Por mucho tiempo, Bolivia compensó su mediterraneidad con una diplomacia hiperactiva. Nos podía gustar o no su línea ideológica, pero teníamos voz. Hoy, bajo el gobierno de Rodrigo Paz, tenemos silencio.
Se cumplen nueve meses de gestión y Bolivia sigue sin embajadores. No es una exageración retórica, es un dato administrativo. Las embajadas claves, como ser Washington, Buenos Aires, Brasilia, Madrid, Beijing, Lima y Santiago, siguen funcionando con encargados de negocios heredados, o peor, con personal administrativo haciendo lo que puede. Y en política exterior, no tener embajador es no tener política.
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Un encargado de negocios mantiene el edificio abierto, tramita visas y atiende emergencias consulares. No negocia. No tiene peso político para sentarse con una cancillería, o realizar negociaciones de alto nivel, no puede destrabar un tema comercial, no puede defender a un boliviano detenido con la fuerza de un Estado detrás. Es un administrador, no un representante, y eso nos resta presencia a nivel internacional, porque, si somos realistas, en gobiernos anteriores Bolivia había ganado bastantes espacios a nivel internacional en cuanto al planteamiento de nuestra política exterior.
¿Qué mensaje envía el gobierno de Rodrigo Paz al exterior?
Nueve meses es tiempo más que suficiente para conformar un servicio exterior. Si no se ha hecho, no es por falta de tiempo, es por falta de proyecto. Parece que la cancillería no sabe si quiere una diplomacia tecnocrática, una diplomática de partido o simplemente no quiere pagar el costo político de designar. Mientras tanto, el mundo avanza sin nosotros y no solo eso, sino que el plan que el gobierno había planeado de: “Bolivia en el mundo, el mundo en Bolivia”
Bolivia está en su peor crisis de divisas y de combustible en décadas. Necesitamos abrir mercados para el litio, renegociar deudas, atraer inversión y asegurar provisión energética. Nada de eso se hace por Zoom desde La Paz. Se hace en Buenos Aires negociando gas, en Brasilia negociando Mercosur, en Washington negociando créditos. Hoy nuestros interlocutores nos preguntan: ¿con quién hablamos? Y cuando no hay interlocutor, buscan a otro país, y esto hace quedar a Bolivia como un país sin visión de política exterior, siendo que consolidó una estrategia presentada el pasado mes de julio por el entonces canciller Fernando Aramayo, actual ministro de la Presidencia.
Ahora, adentrándonos ya en un tema más administrativo, se puede observar que no existieron cambios en la estructura heredada del anterior gobierno; la excusa inicial fue la “revisión” y la “despolitización” del servicio exterior, una excusa válida los primeros 60 días. Pero a los nueve meses, ya es abandono de funciones. El resultado es que Bolivia ha quedado fuera de las conversaciones que definen su futuro: la crisis del Atlántico, la reconfiguración del Mercosur, la disputa por los puertos chilenos y la nueva carrera del litio.
Estamos ausentes en las mesas donde se decide si seremos protagonistas o simples proveedores de materia prima, lo que en anteriores gestiones no pasaba; Bolivia había sentado precedente en ciertos temas que eran de interés de la región y en la actualidad no tenemos ni siquiera voz.
La política exterior no es un lujo de las potencias. Para un país mediterráneo, pequeño y en crisis como Bolivia, es su principal herramienta de supervivencia. Rodrigo Paz ganó la elección con un discurso de gestión eficiente y de reconectar a Bolivia con el mundo. Hasta ahora, ha logrado lo contrario: una Bolivia invisible.
Nombrar embajadores no es un acto protocolario. Es decirle al mundo quiénes somos, qué queremos y con quién queremos aliarnos. Seguir sin nombrarlos después de nueve meses es decirle al mundo, sin decir palabra, que Bolivia no tiene nada que decir y dejar el eslogan de “Bolivia en el mundo, y el mundo en Bolivia” como una simple frase sin sentido ni propósito.
Ivanna Daniela Bracamonte Guillén
Lic. Ciencias Políticas
