Una mirada desde la mirilla
Hay palabras que se repiten tanto que corren el riesgo de perder su verdadero significado, corrupción es una de ellas, la pronunciamos en discursos, denuncias, investigaciones y conversaciones cotidianas, nos indignamos cuando descubrimos que alguien se enriqueció con recursos públicos, pero muchas veces terminamos aceptando el hecho como si fuera parte inevitable de la vida nacional.
No debería serlo, porque la corrupción no es una costumbre, ni una tradición, ni una enfermedad incurable de la administración pública, es un delito contra el Estado y contra la sociedad, porque cada boliviano que se desvía hacia un bolsillo particular deja de cumplir la finalidad para la que fue destinado.
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Aquí aparece una imagen sencilla, pero contundente las maletas deben estar en la maletería; el viajero no, quien llega a la administración pública llega como pasajero. Llega por un tiempo determinado, con una función concreta y con la obligación de administrar bienes que no le pertenecen, porque el Estado no es una agencia de viajes, tampoco un bodegon de avion para llevar y traer maletas.
EL FUNCIONARIO PUBLICO ES UN VIAJERO TEMPORAL
Un Ministro, un Viceministro, un Director, un Alcalde, un Gobernador, un Gerente de una empresa pública o cualquier funcionario tiene algo en común: todos son pasajeros temporales del Estado.
Llegan, cumplen o deberían cumplir una función, luegp se van, lo que permanece no es el cargo ni el funcionario lo que permanece son las instituciones, las obras, los servicios públicos y, sobre todo, la responsabilidad por lo realizado.
El problema aparece cuando algunos confunden el equipaje personal con el patrimonio público, llegaron con una maleta, después aparecen dos, luego tres y cuando abandonan el cargo necesitan un camión para transportar lo que supuestamente consiguieron con un salario público.
La pregunta inevitable es: ¿De dónde salió todo ese equipaje?
LA MALETA QUE NO APARECE EN LA DECLARACIÓN
La lucha contra la corrupción no puede limitarse a perseguir al funcionario cuando ya abandonó el cargo.
Se debe mirar antes, hay que mirar durante y después. La declaración de bienes y rentas no debería convertirse en un simple trámite burocrático que se firma, se archiva y nadie vuelve a revisar, debe ser una herramienta real de prevención y control.
Si una persona ingresa al servicio público con determinado patrimonio y, pocos años después, aparece con propiedades, vehículos, empresas, cuentas o bienes cuyo valor resulta incompatible con sus ingresos legítimos, corresponde preguntar:
¿Cómo se hizo esa fortuna? No se trata de perseguir a quien trabaja honestamente, ahorra o progresa., se trata de distinguir entre riqueza legítimamente obtenida y patrimonio que no puede ser explicado razonablemente.
La transparencia no debe ser una amenaza para el ciudadano honesto, debe ser una barrera para el corrupto.
EL BOLSILLO TAMBIÉN ES UN PUNTO SENSIBLE
La corrupción no se combate solamente con discursos, se combate haciendo que el corrupto sepa que robar al Estado tendrá consecuencias reales.
El sistema debe ser capaz de detectar incrementos patrimoniales injustificados, movimientos financieros sospechosos y adquisiciones que no guardan relación con los ingresos legalmente obtenidos.
La declaración patrimonial debería actualizarse periódicamente durante el ejercicio de funciones, especialmente en cargos donde exista manejo directo de recursos públicos.
Y cuando existan indicios serios de enriquecimiento ilícito, las instituciones competentes deben actuar con rapidez, respetando siempre el debido proceso y las garantías constitucionales.
Porque existe una realidad que no debemos ignorar, al corrupto le duele más perder lo robado que escuchar mil discursos sobre moralidad, por eso la prevención patrimonial, la auditoría, la fiscalización y la justicia deben funcionar juntas.
EL ESTADO NO PUEDE DORMIR CON EL ENEMIGO
Uno de los grandes problemas de la administración pública es que, en determinadas circunstancias, se mantienen en posiciones estratégicas personas que han perdido la confianza institucional o que no reúnen las condiciones para desempeñar adecuadamente sus funciones.
No se trata de perseguir funcionarios por razones políticas, tampoco de convertir la administración pública en una permanente cacería.
Se trata de algo mucho más sencillo: Deben estar quienes deben estar, la función pública requiere capacidad, honestidad, mérito, experiencia y compromiso con el interés colectivo.
No puede convertirse en refugio de militantes, familiares, amigos, operadores o personas que consideran el cargo una oportunidad para beneficio personal.
El Estado no necesita funcionarios que sepan solamente obedecer, necesita servidores públicos que sepan servir.
CORRUPCIÓN Y SILENCIO: UNA PAREJA PELIGROSA
La corrupción prospera donde existe silencio. El funcionario corrupto necesita cómplices, pero también necesita indiferentes.
A veces la sociedad descubre una irregularidad y responde:
“Siempre ha sido así, asi no mas sera”.
