cotidiano, donde gestiona proyectos de alcance internacional y capacitó a colegas que le doblaban la edad en herramientas que ellos no dominaban.

María José Justiniano, El País

“La inteligencia artificial es buena como apoyo a lo que uno ya sabe”, dice con la postura epistemológica que muchos ejecutivos de cuarenta años todavía intentan articular.

El precio que nunca estuvo dispuesta a pagar

En algún momento, el modelaje le ofrecía tres veces lo que ganaba como pasante. Cualquier chica habría congelado la carrera. Pero ella no.

No porque tuviera miedo ni porque le faltara ambición. Sino porque ya había calculado, con la lógica fría y lúcida que la define, que la formación le iba a multiplicar eso por diez. “Las personas que hacen las cosas bien, les va bien”, sintetiza desde la certeza, sin eslogan.

Sus padres, ambos abogados, la criaron con una máxima que resuena en su cabeza cada vez que el camino se complica: no hay nada imposible, para todo hay solución, si hay que levantarse a las cuatro de la mañana, se hace. María José es la mayor de tres hermanos que observan y empiezan a tomar nota.

Polo norte y polo sur, sin contradicción

Le digo que vive simultáneamente en el mundo más físico y en el más incorpóreo —la pasarela y el algoritmo, el cuerpo medido en centímetros y la mente volcada en tokenización y estructuras de datos— María José sonríe y responde sin dudar: “Se ve como polo norte y polo sur, ¿no? Pero lo que pasa es que el tema de la belleza también es por salud. Y uno tiene que estar presentable siempre”.

Va más lejos: “La belleza es muy bonita y todo, pero no es toda la vida. Yo lo visiono hasta donde tiene que ser”. Madurez descolocante. No es renuncia ni desdén, es la perspectiva de alguien que sabe que una plataforma no es un destino.

María José Justiniano, El País

Este año, se llevó el título de Miss Bolivian Tropic, colmando sus expectativas altas y sin dramatismo. Antes de lograrlo, ella pensaba que si la corona no llegaba serían “noventa y nueve cosas buenas contra una” que no salió como esperaba. Pero hoy, junto a la corona el proyecto de vida sigue intacto, con sus carpetas, sus chips digitales, su cerebro virtual con seis proyectos activos y su horizonte trazado a cinco años.

Lo que no entra en la foto

María José no tiene inseguridades declaradas. “Sí soy bonita, me considero bonita. Sí soy inteligente, me considero inteligente”. En un mundo que suele pedir a las mujeres que elijan entre una cosa y la otra, o que al menos finjan que les pesa tener las dos, esa declaración resulta, paradójicamente, subversiva.

Esta cruceña de 23 años espera que, en el futuro, cuando una chica de 12 o 16 lea esta nota, no encuentre consejos sobre certámenes y maquillaje, sino algo más austero y poderoso, que puede todo lo que se proponga, que los primeros años son decisivos, que los hobbies tienen su lugar y su tiempo, y que si algo tiene claro es que hacer las cosas bien desde el principio es la única forma de que todo, al final, termine bien.

La foto capta la sonrisa. La entrevista apenas araña la superficie de lo que hay detrás. El proyecto de vida todavía está escribiéndose.