Hace algún tiempo leí Licencia para espiar, de Carmen Posadas. Estos días el libro regresó por sí solo a mi memoria. No tuve que buscarlo: bastó recorrer los portales informativos y las redes sociales para sentir que Bolivia había entrado en una de sus historias.
Posadas nació en Montevideo, pero la carrera diplomática de su padre le regaló una infancia nómada y una adolescencia en Moscú, cuando la Guerra Fría convertía las embajadas en casas con más micrófonos que floreros. Radicada en España, escribió un libro cuyo subtítulo define el territorio: La novela de las mujeres que se dedicaron al peligroso arte del espionaje. Por sus páginas desfilan la bíblica Rahab, las envenenadoras de la India, Catalina de Médici, Mata Hari, princesas al servicio de Hitler y españolas involucradas en grandes complots del siglo XX. Una “novela de novelas” sobre mujeres que combinaron inteligencia, valor, seducción e ingenio.
Posadas cuenta que en el Museo Alemán del Espionaje, en Berlín, se exhiben paracaídas para palomas mensajeras, tintas simpáticas —capaces de ocultar un mensaje— y frascos que conservan “olor a disidentes”, una esencia utilizada para adiestrar perros policía en la detección de traidores. Allí se informa al visitante que el espionaje es el “segundo oficio más antiguo del mundo”. Posadas cree que podría ser el primero: antes de comerciar, el ser humano ya quería saber qué tramaba el vecino.
La historia del espionaje parece escrita entre dos habitaciones: el despacho y el dormitorio. “El sexo ha sido siempre una de las herramientas más eficaces a la hora de torcer voluntades y obtener información”, escribe Posadas. Efraim Halevy, antiguo jefe del Mossad, fue menos delicado: aconsejaba a quien no estuviera dispuesto a trabajar entre sábanas que se dedicara a plantar tomates en un kibutz.
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En Bolivia, el argumento ya no parece tan lejano. Una relación sentimental, un atentado, un consultor cercano al poder, fotografías, conversaciones privadas, fajos de dinero y denuncias de corrupción han armado una trama que, como editor, habría rechazado por inverosímil. Todavía no sabemos cuánto hay de cierto y cuánto pertenece a esa zona turbia donde la verdad y la mentira se cambian de ropa.
La Justicia deberá establecer quiénes participaron en el atentado y qué responsabilidad, si alguna, tuvo el consultor detenido, quien niega cualquier participación y permanece en detención preventiva. También deberá determinar si las denuncias que salpican al entorno presidencial tienen sustento o son solo pólvora verbal. Una denuncia no es una sentencia; una fotografía no prueba una conspiración, pero no haber ocupado un cargo oficial tampoco borra una cercanía política.
No es la primera vez que una historia de alcoba abre las puertas del Palacio. A Evo Morales le ocurrió con Gabriela Zapata: una antigua relación amorosa terminó convertida en una crisis política y dejó al país mirando por el ojo de la cerradura. Los casos son muy distintos, pero comparten una advertencia: el poder protege sus documentos con sellos y escoltas, aunque a veces deja sus secretos sobre la mesa de noche o entre sábanas y bragas trasnochadas.
La Guerra Fría se libraba con claves cifradas, microfilmes ocultos en botones y agentes que se citaban bajo la lluvia. La nueva guerra de la información utiliza granjas de bots, noticias falsas, influenciadores, trolls y ejércitos de perfiles sin rostro. Antes se robaba una carpeta; ahora se fabrica una tendencia. El objetivo no ha cambiado: obtener información, deformarla o sembrarla en el momento preciso.
Posadas recuerda que muchas mujeres fueron buenas espías porque pasaban inadvertidas: el prejuicio fue su mejor camuflaje. Con la intimidad ocurre algo parecido: la suponemos ajena a los asuntos de Estado hasta que una conversación de pareja derriba más murallas que un ejército.
El caso, además, se escribe por entregas. Cada día aparece un audio, un chat, una captura de pantalla o algún dato nuevo. Detrás llega una nube de versiones que mezcla hechos, rumores y propaganda. De aquí al viernes, cuando esta columna llegue a los lectores, puede aparecer otro capítulo que obligue a releer todo lo anterior.
Ignoro cómo terminará esta novela boliviana. Por ahora abundan las acusaciones y escasean las certezas. Hay, eso sí, una: la realidad no solo supera a la ficción; a veces también le roba el argumento, lo puebla de sicarios vestidos de delivery y lo distribuye por las redes sociales mediante miles de bots criados en granjas que no son precisamente de pollos.
Alfonso Cortez
Comunicador Social
