Menos héroes, más sistemas


En casi todas las organizaciones existe esa persona que “salva todo”. Es quien resuelve las crisis, responde llamadas a cualquier hora, conoce cada detalle de los procesos y encuentra soluciones cuando nadie más las ve. Cuando está presente, todo parece funcionar. El problema aparece cuando se toma vacaciones, cambia de trabajo o simplemente ya no está.

Lo mismo ocurre con los países. En Bolivia admiramos a quienes logran sacar adelante proyectos en medio de la escasez, destraban un trámite imposible, mantienen funcionando un hospital con recursos limitados o encuentran soluciones donde el sistema parece haber renunciado. Y ese reconocimiento es justo. Necesitamos líderes comprometidos y personas dispuestas a dar más de lo esperado.



Sin embargo, hay una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿por qué seguimos necesitando héroes para que las cosas funcionen?

Cuando una institución depende del esfuerzo extraordinario de una persona, el problema no es que exista alguien brillante. El verdadero problema es que el sistema no fue diseñado para funcionar sin ella.

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En psicología organizacional existe un modelo conocido como el triángulo de Karpman, donde las relaciones suelen girar entre la víctima, el perseguidor y el salvador. En muchas organizaciones ocurre algo parecido: los problemas se acumulan, alguien aparece para resolver la emergencia y todos celebran al salvador. Pero una vez superada la crisis, el sistema permanece igual. Tarde o temprano, aparecerá una nueva emergencia y volveremos a buscar otro héroe. Celebramos la capacidad de apagar incendios, cuando deberíamos preguntarnos por qué siguen produciéndose.

Los países que progresan no lo hacen porque siempre encuentran personas extraordinarias. Lo hacen porque construyen instituciones capaces de aprender, documentar, mejorar y dar continuidad a lo que funciona. Allí, el conocimiento no depende de la memoria de una persona, sino de procesos claros. Los proyectos no sobreviven gracias al sacrificio permanente de un equipo, sino porque existen reglas, planificación y colaboración que permiten que el trabajo continúe aun cuando cambian los responsables.

En gestión de proyectos existe una idea sencilla: un buen sistema produce resultados consistentes; uno malo depende del esfuerzo heroico de quienes intentan sostenerlo. La diferencia puede parecer sutil, pero cambia por completo la forma en que una organización enfrenta los desafíos.

Esto no significa eliminar el liderazgo. Al contrario. El mejor líder no es quien se vuelve indispensable, sino quien construye equipos, desarrolla capacidades y deja una institución más fuerte que la que encontró. Su legado no es que todos digan “sin él esto no funciona”, sino exactamente lo contrario: “aunque ya no esté, esto sigue funcionando”.

Bolivia necesita seguir formando líderes capaces de inspirar y asumir responsabilidades. Pero también necesita dar el siguiente paso: construir sistemas que reduzcan la dependencia de las personas excepcionales y conviertan las buenas prácticas en una forma habitual de trabajar.

Porque los héroes resuelven problemas. Los sistemas evitan que esos problemas se repitan. Y quizá el mayor logro de un líder no sea convertirse en el héroe de una organización, sino hacer posible que, algún día, ya no haga falta ninguno.

 

 

Sebastian Crespo Postigo, es economista, MBA y Mgs. Dirección de proyectos.