La escasez de gasolina y diésel dejó de ser un problema de abastecimiento para convertirse en una carga cotidiana que golpea al transporte, al comercio, al trabajo, a la circulación vehícular y a las familias.
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La escena se repite en distintas ciudades del país: una fila que comienza de madrugada, vehículos que avanzan lentamente, conductores que preguntan cuándo llegará la cisterna y personas que, después de varias horas, todavía no saben si podrán cargar combustible.
Para algunos, la espera representa perder una jornada de trabajo. Para otros, significa no completar un viaje, retrasar una entrega, suspender una carrera o dejar estacionado un vehículo que es la principal fuente de ingresos de una familia.
Y para miles de ciudadanos que no viven del volante, el problema tampoco termina en el surtidor. Cuando un taxi no consigue gasolina, cuando un microbus deja de circular o cuando un camión no puede cargar diésel, la escasez termina trasladándose al resto de la economía.
La crisis de combustibles dejó así de ser solamente una discusión sobre volúmenes importados, divisas, logística o subvención. Se convirtió en un problema cotidiano que se mide en horas de espera, ingresos que no se generan, pasajeros que llegan tarde y familias que deben reorganizar sus actividades.
Héctor Aramayo, hace 15 años que recorre el país y por primera vez piensa en tirar la toalla.
“No se puede seguir asi. Desde fines de 2024 ya se veía venir este problema. Ahora todo es mas descarado. Pasamos días haciendo fila, perdemos horas de trabajo, no podemos almorzar y descansar de manera normal, si esto sigue asi, buscaré otro trabajo, esto no es vida”, se lamentó Héctor.
Un poco más optimista Marcelo, que lleva 10 horas esperando cargar gasolina, espera que la falta de combustible se solucione y que el hacer filas por varias horas o días sea un mal recuerdo.
“Desde el año pasado el tener un vehículo se volvió en una carg muy pesada. Se pierde tiempo, dinero y parte de nuestra salud en estas filas donde uno se encuentra nervioso y con impotencia”, contó Marcelo.
En Santa Cruz, la dimensión del problema ya golpea directamente al transporte urbano. Mario Guerrero, representante del sector, afirmó ayer que solo 40% de las unidades está trabajando y que el 60% permanece en las filas para conseguir diésel.
Ese dato permite entender que la fila ya no es solamente un inconveniente para el conductor.
Es una unidad de transporte que deja de prestar servicio.
Si un microbus no circula, menos pasajeros llegan a sus destinos. Si hay menos unidades en las calles, aumenta el tiempo de espera. Si la oferta de transporte disminuye, el usuario busca alternativas más caras o simplemente posterga sus actividades.
Pero también existe un efecto más silencioso: el tráfico generado por las propias filas.
Una hilera de vehículos que ocupa varias cuadras reduce la capacidad de circulación de las calles. Los accesos a estaciones se congestionan, se forman cuellos de botella y el transporte público queda atrapado en las mismas vías.
Así, quien no está buscando combustible también termina pagando parte de la crisis.
El ciudadano que intenta cruzar una avenida para llegar a su trabajo puede quedar atrapado detrás de una fila de vehículos. El pasajero de un microbus puede tardar más en llegar a su destino. Una ambulancia puede encontrar una vía congestionada. Un comerciante puede recibir tarde su mercadería.
Promesas
El presidente de YPFB, Sebastián Daroca, aseguró que las filas por gasolina deberían quedar resueltas en dos o tres días, después de una reunión con autoridades y sectores de Santa Cruz. La estatal también comprometió refuerzos en las asignaciones y aseguró que los volúmenes de diésel estarán cubiertos.
Una promesa que cae en saco roto para los que han hecho de las filas una forma más vivir.
“Soluciones, es lo que la población necesita, ya no queremos bonitas palabras”, observó Héctor.

