Dr. Javier Torres Goitia Caballero
- La distorsión de la Atención Primaria: del concepto científico a la herramienta política
La Atención Primaria de Salud (APS) es, por definición técnica, el filtro estratégico y la puerta de entrada indispensable para garantizar la equidad y la sostenibilidad de cualquier sistema sanitario. No obstante, en la última década, la APS en Bolivia ha sido despojada de su rigor clínico para ser instrumentalizada como un mecanismo de movilización y presencia territorial de corte político. Esta desvirtuación ha fracturado el primer nivel de atención, convirtiéndolo en un eslabón incapaz de contener la demanda y obligando al ciudadano a peregrinar hacia niveles superiores en busca de una respuesta que la propaganda no puede proveer.
Análisis crítico del modelo SAFCI y la impostura ideológica: El Programa de Salud Familiar Comunitaria Intercultural (SAFCI-Mi Salud) ha cumplido más de una década sustentado en una narrativa de «gestión por volumen». Las cifras oficiales publicitan cerca de 40 millones de atenciones ejecutadas por un contingente de 3.300 médicos desplegados en 319 municipios. Sin embargo, un análisis técnico elemental desmantela esta estadística: para que 3.300 profesionales alcancen tal cifra, cada médico debería realizar una cantidad de contactos diarios que imposibilita cualquier acto clínico de calidad. Estamos ante una impostura ideológica donde la consulta médica resolutiva ha sido sustituida por la brigada de propaganda.
Mientras el discurso oficial celebra el «acercamiento de la salud a la casa», los puestos de salud operan en una precariedad absoluta, carentes de capacidad resolutiva real. Esta falta de equipamiento y suministros básicos reduce el contacto médico-paciente a un mero llenado de la «Carpeta Familiar» con fines estadísticos, dejando al sistema huérfano de una verdadera red de contención primaria. El abandono de los éxitos técnicos alcanzados en periodos previos ha sido el precio pagado por priorizar la narrativa sobre la curación.
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- Evolución histórica: del éxito del SUMI al prebendalismo del SUS:La involución de la política pública de salud en Bolivia se explica por el sacrificio de la eficiencia técnica en el altar del prebendalismo electoral. A principios de siglo, marcos normativos como el Seguro Universal Materno Infantil (SUMI) demostraron que era posible generar impactos medibles mediante un diseño financiero sólido y descentralizado.
| Criterio de Análisis | Seguro Universal Materno Infantil (SUMI 2002-2003) | Sistema Único de Salud (SUS 2019-Presente) |
| Sustento Financiero | Coparticipación Tributaria: blindado y descentralizado a nivel municipal. | Sostenibilidad fiscal en crisis; dependencia inercial del Tesoro Central (TGN). |
| Enfoque Estratégico | Focalización técnica en el binomio madre-niño de alto impacto. | Universalismo nominal (gratuidad publicitaria sin respaldo presupuestario). |
| Impacto Real | Reducción histórica y sostenida de la morbimortalidad materna e infantil. | Persistencia de un gasto de bolsillo superior al 30% para las familias. |
| Gestión y Gobernanza | Gestión municipal con descentralización y control social efectivo. | Prebendalismo, centralismo burocrático y fragmentación institucional. |
El éxito del SUMI radicó en el uso de los recursos de la Coparticipación Popular, lo que garantizaba un flujo financiero directo y blindado para la atención básica. En contraste, el Sistema Único de Salud (SUS) nació como una promesa de gratuidad total que, en la práctica, ha derivado en un «nominalismo universal»: el derecho existe en el papel, pero el paciente debe financiar de su propio bolsillo casi un tercio de su tratamiento debido a la insolvencia del sistema. Este fallo estructural en la base financiera del SUS invalida la narrativa de equidad y genera un desplazamiento caótico de la demanda hacia los hospitales de tercer nivel.
- El embudo epidemiológico y la doble carga: la trampa de dos mundos no resueltos: Bolivia enfrenta hoy un colapso sistémico derivado de una doble carga de morbilidad que el Estado se niega a gestionar con datos: el sistema nunca terminó de controlar las enfermedades infecciosas de la pobreza y, al mismo tiempo, ya está desbordado por la avalancha de patologías crónicas no transmisibles.
- El fracaso en transmisibles: la tuberculosis desbordada. Lejos de estar controlada, la tuberculosis (TBC) en Bolivia mantiene una incidencia superior a los 70 casos por cada 100.000 habitantes, superando los 7.500 a 8.000 casos notificados por año. El fracaso de la pesquisa temprana en el primer nivel ha concentrado casi el 80 % de la carga epidemiológica en el eje central: Santa Cruz aporta más del 50 % de los casos de todo el país, seguido por La Paz y Cochabamba. La falta de capacidad resolutiva y de seguimiento barrial hace que el tosedor crónico no sea detectado a tiempo, debutando en el tercer nivel con cuadros severos o multirresistentes (TB-MDR).
