Mientras Bolivia sigue preguntándose dónde están los empleos, una generación de jóvenes está inventándose los suyos desde un teléfono celular. A las 10 de la mañana, un joven boliviano puede estar trabajando sin haber salido de su cama, sin jefe, sin oficina y sin contrato. A las 12, puede haber vendido productos por TikTok. A las 3 de la tarde, puede estar editando un video para un cliente en Chile; a las 7, puede recibir un pago desde Estados Unidos y al día siguiente, si el algoritmo deja de mostrar su contenido, puede no ganar un solo centavo.
Que un joven esté trabajando no significa que tenga un empleo formal. y en esa aparente contradicción se encuentra una de las transformaciones económicas más interesantes que Bolivia está comenzando a vivir.
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
Mientras buena parte del debate público continúa concentrado en el empleo formal, desempleo, el salario mínimo, la burocracia, los sindicatos y las estadísticas tradicionales de ocupación, una generación de jóvenes está construyendo su propia economía desde un teléfono celular. Son jóvenes vendedores digitales, creadores de contenido, diseñadores, programadores, fotógrafos, publicistas, profesores, asesores, comerciantes, repartidores, freelancers e influencers.
No necesariamente tiene un sueldo, tiene ingresos. No necesariamente tiene un jefe, tienen clientes. No necesariamente tiene una oficina, tienen conexión a internet. Algunos ni siquiera consideran que están emprendiendo; simplemente encontraron una manera de ganar dinero».
El mercado laboral del país está cambiando. Durante buena parte del siglo XX, la vida económica parecía tener un camino bastante definido: estudiar, conseguir empleo, ganar un salario, ahorrar, comprar una casa y jubilarse. Este modelo ahora está siendo cuestionado. Para muchos jóvenes, conseguir un empleo estable dejó de ser la única puerta de entrada al mundo laboral; algunos no lo encuentran, otros no quieren depender exclusivamente de él y otros descubrieron que pueden generar ingresos por su cuenta.
La tecnología redujo algunas de las barreras de entrada que durante décadas parecían inevitables. Para abrir una tienda se necesitaba un local; hoy, puede bastar una cuenta en redes sociales. Para hacer publicidad se necesitaba contratar un medio; hoy, un creador puede convertirse él mismo en un medio de comunicación. Para conseguir clientes había que recorrer la ciudad; hoy, pueden llegar desde cualquier parte del mundo. Para trabajar en una empresa extranjera había que viajar; hoy, en determinadas actividades, basta una computadora.
Aquí aparece una transformación que Bolivia todavía no está discutiendo con suficiente profundidad: el trabajador se está convirtiendo en su propia unidad productiva. El celular ya no es solamente un teléfono para un joven; puede ser, simultáneamente, su oficina, su tienda, su agencia de publicidad, su departamento de ventas y su medio de comunicación o sistema de cobros. En algunos casos, es su principal fuente de ingresos.
TikTok es apenas el símbolo de algo mucho mayor: Instagram, YouTube, WhatsApp, Facebook, plataformas de comercio electrónico y herramientas de inteligencia artificial están creando un ecosistema donde una persona puede producir, promocionar y vender sin necesitar una estructura empresarial tradicional. Eso abre una posibilidad extraordinaria para Bolivia, pero también plantea un enorme desafío, porque una cosa es ganar dinero y otra muy distinta es construir riqueza.
La economía digital ofrece libertad, pero también incertidumbre. Mientras que un empleado tradicional sabe cuánto cobrará a fin de mes, el trabajador digital puede ganar mucho un mes y muy poco al siguiente. Un video puede hacerse viral y otro fracasar; un cliente puede contratarte por un año y desaparecer mañana. Incluso, una plataforma puede cambiar sus reglas o su algoritmo, modificando el alcance de tu contenido.
Imaginemos a un joven boliviano de 28 años que consigue generar 8.000 bolivianos mensuales trabajando por internet. En términos de ingresos puede estar mejor que muchos empleados, pero hagamos algunas preguntas incómodas: ¿puede demostrar ingresos?, ¿puede obtener un crédito hipotecario?, ¿está aportando regularmente para su jubilación?, ¿tiene seguro?, ¿está ahorrando?
Tener ingresos no equivale a ser rico. Ahí radica una de las grandes contradicciones de la nueva economía: una generación con mayor capacidad para generar ingresos que sus padres, pero con menos posibilidades de construir un patrimonio estable.
Un influencer o emprendedor digital puede tener un celular de última generación, pero no una vivienda; puede viajar, pero no tener ahorros; puede tener miles de seguidores, pero ningún activo; puede facturar mucho durante algunos meses, pero no tener seguridad económica para los próximos años. Esa es la diferencia entre ganar dinero y construir riqueza, y Bolivia debería empezar a hablar de ella. ¿Estamos creando emprendedores o digitalizando la informalidad?
