Hay artistas que son estrellas fugaces que se consumen en el brillo de un par de años, y otros que se sitúan en el firmamento como un astro permanente. Dolly Parton pertenecía a esta segunda categoría. Por eso su muerte no es solamente el final de una extraordinaria cantante de country, sino la desaparición de un símbolo eterno y peculiar en el firmamento de los Estados Unidos. Una mujer muy especial, capaz de transformar la pobreza de su infancia, su origen rural, su feminidad exagerada, su humor y hasta sus propias contradicciones en una poderosa identidad cultural.
Nacida en un entorno rural en Tennessee, en una familia de doce hermanos marcada por la pobreza. La música fue un elemento permanente de su entorno familiar, pues su madre cantaba canciones folclóricas y una tía tocaba guitarra y componía. Dolly cantaba en la iglesia desde los seis años y, a los trece, ya estaba sobre el escenario de los grandes hemiciclos del country.
En una sociedad donde la pobreza es un estigma, Parton jamás escondió sus orígenes. Incluso más, tomó sus raíces y las convirtió en una marca. La pobreza dejó de ser una vergüenza para transformarse en parte de un relato, así como su acento sureño dejó de ser una señal de marginalidad para convertirse en una marca de fábrica. Terminó convirtiendo la cultura de las montañas en una suerte de territorio mítico.
Incluso su apariencia formaba parte de esa operación. Con su monte de cabello sobre su cabeza, uñas largas, tacones altos, vestidos de lentejuelas, maquillaje abundante. Todo aquello que podría constituir la caricatura perfecta de la “rubia tonta”, y que con Dolly constituía una segunda lectura. Había comprendido que una imagen exagerada podía convertirse en una armadura y, al mismo tiempo, en una extraordinaria herramienta para hacerse visible. Se reía de sí misma antes de que otros pudieran hacerlo. «No me ofenden los chistes sobre rubias tontas porque sé que no soy tonta; también sé que no soy rubia«, decía.

Parton comprendió muy temprano que el espectáculo no consistía solamente en cantar. Así logró controlar su carrera, conservar los derechos, construir negocios y transformar la popularidad en patrimonio. Creó su propio sello discográfico y participó en la construcción de Dollywood, un parque de entretenciones instalado en las montañas que amaba. No era sólo un asunto de dinero, sino de convertir su territorio de origen en una experiencia cultural.
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En política Parton evitó convertirse en bandera de republicanos o demócratas. No quería decirle a su público cómo votar. Pero no confundió neutralidad partidaria con indiferencia. Se manifestó sobre los derechos de las mujeres, las personas LGBTQ+, el racismo y la igualdad salarial. Su posición consistió en defender determinados valores sin convertirlos necesariamente en una identidad partidaria. Quizá por eso consiguió ser una figura transversal.
Inspirada en la incapacidad de su padre para leer y escribir, instaló una cruzada por la educación de la niñez para que a ninguna familia le faltara un libro que leer en voz alta en la primera infancia. Más de tres millones de niños inscritos, más de 300 millones de libros -muchísimos también en español- repartidos en cinco países. Ella decía que aprendiendo a leer y escribir, teniendo un libro, cualquiera podía educarse a sí mismo. Una gesta silenciosa de Dolly Parton por la lectura y la imaginación.

Dolly Parton fue, en definitiva, mucho más que la «reina del country» a la que Estados Unidos ama. Fue un símbolo cultural de superación, que tomó los elementos que podían haber sido considerados signos de inferioridad para convertirlos en instrumentos de poder, lo cual ya es gran cosa, considerando que vivimos en la sociedad de la resiliencia, de la reinvención. Dolly Parton triunfó sin dejar de parecerse a sí misma; lo cual, quizás, sea su mayor herencia.
Por Mauricio Jaime Goio/Gabriela Ichaso Elcuaz.


