Cada cierto tiempo, los cambios de gabinete generan una expectativa natural en la población. Nuevos rostros, nuevos discursos y nuevas promesas suelen alimentar la esperanza de que las cosas finalmente mejorarán. Sin embargo, la experiencia demuestra que un relevo de autoridades, por sí solo, no transforma la realidad de un país.
Cambiar personas no es lo mismo que cambiar el rumbo.
Cuando los problemas que enfrenta un Estado son estructurales, las respuestas también deben ser estructurales. Ningún ministro, por más capacidad o buena voluntad que tenga, podrá alcanzar resultados diferentes si continúa ejecutando las mismas políticas, enfrentando las mismas limitaciones institucionales y respondiendo a una estrategia de apagar incendios y atender lo urgente, pero no se ha logrado resolver los desafíos que hoy preocupan a los bolivianos, o acaso alguien puede afirmar que después de nueve meses de gobierno por lo menos “algo cambio”, creo que nadie.
La economía continúa enfrentando una crisis que afecta a las familias y al aparato productivo, la falta de dólares, el tipo de cambio flexible que afecta a la inflación y afecta a los ingresos de los más vulnerables, la seguridad ciudadana plantea nuevos desafíos, especialmente en las zonas fronterizas donde el crimen organizado demuestra una capacidad creciente para operar. La salud, la educación, la profundización de la autonomía, el cambio de modelo económico, la generación de empleo, de ingresos y la confianza en las instituciones siguen demandando respuestas de fondo. Ninguno de estos problemas desaparecerá simplemente porque cambien los nombres que ocupan los ministerios.
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En gestión pública existe un principio básico: cuando los resultados no son los esperados, la primera pregunta no debe ser quién ejecuta las políticas, sino si esas políticas siguen siendo las adecuadas para la realidad que enfrenta el país. Persistir en una estrategia que no produce resultados y esperar un desenlace diferente difícilmente permitirá superar la crisis, menos aun cuando el Presidente del Estado ha hecho desaparecer al Ministerio de Planificación del Desarrollo, que debería generar una planificación a mediano y largo plazo, una visión de país, políticas de Estado, objetivos claros, metas e indicadores de evaluación, eso demuestra que no sabemos hacia dónde vamos.
Bolivia necesita, después de 20 años de un gobierno hegemónico recuperar la planificación estratégica y la confianza. Gobernar no puede limitarse a administrar la coyuntura ni a reaccionar frente a cada crisis. Gobernar implica anticipar escenarios, definir prioridades, coordinar instituciones y medir resultados. Esa es la diferencia entre administrar el presente y construir el futuro.
Nuestro país requiere políticas de Estado que trasciendan los cambios de autoridades y los ciclos políticos. La ciudadanía espera mucho más que un enroque administrativo. Espera señales de que existe un rumbo definido, objetivos concretos y decisiones capaces de devolver certidumbre a un país que necesita recuperar la confianza en sus instituciones.
La historia demuestra que las grandes transformaciones no nacen de un simple cambio de gabinete. Nacen cuando existe la voluntad de reconocer que los problemas requieren nuevas ideas, nuevas estrategias y un liderazgo capaz de impulsar esas reformas que espera el país.
Porque, al final, no se trata de cambiar a quienes ocupan los cargos. Se trata de cambiar aquello que impide que esos cargos produzcan los resultados que Bolivia necesita.
Como médico cirujano vascular, puedo afirmar que «En medicina, cuando un tratamiento no funciona, el buen médico no cambia únicamente al equipo que atiende al paciente; revisa el diagnóstico y modifica el tratamiento. En política ocurre exactamente lo mismo.»
Dr. Henry Montero Mendoza – 360°
Exsenador del Estado Plurinacional de Bolivia
