Cuando la semana pasada escribí “Sólo sé… ¡que nada entiendo!”, lo concluí escribiendo «Hoy me quedo en la acera del escepticismo, en espera de no-vedades. Que las habrá». Y las hubo.

Con un fondo bucólico (para que no se confundiera con una declaración oficial) luego de una decena de días en silencio presidencial, el Presidente Paz (aunque le quedaría más certero, me rehúyo aún a escribir “el presidente Paz”) dijo conocer “a medias” a su asesor Cerimedo (en realidad, “casi conocer”, ¿sería porque el casi-conocido tomaba decisiones y no le consultaba?) aunque propios (Cerimedo más) y extraños dijeran antes a pie juntillas lo contrario.
En la columna que me cito, ubiqué nuestro escandalazo (ya más que simple escandalete) en el mundo de lo Real Maravilloso de Carpentier y García Márquez pero cada vez más pareciera (por lo que de él se narra) que “el Asesor que no asesoraba” —casi descrito tal convidado de piedra— era cual Lazarillo de Tormes en estas tierras pero yo prefiero verlo en estos momentos como Boule de Suif, la Bola de Sebo de aquel tierno y, a la vez, sutilmente ríspido (sin moralismo) cuento de Guy de Maupassant.
Boule de Suif era una dama —aunque Maupassant nos deja abierta la idea de que era una cocotte— que, en el interior de la Francia del Segundo Imperio vencida, con otros pasajeros con seguro abundantes recursos se aprestaban para huir de los invasores prusianos (ya ocupantes) en “una espaciosa diligencia de cuatro caballos”. Seis burgueses acaudalados (un comerciante, un diputado, un conde, sus esposas), dos monjas (que recorrían sin césar las cuentas de sus rosarios), un eterno revolucionario (cobarde por más señas)… y Boule de Suif (no era su nombre sino el clasificador de sus turgencias). Rechazada por las damas y observada hasta libidinosamente por los caballeros, hasta que el hambre les apretó; fue el momento en que Bola de Sebo sacó una cesta de buenas provisiones y empezó, ella sola, a comer (envidiada, claro, por las damas y los caballeros) hasta que compartió, primero, con las monjas y luego con el resto todo lo que traía, que el hambre desprejuició y hasta celebró la compañía y su conversación, compartiendo y coincidiendo, incluso, en ideas monárquicas (aunque ya el emperador había huido).
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Para no dilatar la historia, llegaron convividos todos a un punto de control prusiano en el camino. El oficial a cargo exigió un a modo de derecho de pernada esa noche con Bola de Sebo para dejarlos seguir. ¡No! Dijo ella, pero todos la adularon y argumentaron en el bien común para convencerla y, al fin de unos momentos no pudo decir que no: “pagó el peaje”.
El final es el que se esperaba: Continuaron viaje, arrinconaron completamente a “la salvadora” y ni le compartieron las vituallas que habían conseguido en el peaje, ahora que nada le quedaba.
No voy a negar que las historias sobre Cerimedo —sobre todo “el no lo conozco” o “quizás alguna vez de pasada lo vi”— me recordaron a Mme. Boule de Suif, a Bola de Sebo: con comida y como pagante de peaje fue celebrada y atendida y hasta adulada sin respingos; cuando ya fuera molestosa —hasta comprometedora su compañía—, pasó a entender cuán fútil e innecesaria —y olvidada cuando no negada— era su (hasta ese momento) ansiada y celebrada compañía (la de él, Cerimedo) desde ese entonces para los que fueron compañeros de su acabado viaje.
Y que el abrupto descalabro de Cerimedo me recordara la sardónica y hasta ejemplar narración de Maupassant no es más que entender el valor que sus compañeros de viaje le daban —¡a Bola de Sebo, por supuesto!— luego de cumplir lo que, hasta rogado, le pidieran.
El viaje de Cerimedo, desde taxista hasta tenebroso hacedor de bots en campañas políticas —él en la derecha, porque en la izquierda hacen las mismas cosas pero otros— y asaz todopoderoso entrometido del Poder en distintos lugares de la región, no me da ninguna solidaridad. Cual un Lazarillo de Tormes más, Cerimedo recorrió el mismo camino que su antecesor en las letras de Ortega y él, olvidado y repudiado como el personaje picaresco, no le quedan más que manotazos al aire… hasta que lo olviden.
No hablaré de la trashumante Mata Hari, que de masista pasó a jeaninista y posiblemente a arcista hasta que, en su Ché a lo Bola de Sebo, encontró un cobijo y mejor escabel. Esa es otra historia y espero que, en ley, se devane el ovillo de las historias.
Y hablando del Lazarillo en su siglo xvi, me vino a la mente la triste historia de algunas genealogías históricas cuando se miran en el tiempo: como la de Carlos Quinto y Felipe Segundo, que se cerró en Carlos Segundo “El Hechizado” y, aquende, como la historia de Paz Estenssoro (con muchas luces y, por demás, muchas sombras) siguió en la de Paz Zamora (con el cabestrillo de su anterior enemigo mortal) y va a terminar en la de Paz Pereira… y si no se cambia pronto lo que se está narrando en esta y anteriores columnas, con nosotros también.
Información consultada
https://brujuladigital.net/opinion/el-riesgo-de-una-crisis-de-gobierno.
https://es.wikipedia.org/wiki/Elecciones_generales_de_Bolivia_de_2025.
https://es.wikipedia.org/wiki/Fernando_Cerimedo.
https://es.wikipedia.org/wiki/La_Derecha_Diario.
https://larazon.bo/politico/2026/08/15/dos-velocidades-la-crisis-corre-el-gobierno-va-lento/.
https://www.bbc.com/mundo/articles/clyx45xkzzyo.
Rafael Vilar