En el imaginario minero boliviano, el Tío es ambivalente: habita el subsuelo, concede riqueza, pero también representa el accidente y la muerte. Los mineros le presentan ofrendas porque reconocen su poder. En la superficie veneran a Dios y a la Virgen; bajo tierra negocian con el dueño de la mina.
Esta complejidad andina merece respeto. El Tío no es Satanás trasladado al socavón, sino resultado del sincretismo entre concepciones andinas y cristianismo colonial. Cada poder pertenece a su territorio.
La fractura comienza cuando esa división territorial divide también la conducta. Quien depende de un poder que protege y amenaza aprende a tratarlo no según lo justo, sino según lo necesario para sobrevivir: alimentarlo, obedecerlo o apaciguarlo. Surge un doble código: en la superficie se proclaman principios; en el inframundo mandan miedo, necesidad y dependencia. Unos valores legitiman lo dicho; otras reglas gobiernan lo hecho.
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A esa separación entre moral proclamada y conducta practicada podemos llamarla “esquizofrenia moral”. No es una enfermedad ni la coexistencia entre Dios y el Tío, sino adaptación al sometimiento: saber cuándo hablar, callar, negociar, resistir o mirar hacia otro lado. Puede facilitar la supervivencia, pero se vuelve corrosiva cuando coloniza la vida pública. El favor sustituye a la regla, la lealtad a la responsabilidad y la autoridad, en vez de limitarse, es alimentada.
Cuando ese código asciende, aparece el “Tío Evo”.
Metafóricamente, Evo Morales es el Tío político. Se proclamó propietario del “proceso de cambio”, árbitro de lealtades y poder capaz de premiar o castigar.
A su alrededor se excavó un inframundo de sindicatos, gremios, movimientos sociales, partidos e instituciones. Ya no se descendía a él: el inframundo ascendió. Ocupó oficinas, tribunales y organizaciones, convirtiendo la superficie en prolongación de su dominio. Cada organización entregaba respaldo; el Tío Evo distribuía cargos, recursos, protección o impunidad. No era ciudadanía ante el Estado, sino reciprocidad subordinada frente al dueño del poder.
La diferencia es mordaz: al Tío de la mina le bastaban coca, cigarrillos y aguardiente; el Tío Evo devoraba lealtades, instituciones y hasta constituciones hechas a su medida.
En la superficie política se proclamaban democracia, igualdad, defensa indígena, respeto a la Pachamama y obediencia constitucional. En el inframundo político de Morales regían concentración, abuso y sometimiento. Se defendía la Constitución mientras se perforaban sus límites; se denunciaban privilegios ajenos mientras se disfrutaban los propios; se invocaba al pueblo, pero se desconocía su decisión cuando contrariaba al líder.
La mochila conductual se repartió. Sindicatos independientes actuaron como guardianes del caudillo; gremios que exigían derechos negociaron excepciones; partidos que proclamaban principios los sometieron a su supervivencia; instituciones que invocaban la ley obedecieron al poder. Discrecionalidad, abuso y excepción dejaron de ser desviaciones: se volvieron método de gobierno y hábito social.
Dante encierra a sus condenados en la conducta elegida. Montoya, en Conversaciones con el Tío de Potosí, hace que el Tío salga de la mina y llegue a casa. Podemos quedar presos de una conducta o llevarla hasta convertir la superficie en su laberinto.
No es la cultura minera la que produce esta deformación. El Tío simboliza una contradicción previa: la mina alimenta y destruye; el poder incluye y somete. La perversión nace cuando la protección se vuelve obediencia y la gratitud, renuncia al juicio.
Ese es el daño más profundo del “Tío Evo”: convirtió el doble código en pedagogía política. Proclamaba la defensa de la vida, la dignidad y los vulnerables, pero hoy enfrenta una acusación de trata agravada vinculada a una presunta relación con una adolescente de 15 años. Morales niega los cargos y la justicia determinará su responsabilidad. Sin embargo, la acusación y el escudo sindical que impide su comparecencia condensan la moral del inframundo: la ley como martillo contra el adversario y escudo para el caudillo.
Cuando ese código se normaliza, el Tío hecho carne gobierna desde cada organización sometida, cada funcionario obediente y cada ciudadano que justifica. El inframundo ocupa el Estado. La sociedad primero tolera la contradicción, después vive de ella y finalmente la defiende como si fuera su libertad.
El Gobierno de Rodrigo Paz no superará esa herencia sustituyendo un caudillo por otro. Debe hacer coincidir palabra y conducta: igual ley para aliados y adversarios, instituciones independientes, gremios interlocutores y ningún dirigente por encima de la justicia.
Enviar al Tío político nuevamente al subsuelo significa desmontar sus altares en la superficie: reemplazar el favor por el derecho, la obediencia por la responsabilidad y la pleitesía por ciudadanía soberana. Cuando la justicia deje de arrodillarse ante el poder y el Gobierno practique los valores que proclama, Bolivia no habrá cambiado de amo: habrá dejado de necesitarlo.
Y si Evo insiste en volver a la superficie con su “cuento del Tío”, que lo haga sin altar ni séquito y cargando sus propias ofrendas. Bolivia ya pagó demasiado por su culto.
Carlos Jahnsen Gutiérrez
