La reforma es la respuesta


Mgr. Fernando Berríos Ayala / Politólogo

 

Ahora que conocemos un poco, sólo un poquito de las intenciones del presidente sobre las políticas que piensa aplicar en el país, hay una dimensión que parece estar estrechamente vinculada a la, cada vez menor, confianza pública que tiene el presidente y está referida a la integridad gubernamental, que combina datos sobre el uso del cargo público para beneficio privado, el desvío de información pública, la política anticorrupción, el clientelismo, la corrupción en el sector público en general, así como la corrupción dentro de los poderes legislativo, judicial y ejecutivo. No se puede ir en contra del “país tranca” o el “Estado cloaca” o administrar un Estado quebrado si continuamos trabajando con los mismos funcionarios del anterior gobierno. La transformación del Estado no la lograras si pretendes cambiar para que nada cambie.

Resulta inconcebible que una nación pueda mantener un alto grado de confianza social, legal o política cuando los miembros comunes de un bando ideológico se consideran motivados por el amor al país, mientras que los del otro bando pareciera que están por el odio. Si esto es así, asumiremos naturalmente que ambos nos engañan y vencer en las elecciones, vuelve aceptable aprovecharse de las condiciones que da el poder. De forma inquietante, el lema de que lograr los objetivos está justificado “por cualquier medio necesario” termina reflejándose en las palabras de un viceministro. Hace poco, en una reunión con los sectores productivos agropecuarios del país, afectados por el bloqueo criminal de más de 50 días, sin una política real de recuperación para el sector, ante el reclamo de los precios exorbitantes de la soya y el maíz (a precios de exportación) que provienen de Santa Cruz, no del exterior, muy suelto de cuerpo y sin ideas, la autoridad reto a los empresarios a que trabajen en el mercado de libre oferta y demanda. Los que osaron reclamar al “genio” la propuesta, hoy sufren persecución y ataques del gobierno. ¿Así es? Ahí parece tambalear el discurso del presidente.



¿Qué explica esa desconfianza? la respuesta comienza con el colapso de las promesas incumplidas consideradas esencial en los primeros días de gobierno, cumplir es una de las virtudes más importantes para la sociedad que incluso las habilidades de gobernanza. Qué nos puede convencer ahora de que las ofertas comprometidas en el mensaje de Rodrigo Paz se cumplirán. La creencia pública en la importancia de hacer gestión y en el compromiso presidencial de rescatar las instituciones para proporcionarnos un clima de confianza necesario para el buen funcionamiento del país y de la democracia, sigue existiendo, aunque demasiado débil, por eso es un gobierno débil. Más allá de la simple polarización política a la que estamos sometidos, pareciera que el país está plagado de una creciente cultura del desprecio y todo por culpa del gobierno. Adam Smith uno de los mayores exponentes de la economía clásica decía: “No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero de donde esperamos nuestra cena, sino de su propio interés. Nos dirigimos a ellos, no a su humanidad, sino a su egoísmo, y nunca les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas”.

La democracia se basa en la posibilidad de la persuasión. Se trata de convencer a los oponentes y forjar alianzas con quienes discrepan. El sistema funciona cuando consideramos a los oponentes no como enemigos, sino como adversarios. Un adversario simplemente busca derrotarnos y podría convertirse en nuestro aliado mañana. Por el contrario, considerar al oponente como un enemigo de la democracia imposibilita la persuasión y, a largo plazo, puede resultar peligroso para la propia democracia. Como puede el presidente prescindir de aliados políticos, si ellos constituyen el sistema de representación política en nuestra democracia. Es evidente que la democracia funciona mejor cuando no está en juego en las urnas, cuando la legitimidad democrática de los gobernantes no se pone en duda. La democracia no funciona con normalidad cuando sus reglas se convierten en el principal punto de disputa política. En tiempos normales, debatimos sobre qué es democrático y qué no, y luego aceptamos, más o menos voluntariamente, una resolución legal o política del problema. Competimos por el poder, la democracia otorga legitimidad al gobierno no mediante una retórica, sino a través de un funcionamiento rutinario, aunque no sea eficiente. Sin embargo, en tiempos de crisis política, el sistema, incluso funcionando correctamente, no logra restaurar la fe en la democracia, mucho menos en los gobernantes, peor si el presidente sigue siendo discrecional en sus acciones.

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Todos queremos creer que el populismo autoritario de los últimos 20 años es la representación de la crisis democrática y que esta se pudo resolver con su derrota electoral, y, según este argumento, todo estaría bien, sin embargo, hoy debemos considerar que aquellos populistas autoritarios se muestran demócratas y piensan que los otros, las élites políticas, son en realidad una amenaza para la democracia. No nos hacemos ningún favor si no asumimos la administración del Estado con gente meritocratica, buscamos resultados o sólo queremos subsistir. El Estado de derecho es una abstracción sagrada ante la cual todos debamos inclinarnos. La legitimidad misma del Estado de derecho, depende de cómo se imparte justicia en el día a día y para todos, sin excepciones. La gran ironía reside en que la democracia nunca debería estar en juego, nuestra democracia necesita una reforma institucional profunda, pero no la iniciaremos a menos que abandonemos la ilusión de que nuestros problemas se resolverán con solo haber derrotado a los masistas; es haciendo las cosas. Porque son nuestras instituciones, no solo los actores políticos, las que necesitan un cambio. Si no reformamos la Constitución no funcionaran las leyes prometidas, hay que desconcentrar el poder y descentralizar la economía.

Mgr. Fernando Berríos Ayala / Politólogo