- La erosión del escudo inmunológico (PAI): Mientras el estándar epidemiológico internacional exige coberturas vacunales homogéneas superiores al 95 %, el Programa Ampliado de Inmunizaciones (PAI) sufre un rezago crítico. Biológicos trazadores clave como la Pentavalente 3 y la vacuna SRP (sarampión, rubéola, paperas) exhiben coberturas departamentales que en varias regiones apenas alcanzan entre el 65 % y el 78 %. Departamentos de rápido crecimiento poblacional o alta dispersión, como Santa Cruz, Beni, Pando, así como cinturones periurbanos de La Paz y Cochabamba, acumulan cohortes enteras de niños desprotegidos. Esto explica la reemergencia de brotes de coqueluche (tosferina) y las alertas epidemiológicas por sarampión. Si la red primaria hiciera vigilancia activa real en vez de activismo burocrático, la protección biológica de la niñez no dependería de costosas campañas de rescate tardías.
- La avalancha de la cronicidad: Sobre este cuadro infeccioso no resuelto golpea de lleno la transición demográfica: el 73% de las muertes en el país obedecen a enfermedades no transmisibles (diabetes, hipertensión, cáncer, falla renal y accidentes cerebrovasculares). El sistema sigue operando bajo la lógica reactiva del siglo pasado, sin programas primarios de tamizaje, detección precoz ni control territorial de factores de riesgo.
- La paradoja de la ocupación y el déficit humano: Mientras el tercer nivel colapsa bajo filas interminables, los hospitales de segundo nivel registran apenas un 46 % de ocupación. El paciente evade el escalón intermedio porque sabe que no resuelve: no hay especialistas, insumos de laboratorio ni medicamentos. Con un promedio de apenas 14 médicos por cada 10.000 habitantes —muy por debajo del mínimo de 25 recomendado por la OMS—, el sistema es incapaz de responder a la realidad demográfica.
Este panorama demuestra que la salida no es la «propaganda de ladrillo» (inaugurar obras vacías para el corte de cinta), sino adecuar la capacidad resolutiva y clínica a la carga real de enfermedad.
- Redes Integradas de Servicios de Salud (RISS): el nuevo paradigma territorial: La superación del modelo de gestión por propaganda exige transitar hacia las Redes Integradas de Servicios de Salud (RISS), fundamentadas en la geografía humana y no en la burocracia administrativa. Es imperativo romper con la división político-administrativa rígida que fragmenta la atención entre municipios y gobernaciones.
Siguiendo el pensamiento de Carlos Hugo Molina, la planificación estratégica hacia 2030 debe organizarse en torno a «cuencas humanas» y «corredores territoriales funcionales». La población boliviana no enferma ni busca atención siguiendo fronteras municipales; se mueve por dinámicas migratorias, comerciales y rutas viales reales. La red sanitaria debe ser tan fluida como la movilidad social.
Un ejemplo claro de esta necesidad es la realidad de los Gobiernos Autónomos Indígena Originario Campesinos (GAIOC), cuya dispersión y particularidad jurídica exigen esquemas flexibles de articulación territorial en lugar de imposiciones centralistas. La rectoría sanitaria nacional debe garantizar una complementariedad operativa estricta entre los Servicios Departamentales de Salud (SEDES) y los municipios, asegurando que la Historia Clínica Electrónica Única y los recursos viajen con el paciente a lo largo de estas cuencas humanas.
- Arquitectura de sostenibilidad: corresponsabilidad y gestión privada regulada: La viabilidad técnica y financiera del sistema hacia 2030 depende de la «Corresponsabilidad 50/50»: un modelo de gestión compartida donde el nivel central y las entidades territoriales autónomas asuman el financiamiento indexado a resultados clínicos y de cobertura, desterrando los presupuestos inerciales. Asimismo, es urgente formalizar la protección de los sectores no dependientes (gremiales, transportistas, cooperativistas), creando esquemas de aseguramiento municipal solidario que protejan el patrimonio familiar ante eventos catastróficos, erradicando ese 30% de gasto de bolsillo que hoy empobrece a los hogares.
Para alcanzar una resolubilidad inmediata sin vulnerar la gratuidad del usuario final, se plantean cuatro mecanismos de complementariedad privada regulada y auditada por el Estado:
- Subsidio regulado a la demanda: El Estado financia directamente la prestación de consultas especializadas, cirugías o estudios de alta complejidad en centros privados o de convenio cuando la capacidad pública esté sobrepasada, bajo aranceles sociales auditados.
- Acreditación de red externa de farmacias y laboratorios: Despacho de recetas y toma de muestras diagnósticas del SUS a través de cadenas y boticas privadas acreditadas, terminando con el calvario de la ventanilla pública desabastecida.
- Leasing de equipamiento médico: Modernización de la red mediante arrendamiento financiero, garantizando tomógrafos, resonadores y torres quirúrgicas siempre operativos, transfiriendo al proveedor privado el costo de mantenimiento preventivo y la obsolescencia técnica.
- Tarifa Única Social: Mecanismos de fijación y fiscalización de precios para evitar distorsiones del mercado, asegurando que la agilidad del sector privado complemente las obligaciones del sistema público.
La institucionalización de este modelo debe plasmarse en una Nueva Ley General de Salud. No se trata de un simple retoque legal, sino del paso indispensable para clausurar el ciclo de la salud como instrumento de propaganda partidaria y construir, de cara a 2030, un sistema sanitario sustentado en la evidencia científica, la solvencia fiscal, la descentralización efectiva y el respeto a la dignidad del ciudadano.
