¿Cuándo un shock se convierte en inflación persistente?


Un bloqueo puede encarecer alimentos. Un problema productivo puede elevar temporalmente el precio del pollo. Un combustible más caro puede aumentar los costos de transporte. Todos estos shocks pueden mover el IPC, pero no necesariamente producen el mismo proceso inflacionario. La pregunta interesante es qué ocurre después: ¿el efecto permanece cerca de su origen o comienza a extenderse al resto de la economía?

Bolivia ofrece un buen momento para plantear esa pregunta. Después de cerrar 2025 con una inflación de 20,4%, la variación interanual descendió hasta 5,02% en agosto de 2026. El camino, sin embargo, ha sido accidentado: los precios subieron más de 2% mensual en mayo y junio, cayeron 2,79% en julio y volvieron a aumentar 1,10% en agosto.



Es posible, por tanto, que la inflación disminuya mientras algunos precios vuelven a subir con fuerza. No hay contradicción. En julio, el INE relacionó parte de la caída de precios con la normalización del abastecimiento después de los bloqueos. En agosto, el pollo volvió a presionar el IPC mientras la producción requería tiempo para normalizarse. Que los efectos de un shock duren no significa necesariamente que la inflación se esté propagando.

La diferencia es importante. Si aumenta el precio de un insumo y luego suben los productos que lo utilizan directamente, estamos observando transmisión de costos. Algo distinto ocurre cuando los aumentos aparecen persistentemente en bienes y servicios cada vez menos relacionados con el shock inicial. La distancia respecto de su origen empieza entonces a contener información.

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La experiencia internacional muestra que una caída inicial de la inflación no siempre significa que el proceso haya terminado. Ari, Mulas-Granados, Mylonas, Ratnovski y Zhao (2023), en un documento de trabajo del FMI, analizaron más de cien episodios inflacionarios en 56 países desde la década de 1970. Encontraron que alrededor del 60% logró llevar la inflación nuevamente cerca de su nivel previo al shock en un plazo de cinco años y que, aun en esos casos, el proceso tomó en promedio más de tres años. En varios de los episodios que no lograron estabilizarse, la inflación también comenzó bajando, pero luego dejó de hacerlo o volvió a aumentar. La lección es importante: observar una desinflación es una buena señal, pero no basta para saber si los efectos del shock ya se disiparon o si continúan propagándose.

Los datos de Bolivia permiten observar algunas de estas dinámicas. Durante 2025, los aumentos de precios mostraron mayor continuidad entre meses y se extendieron entre las distintas divisiones del IPC. En 2026, en cambio, se observan más reversiones y una menor persistencia transversal. Las medidas de inflación núcleo y subyacente también se han moderado considerablemente.

Agosto, sin embargo, dejó una señal para seguir. La inflación núcleo aumentó 1,06% mensual. Un dato aislado no permite establecer que esté comenzando una nueva propagación: otras medidas subyacentes y las expectativas no mostraron una aceleración equivalente. Los próximos meses permitirán saber si se trató de un movimiento transitorio o de una señal más persistente.

El diésel ofrece un ejemplo para observar este mecanismo hacia adelante. El precio referencial autorizado para determinados clientes directos y grandes consumidores puede modificar los costos de actividades intensivas en combustible. No sabemos todavía cuál será su efecto agregado sobre los precios, pero podemos observar su recorrido.

Primero podrían aparecer movimientos en actividades directamente expuestas al combustible y, posteriormente, en bienes y servicios que utilizan transporte o logística de manera intensiva. La información sería diferente si los aumentos comenzaran a observarse persistentemente en precios cada vez más alejados del shock inicial y luego en las medidas de inflación subyacente o en las expectativas.

Esta secuencia permite distinguir conceptos que suelen confundirse. Duración no es lo mismo que propagación. Transmisión de costos no es necesariamente un efecto de segunda ronda. Y un aumento del IPC no revela, por sí mismo, el mecanismo que lo produjo.

La distinción también importa para comprender la política monetaria. Un banco central no puede eliminar directamente el costo real de una menor oferta o del encarecimiento de un insumo. Pero un shock originado fuera del ámbito monetario puede adquirir relevancia monetaria si termina modificando persistentemente la formación de otros precios y las expectativas. Por eso, la literatura observa no sólo su origen, sino también su magnitud, duración, difusión y alcance.

La caída de la inflación transforma las preguntas relevantes para su análisis. Cuando aparecen nuevos shocks, importa saber no sólo cuánto movieron el IPC, sino cuánto duraron, cuántos precios alcanzaron y qué tan lejos llegaron de su origen.

Por eso, cuando conozcamos el próximo dato de inflación, además de mirar cuánto subió o bajó el IPC, convendría hacernos otra pregunta:

¿hasta dónde llegó el shock?

 

 

Andrés Gutiérrez es PhD en Economía y especialista en banca central y sistema financiero.