En los últimos días, la palabra “oro” tomó por asalto las conversaciones familiares, los grupos de WhatsApp y los noticieros del país. No era para menos: el intento de sacar de manera ilegal casi 200 kilos de oro por el aeropuerto de Viru Viru, a plena luz del día y con absoluta impunidad, encendió las alarmas nacionales. Pero más allá del bochornoso escándalo de corrupción y la debilidad institucional que esto evidencia, debemos aprovechar la “fiebre del oro” mediática para plantear una pregunta económica de fondo: ¿Y si la solución a la asfixia de divisas en Bolivia no está en Washington, sino en nuestras propias fronteras?
Hagamos un diagnóstico rápido. Hoy el ciudadano sufre por el incremento sostenido del tipo de cambio, una inflación que no cede y filas interminables en los surtidores por falta de combustibles. Todo este viacrucis responde a una sola ecuación matemática: al Estado le faltan dólares y le sobran gastos.
Ante este escenario, la narrativa oficial se ha encadenado a un único salvavidas: el crédito del Fondo Monetario Internacional (FMI) por aproximadamente 2.800 millones de dólares. El Gobierno nos dice que sin ese dinero externo es imposible recomponer las Reservas Internacionales Netas (RIN), estructurar el mercado cambiario y garantizar la importación de carburantes. Pero, ¿es realmente la única vía?
Hagamos números: La riqueza que se nos desangra
Analicemos el potencial real de nuestro suelo. Entre los años 2021 y 2023, Bolivia registró un promedio de exportación de oro de casi 50 a 55 toneladas anuales. Hoy, con el precio del oro rondando los $4.000 por onza troy, esa capacidad exportadora representa un valor brutal que alcanza entre $6.400 y $7.000 millones de dólares al año.
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Estamos hablando de un flujo de divisas que, en un solo año de gestión formal, supera por más del doble la totalidad del crédito que se le pretende pedir al FMI.
El oro no se ha terminado; la tierra boliviana lo sigue produciendo. La diferencia radical es que antes ingresaba al circuito formal registrando divisas para la economía, y hoy, como lo demostró el episodio de Viru Viru, se está fugando por las costuras rotas del control estatal. Mientras el país se ahoga por la escasez de dólares, miles de millones en oro cruzan las fronteras de manera ilegal dejando cero dólares en las reservas del Banco Central.
Mirar hacia adentro antes de pedir afuera
El mensaje para el Gobierno debe ser firme y técnico: dejen de mirar con desesperación hacia el exterior y comiencen a gestionar con rigor lo que tenemos en casa. Antes de empeñar la política fiscal con condicionalidades externas, la tarea urgente es de orden interno:
- Transparencia y fiscalización real: Erradicar las mafias de la comercialización y reforzar de manera implacable los controles aduaneros y aeroportuarios.
- Incentivos correctos para el sector: Sentarse a negociar con los productores auríferos con reglas claras, precios competitivos y formalización, preguntándoles directamente por dónde y por qué se está desviando el mineral.
- Canalización de divisas: Garantizar que los dólares generados por la venta del oro ingresen al sistema bancario nacional para alimentar el mercado mayorista.
Abrir Bolivia al mundo no significa correr a pedir prestado a la primera crisis; significa potenciar de verdad lo que nos hace fuertes. El episodio de los 200 kilos no debe quedar en el anecdotario policial ni en la indignación pasajera. Debe ser el punto de inflexión para entender que si cerramos el grifo del contrabando y canalizamos legalmente nuestro propio oro, la estabilización del tipo de cambio y el fin de la escasez dejarán de ser un sueño y volverán a ser una realidad.