Bolivia tiene una larga historia de informalidad económica. Durante años, millones de personas han sobrevivido trabajando por cuenta propia; ahora, esa informalidad puede estar entrando en una nueva etapa. Ya no ocurre necesariamente en la calle, sino que puede darse detrás de una pantalla: un joven vende productos por redes sociales, recibe pedidos por WhatsApp, se promociona mediante TikTok, cobra digitalmente y trabaja desde su casa. Genera ingresos, pero no puede tener una empresa formal, seguridad social o mecanismos adecuados para demostrar su capacidad económica. La tecnología puede estar modernizando la informalidad sin necesariamente eliminarla.
Todo esto obliga al Estado a cambiar la pregunta; ya no basta preguntar: «¿Cuántos empleos formales estamos creando?», sino que también deberíamos preguntar: «¿Cuántas personas están generando ingresos fuera del empleo tradicional?» y «¿Cómo podemos convertir esa actividad en empresas sostenibles?
Bolivia tiene una oportunidad que todavía no estamos viendo: tiene un enorme capital humano joven y la economía digital ofrece algo que el país necesita con urgencia: exportar talento. No hablo de exportar minerales, gas, soya o carne; hablo de venderle al mundo servicios producidos por bolivianos: diseño, programación, marketing, animación, producción visual, consultoría, educación, desarrollo de software, inteligencia artificial, edición de contenido, servicios profesionales, etc.
Un joven sentado en Santa Cruz puede producir para una empresa en Miami; uno en Cochabamba puede trabajar para una compañía española; uno en La Paz puede vender servicios a una empresa mexicana. Y ninguno necesita meter un producto en un contenedor para exportarlo: lo que exporta es conocimiento.
Para un país que necesita desesperadamente nuevas fuentes de generación de divisas, esta posibilidad debería ser tomada mucho más en serio. El gran error sería perseguir a la economía digital; la respuesta estatal no debería ser prohibir, burocratizar o llenar de impuestos una actividad que apenas está naciendo. Primero debería entenderla: ¿quiénes son?, ¿cuánto generan?, ¿qué servicios exportan?, ¿qué dificultades tienen?, ¿cómo cobran sus pagos?, ¿por qué permanecen informales?, ¿qué necesitan para convertirse en empresas?, ¿cómo pueden acceder al crédito?, ¿cómo pueden cotizar para una jubilación?, ¿cómo pueden proteger sus ingresos? Y, sobre todo, ¿cómo puede Bolivia convertir esta nueva economía en una fuente de productividad y divisas?
El Estado debería facilitar la formalización, simplificar los mecanismos tributarios, promover la capacitación digital, mejorar el acceso a medios de pago internacionales y crear instrumentos financieros adecuados para trabajadores independientes y empresas digitales. No necesitamos perseguir al joven que vende por TikTok; necesitamos conseguir que mañana pueda crear una empresa.
Pero hay que desmontar también una fantasía: la viralidad no es un modelo económico, tener seguidores no significa crear una empresa, tener audiencia no significa rentabilidad y ganar dinero hoy no significa tener seguridad mañana. Detrás de cualquier negocio digital sostenible existen las mismas reglas básicas de cualquier empresa: costos, ingresos, productividad, administración, clientes, inversión y rentabilidad. La tecnología cambia la herramienta, pero no cambia las leyes de la economía.
La pregunta no debería ser «¿los jóvenes quieren trabajar?», la pregunta debería ser «¿qué tipo de trabajo estamos creando para ellos?». Porque, posiblemente, el joven boliviano de 25 años no esté rechazando el trabajo; quizá está rechazando un mercado laboral que le ofrece salarios insuficientes, poca estabilidad y escasa posibilidad de construir patrimonio. Y mientras nosotros seguimos discutiendo si tiene empleo o no, él está buscando clientes; mientras discutimos el contrato laboral, él está aprendiendo inteligencia artificial; mientras hablamos del horario de oficina, él está trabajando para otro país; mientras discutimos cómo crear empleo, él está intentando crearse uno.
La verdadera revolución no está en la aplicación. Está en la relación entre trabajo, tecnología y generación de ingresos. Estamos entrando en una economía donde una persona puede ser simultáneamente trabajador, empresario, vendedor, creador de contenido y medio de comunicación. Y eso va a obligar a cambiar muchas cosas: las estadísticas laborales, la legislación, la tributación, el sistema financiero, la educación, la seguridad social y hasta nuestra definición de lo que significa tener un empleo.
Pero existe una última advertencia: no confundamos libertad para trabajar con libertad económica. Un joven puede ser completamente libre para trabajar y, al mismo tiempo, ser económicamente vulnerable. Puede ganar dinero sin tener patrimonio. generar ingresos sin tener seguridad. tener clientes sin tener estabilidad. Puede tener miles de seguidores y seguir siendo incapaz de comprar una casa.
Por eso, el verdadero desafío de Bolivia no es conseguir que sus jóvenes aprendan a ganar dinero con TikTok. El verdadero desafío es conseguir que esos ingresos se conviertan en ahorro; que el ahorro se convierta en inversión; que la inversión se convierta en patrimonio; y que el talento boliviano se convierta en productividad y divisas para el país.
Porque quizá la próxima gran empresa boliviana no nazca en una avenida empresarial, ni en un edificio corporativo, ni en un parque industrial. Quizá comience en la habitación de un joven con una computadora. Un teléfono. Una buena idea. Y una conexión a internet.
Por Ruben Arias
Economista