Esa frase es peligrosísima, porque detrás de ella se esconde la resignación y cuando una sociedad se resigna frente a la corrupción, el corrupto deja de sentirse delincuente y comienza a sentirse poderoso.
La corrupción necesita tres condiciones para crecer: impunidad, complicidad e indiferencia,hay que romper las tres.
EDUCACIÓN: LA PRIMERA VACUNA
Pero tampoco podemos pretender resolver la corrupción únicamente con fiscales, jueces, auditorías y policías.
La lucha comienza mucho antes, comienza en la educación. Durante años hemos ido relegando la formación cívica y moral, como si conocer nuestros derechos fuera suficiente y nuestras obligaciones pudieran quedar en segundo plano.
Un ciudadano debe saber que lo público también le pertenece, aunque no sea propietario individual de una plaza, una escuela, un hospital o una carretera.
Lo público es de todos. robarle al Estado no significa robarle a un funcionario, significa robarle al ciudadano, al niño que necesita una escuela, al enfermo que necesita un hospital, al productor que necesita un camino, al barrio que necesita agua potable, al trabajador que espera servicios eficientes.
Cada acto de corrupción tiene una víctima, aunque esa víctima no aparezca en el expediente.
NO TODO CORRUPTO LLEVA CORBATA
También debemos romper otro prejuicio, la corrupción no tiene uniforme, no tiene partido político exclusivo, no tiene ideología, no pertenece a la izquierda ni a la derecha, no tiene color azul, rojo, verde ni naranja. La corrupción tiene una sola bandera: el interés personal por encima del interés público.
Puede aparecer en una oficina ministerial, una alcaldía, una gobernación, una empresa estatal, una contratación, una licitación, una aduana o cualquier lugar donde exista poder de decisión y recursos públicos.
Por eso combatirla selectivamente no es combatirla, es utilizarla políticamente. La lucha contra la corrupción debe ser institucional, permanente y universal.
LAS MALETAS DEBEN QUEDARSE
Hay que cambiar la cultura, quien llega a la función pública debe saber desde el primer día que el cargo no es una propiedad privada.
No es una herencia.no es un negocio, no es una franquicia familiar, no es una oportunidad para acumular bienes, es un servicio temporal a la sociedad.
Por eso, al concluir su gestión, el funcionario debería poder salir con la frente en alto y con la misma tranquilidad con la que entró.
No debería necesitar esconder sus bienes, no debería necesitar empresas de terceros, no debería necesitar testaferros, no debería necesitar cuentas inexplicables, no debería necesitar maletas adicionales. Las maletas deben estar en la maletería, el viajero debe viajar liviano.
UNA NUEVA CULTURA DE LA FUNCIÓN PÚBLICA
Bolivia necesita recuperar algo que parece elemental, pero que hemos ido perdiendo: el respeto por la función pública.
Ser servidor público debería ser un honor y, al mismo tiempo, una enorme responsabilidad.
Quien administra recursos públicos administra el esfuerzo de millones de ciudadanos que pagan impuestos, producen, trabajan y sostienen la economía nacional.
No está administrando dinero ajeno sin rostro, está administrando el dinero de Juan, María, Pedro, del campesino, del obrero, del comerciante, del profesional y del empresario que cumplen con sus obligaciones. Por eso cada boliviano mal utilizado tiene nombre y apellido, es el dinero de alguien.
EL VIAJERO DEBE RENDIR CUENTAS
La democracia no termina cuando se entrega el cargo, al contrario, allí comienza una de las etapas más importantes: rendir cuentas.
El funcionario que administró recursos públicos debe poder explicar qué hizo, qué decidió, qué contrató, cuánto gastó y qué patrimonio tenía cuando ingresó y cuál posee cuando se marcha. No como una persecución, por el contrario como una obligación democrática.
Quien no tiene nada que esconder debería ser el primero en exigir controles, porque la transparencia protege al honesto y acorrala al corrupto.
EL FINAL DEL VIAJE
Algún día todos los funcionarios tendrán que abandonar el cargo, algunos lo harán con aplausos, otros, con críticas, otros serán olvidados, pero todos deberían poder salir por la misma puerta por la que entraron sin llevarse lo que pertenece al Estado.
La función pública es un viaje, el cargo es temporal, el poder es pasajero, el dinero público no es del funcionario y la maleta de la corrupción jamás puede convertirse en equipaje personal.
Bolivia no necesita más viajeros que lleguen al Estado con los bolsillos vacíos y se marchen con las maletas llenas, necesita servidores públicos que entren con principios y salgan con la conciencia tranquila, porque al final del viaje, cuando se apagan las luces del despacho y desaparecen los privilegios, queda una sola pregunta:
¿Qué hiciste con el poder que te confiaron? Y allí no habrá maleta que pueda esconder la respuesta.
Las maletas deben estar en la maletería, el viajero, en cambio, debe rendir cuentas.
El autor es diplomático de carrera y politólogo
