Confusiones conscientes sobre las finanzas del gobierno


 

En los últimos meses, los medios de comunicación están llenos de entrevistas, debates y opiniones sobre qué está mal y qué hacer para corregir la economía. Las discusiones están orientadas a evitar, por alguna razón, referirse a los más elementales principios de contabilidad.



Por eso, me pareció una excelente coincidencia el comentario de Richard Murphy, profesor emérito de Contabilidad Aplicada (Escuela de Gerencia, Sheffield University, Inglaterra) publicado ayer, y al que he adaptado al contexto boliviano, reemplazando las referencias a “the City” por el Banco Central o el sistema financiero (SIF) según corresponda. Reproduzco el texto ajustado.

Si queremos entender las finanzas del gobierno, las últimas personas a quienes debemos preguntar son los políticos, los empresarios y los financistas. Eso puede sonar sorprendente para quienes no están familiarizados con los puntos de vista heterodoxos sobre la economía. Los empresarios lidian con dinero todo el día, mientras que la banca supuestamente existe para comprender las finanzas. Pero hay muy buenas razones por las que ninguno de los dos ofrece una base sólida para entender sus vínculos con las finanzas públicas.

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El primer problema, es que los empresarios casi siempre piensan en términos microeconómicos. Para una empresa, el gasto está limitado por el dinero que puede obtener: sus ingresos, el efectivo disponible o los préstamos. Lo que no puede hacer es simplemente crear el dinero que necesita para pagar sus deudas o compromisos. Lo mismo ocurre con los hogares. Pero eso no es cierto para un gobierno que emite su propia moneda. El gobierno: es el emisor de la moneda que usan hogares y empresas. Esa diferencia es fundamental.

El gobierno puede crear dinero. Las empresas ordinarias o los hogares, no. Los bancos comerciales son la excepción porque crean dinero cuando conceden préstamos, pero ese privilegio existe porque el Estado los autoriza y regula. Cualquiera que intentara fabricar “sus propios bolivianos” acabaría tras las rejas. Por eso, cuando los empresarios dicen “no puedes gastar lo que no tienes”, aplican el modelo equivocado. El gobierno no necesita el dinero de los contribuyentes antes de poder gastar.

De hecho, lo contrario es cierto: el dinero debe ser creado antes de que alguien pueda usarlo para pagar impuestos. Ese pago no sería posible si la creación de dinero por parte del gobierno no ocurriera primero. Esto es obvio para cualquiera familiarizado con contabilidad básica: “Todo activo financiero tiene un pasivo correspondiente. Todo débito, un crédito”. El activo financiero de alguien necesariamente se corresponde con el pasivo financiero de otro.

Por lo tanto, las finanzas del gobierno no pueden entenderse mirando solo sus cuentas: deben ser consideradas junto con las del resto de la economía. Eso significa, necesariamente, que un déficit público crea un superávit financiero en otro lugar. Si el gobierno gasta más de lo que recauda en impuestos, alguien termina con ese activo financiero. No es una opinión antojadiza: se deduce de la contabilidad. Los empresarios y la academia rara vez parecen apreciar esto o, si lo hacen, lo olvidan rutinariamente al hablar de finanzas públicas.

El sistema financiero (SIF) tiene un incentivo adicional, porque le conviene mucho la forma como se comprende la existencia del SIF. Disfruta de la idea de que los gobiernos dependen de los mercados financieros porque esa supuesta dependencia le otorga un enorme poder político. Les permite afirmar que los gobiernos deben mantener la “confianza del mercado”, satisfacer a los operadores de bonos y diseñar la política económica según los deseos de los financieros. ¿Por qué querría el SIF cuestionar una historia que le da tanta influencia? Preservar el mito los convierte en comentaristas poco objetivos cuando los medios los consultan.

Hay otra argucia: el SIF, como gran parte del mundo empresarial, habla del dinero como si fuera una mercancía que existe independientemente de la economía. No es así. El dinero tiene que ser creado. En la economía moderna, el dinero nuevo se crea de dos maneras principales: los bancos comerciales lo crean bajo licencia del Banco Central cuando conceden préstamos, y el Banco Central lo crea cuando realiza pagos en nombre del gobierno. Estas son las únicas fuentes de dinero en bolivianos que usa la economía. La secuencia importa. Hasta que el dinero ha sido creado, no puede gastarse, ni gravarse, ni ahorrarse, ni depositarse, ni usarse para comprar bonos públicos. El dinero tiene que existir primero.

Esto nos lleva al mayor malentendido de todos. El dinero no es una cosa. La gente habla del dinero como si montones de billetes y monedas circularan por la economía cada vez que se hacen pagos, pero eso no es así. El dinero es un registro. Un billete o una moneda registran una promesa. Un saldo bancario es una anotación en un libro contable. Una anotación en un libro es radicalmente distinta de un objeto físico. Una silla puede existir por sí sola. Un activo financiero, no. Si hay un débito, debe haber un crédito. Si alguien tiene un activo financiero, alguien más debe tener el correspondiente pasivo. El dinero solo puede entenderse como parte del sistema de activos, pasivos, ingresos y gastos del que forma parte. Intentar aislarlo de esas relaciones es absurdo. Pero eso es exactamente lo que los políticos y los voceros del SIF hacen al hablar de finanzas públicas y dinero.

Y por eso confiar en ellos para explicar las finanzas del gobierno es tan peligroso. Los empresarios tienden a aplicar razonamientos microeconómicos a problemas macroeconómicos. Sus opiniones suelen ser erróneas y, en muchos casos, diametralmente opuestas a la realidad. Pero, el SIF, tiene un poderoso interés en mantener el mito de que el gobierno depende de ellos, lo que lo convierte en un narrador interesado y poco confiable. Y ambos hablan rutinariamente del dinero como si fuera una cosa tangible, en lugar de una relación registrada con la contabilidad de doble entrada.

Esa combinación, es una receta perversa que alimenta comentarios totalmente errados sobre la gestión económica, a una escala monumentalmente desastrosa. Si queremos entender las finanzas públicas, tenemos que empezar por comprender cómo realmente funciona el dinero.

Con opiniones y argumentos como los planteados, ¿no sería razonable reflexionar un poco más sobre lo que realmente implican los acuerdos con el FMI, los que vendrán después con otros financiadores, y la “independencia del Banco Central”, con la que se separa totalmente la política monetaria de la fiscal, para forzar al gobierno a “financiar con deuda” su déficit ¡que no necesita ser financiado!?

 

 

 

 

Enrique Velazco Reckling, Ph.D:, es investigador en desarrollo productivo en INASET