La alternancia: el poder no es propiedad de nadie


Una mirada política a la democracia boliviana

En democracia, ganar una elección da derecho a gobernar; no da derecho a ser dueño del poder.



La democracia no puede reducirse al acto de votar cada cierto número de años; votar es fundamental, pero la democracia también significa aceptar que el poder es temporal, que ningún gobernante es único e insustituible y que ninguna organización política puede confundirse con el Estado.

La alternancia no es una concesión del gobernante de turno, ni premio para la oposición, tampoco es un mecanismo para castigar a quien gobernó, es una condición de la democracia, el poder político es temporal,  una democracia tiene necesariamente un comienzo y un final, porque quien gana una elección recibe un mandato ciudadano, no recibe una propiedad, dado que el voto popular otorga la responsabilidad de gobernar durante un determinado período, pero no convierte al gobernante en propietario del Estado.

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Por eso, la posibilidad de entregar el poder a otro ciudadano, a otra generación o incluso a otra corriente política debe ser considerada algo natural.

Cuando abandonar el poder comienza a ser visto como una tragedia nacional, la democracia empieza a enfermar; una democracia institucionalmente madura no necesita hombres indispensables; necesita instituciones indispensables.

La alternancia no es antidemocrática; a veces se pretende presentar la alternancia como una limitación a la voluntad popular; es exactamente al revés: la ciudadanía debe tener la posibilidad de elegir libremente entre distintas alternativas, pero esa libertad también implica que ningún liderazgo puede apropiarse indefinidamente de la representación popular.

La mayoría puede elegir a un gobernante; no puede convertirlo en propietario del Estado. La alternancia permite que el ciudadano vuelva a evaluar la gestión, compare propuestas, premie los aciertos y sancione los errores.

El poder cambia de manos, pero las instituciones permanecen; dicho esto, considero muy necesario detenernos a observar nuestra realidad y sobre todo nuestras raíces. La idea de que la autoridad debe ser temporal, no es completamente ajena a nuestra propia realidad social y cultural; en distintas comunidades indígenas y campesinas de Bolivia existen sistemas de cargos, rotación de responsabilidades, asambleas y mecanismos colectivos de legitimación de la autoridad.

No se trata de afirmar que esos sistemas sean idénticos a la democracia constitucional moderna; son realidades diferentes, pero existe un principio que resulta particularmente interesante: la autoridad entendida como responsabilidad y servicio, y no como propiedad personal.

El cargo se ejerce por un tiempo y después corresponde asumir otras responsabilidades. En muchas comunidades, la autoridad tiene sentido precisamente porque está vinculada al servicio a la colectividad; tal vez la política nacional tenga algo que aprender de esa concepción.

Uno de los mayores problemas de las organizaciones políticas aparece cuando el líder comienza a confundirse con el proyecto; el partido deja de tener una identidad propia y empieza a depender de una persona, el programa se sustituye por el discurso del dirigente, la institucionalidad se reemplaza por la lealtad personal y la renovación se convierte en una amenaza.

Un proyecto político que no puede sobrevivir a su fundador o a su líder demuestra que probablemente nunca construyó una institución, porque la verdadera fortaleza de un liderazgo no consiste en permanecer eternamente, sino en formar nuevos liderazgos capaces de continuar, mejorar o incluso transformar el proyecto.

Otro mal endémico es el caudillismo, que no aparece necesariamente de un día para otro; puede comenzar con algo aparentemente inocente como la concentración de todas las decisiones en una persona, después viene la dependencia, luego, la organización empieza a funcionar alrededor del líder, para finalmente, quedar instalada la idea de que sin ese líder no existe futuro.

Cuando un sistema político necesita que un hombre permanezca indefinidamente para garantizar su estabilidad, el problema ya no está solamente en el hombre: está en la debilidad de las instituciones. De esta manera, el caudillismo termina convirtiendo la política en una relación de dependencia; una democracia que depende de personas corre el riesgo de olvidar que su verdadera fortaleza está en las reglas.

Dicho esto, la oposición también necesita alternancia porque la alternancia no debe exigirse solamente al partido que gobierna; también debe comenzar dentro de las organizaciones políticas.

No resulta coherente reclamar renovación nacional mientras los partidos mantienen durante décadas las mismas dirigencias, los mismos métodos y, en algunos casos, las mismas personas.

La democracia debe comenzar por casa; si una organización política pretende gobernar democráticamente un país, primero debe demostrar que sabe practicar la democracia en su interior.

Uno de los argumentos más peligrosos en política es el de la excepcionalidad, con estas conocidas frases típicas: “Es el único que puede hacerlo”. “Todavía no existe un sustituto”. “Hay que darle otra oportunidad”. “Sin él, el proceso corre peligro”.

La historia demuestra que cuando una sociedad acepta que una persona es indispensable, las instituciones comienzan a hacerse prescindibles y cuando las instituciones se hacen prescindibles, la democracia queda expuesta.

Ningún proyecto político debería depender de una sola persona; un país no puede construir su futuro alrededor de la idea de que necesita eternamente al mismo gobernante.

Debemos fijar nuestra atención y preocupación en la alternancia y la constitución; en primer término, la alternancia no es solamente una aspiración política, también tiene una dimensión constitucional.

La Constitución establece períodos de gobierno y reglas para el ejercicio del poder; las reglas constitucionales no deben interpretarse ni modificarse según la conveniencia del gobernante de turno. Si una sociedad considera necesario modificar sus reglas, debe hacerlo por los procedimientos establecidos y con la participación ciudadana correspondiente.

