Identidad cruceña y heterogeneidad estructural de la máquina económica boliviana
Por Fernando Untoja Choque
En su artículo Santa Cruz no es una sociedad anónima, Gary Antonio Rodríguez cuestiona la pretensión de definir quién puede ser considerado cruceño. Su reflexión reivindica una sociedad abierta, donde quienes nacieron en Santa Cruz y quienes llegaron de otras regiones o países pueden participar en su construcción económica y social.
Su planteamiento abre, sin embargo, una interrogante: si Santa Cruz no es una sociedad anónima, ¿su identidad está todavía por construirse o existe ya una identidad cruceña históricamente constituida?
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La identidad cruceña existe, pero no como una esencia cerrada ni como propiedad exclusiva de un grupo. Es una formación histórica que se transforma mediante la incorporación de nuevos actores, sus prácticas y sus relaciones económicas. Una sociedad abierta no es una sociedad sin historia; es una sociedad capaz de integrar nuevas trayectorias sin borrar necesariamente sus diferencias.
Gary destaca factores como tierra, trabajo, capital, tecnología e institucionalidad, junto con valores de libertad, competitividad, asociatividad e integración. Reconocer su importancia no significa, sin embargo, que su enumeración explique por sí sola el desarrollo cruceño. La cuestión es comprender bajo qué condiciones históricas e institucionales esos factores pudieron combinarse y generar acumulación de capital.
Aquí interviene nuestra teoría de la heterogeneidad estructural. Bolivia no funciona mediante una única lógica económica, sino a través de la coexistencia de tres estructuras: la capitalista, la feudal-estatal y la del Ayllu. Sus relaciones pueden ser de yuxtaposición, articulación o fricción. No son sectores aislados ni regiones delimitadas: atraviesan el territorio y se combinan de manera diferente.
En Santa Cruz predomina la estructura capitalista en importantes actividades productivas, comerciales y agroindustriales. Pero ese predominio no elimina las relaciones con el Estado ni la presencia de agentes cuyas prácticas económicas se vinculan con otras estructuras. Por eso, el desarrollo cruceño no puede explicarse exclusivamente por la iniciativa privada, ni reducirse a la intervención estatal. Debemos investigar cómo propiedad, crédito, infraestructura, mercados, instituciones y prácticas de los agentes se articularon históricamente.
La migración también exige una mirada estructural. Los migrantes no son únicamente cifras demográficas: pueden aportar redes, conocimientos y prácticas económicas. La presencia de población de origen kolla merece ser estudiada, no como explicación única del crecimiento cruceño, sino para comprender sus trayectorias y formas de inserción. Integración no significa homogeneización.
La reflexión de Gary permite abrir un debate necesario. Nuestra teoría busca ampliarlo: Santa Cruz no es una excepción a Bolivia, sino una configuración particular de su máquina económica heterogénea. Su identidad no está por inventarse desde cero, ni su desarrollo responde a una sola causa. Ambos son resultado de procesos históricos, relaciones estructurales y prácticas sociales que continúan transformándose. Comprender Santa Cruz exige reconocer su especificidad sin separarla de Bolivia.