Pero una cosa debe quedar clara:

La Constitución está para limitar el poder, no para acomodarse al poder; el ciudadano debe ser más importante que el caudillo. En una democracia saludable, el ciudadano no debería preguntarse:

“¿Quién nos salvará?”

Debería preguntarse:

“¿Qué instituciones necesitamos para que nadie tenga que salvarnos?”

Ese cambio de mentalidad es fundamental, porque la política no puede seguir construyéndose alrededor de salvadores, mesías o líderes insustituibles.

Necesitamos ciudadanos capaces de elegir, controlar, exigir y también reemplazar democráticamente a sus gobernantes; la democracia no consiste solamente en elegir al que manda, consiste también en tener la capacidad institucional de cambiarlo.

El poder se recibe, no se hereda. el poder democrático tiene una característica fundamental: se recibe de los ciudadanos, por eso no puede transmitirse como una herencia familiar, política o personal.

Los partidos no deben convertirse en patrimonio de sus dirigentes; las organizaciones políticas pertenecen a sus militantes y, en última instancia, forman parte de una sociedad que les confía la representación política.

Por eso debemos recuperar una idea elemental: El poder se recibe para servir, no para poseerlo.

Me permito presentar una propuesta para recuperar la institucionalidad de las organizaciones políticas; si queremos una democracia diferente, no basta con pedir alternancia en el Gobierno, necesitamos democratizar también las organizaciones políticas.

Con el ánimo de contribuir al fortalecimiento de nuestra democracia, aún en construcción, me permito proponer, a modo de decálogo, las siguientes medidas:

  1. Democracia interna efectiva.

Las dirigencias deben ser elegidas mediante procedimientos transparentes y participativos, evitando que las decisiones dependan exclusivamente de un pequeño grupo.

  1. Renovación periódica de las dirigencias.

La renovación no debe ser entendida como una amenaza; una organización política que nunca renueva sus cuadros termina envejeciendo políticamente.

  1. Formación permanente de nuevos liderazgos.

Los partidos deben formar jóvenes y nuevos dirigentes, preparándolos para asumir responsabilidades públicas.

  1. Participación efectiva de jóvenes y mujeres.

No solamente como candidatos para cumplir porcentajes, sino como protagonistas reales de la conducción política.

  1. Selección transparente de candidatos.

Las candidaturas deben surgir de procedimientos democráticos y conocidos por la militancia, reduciendo el espacio de las designaciones arbitrarias.

  1. Transparencia y rendición de cuentas.

Las organizaciones políticas deben informar sobre sus recursos, gastos y decisiones. La política no puede estar separada de la responsabilidad pública.

  1. Programas de gobierno institucionalizados.

Los partidos deben tener proyectos que sobrevivan a sus dirigentes. El programa debe ser más importante que la personalidad del candidato.

  1. Vida partidaria permanente.

Un partido no puede aparecer solamente durante las elecciones; debe estudiar, formar cuadros, debatir y proponer durante todo el período democrático.

  1. Derecho a la discrepancia interna.

Una organización fuerte no es aquella donde todos obedecen; es aquella donde se puede debatir sin ser considerado enemigo o un libre pensante

  1. Prohibir la apropiación personal de las organizaciones políticas.

Ningún dirigente debería poder considerar que el partido, su símbolo, su estructura o su militancia son de su propiedad personal.

Estas medidas no pretenden debilitar a los líderes; por el contrario, pretenden institucionalizar el liderazgo.

Un buen dirigente no es quien impide que otros crezcan, es quien consigue que otros puedan crecer después de él.

Es tiempo de construir una cultura política sostenida en un pilar fundamental, la alternancia, la que debe comenzar mucho antes de una elección presidencial; debe comenzar en los partidos, en las organizaciones sociales, en las instituciones y en nuestra propia cultura política.

Tenemos que dejar de buscar permanentemente al hombre providencial o un mesías, tenemos que dejar de pensar que la solución de Bolivia depende de una sola persona; por sobre todo, aprender que los hombres,  gobiernos y  los partidos pasan, ser conscientes de que solo el Estado permanece.

Por eso, quien ejerce temporalmente el poder debe comprender que su responsabilidad consiste también en dejar instituciones más fuertes que las que recibió.

Una reflexión final, Bolivia necesita recuperar una relación sana con el poder; necesitamos entender que gobernar no significa apropiarse, que ganar una elección no significa ganar el Estado,  tener mayoría no significa tener razón en todo, que ejercer autoridad no significa estar por encima de las instituciones y que dejar democráticamente el poder no significa fracasar.

A veces, saber entregar el poder puede ser el mayor acto de responsabilidad democrática; la alternancia permite que una sociedad respire, compare, corrija y vuelva a elegir.

Permite que una nueva generación participe, permite que las instituciones se renueven, permite que ningún ciudadano tenga que aceptar la idea de que existe un gobernante imprescindible.

Porque, finalmente, el poder tiene fecha de vencimiento, porque el poder no es propiedad de nadie y quizá la verdadera madurez democrática de Bolivia llegue el día en que dejemos de preguntarnos quién será el próximo salvador y comencemos a preguntarnos:

¿Cómo construimos instituciones que no necesiten salvadores?

Los hombres, gobiernos y partidos políticos pasan; solo la democracia debe permanecer.

 

 

 

El autor  es diplomático de carrera y politólogo.