Vargas Llosa y Fujimori


Emilio Martínez Cardona

La nueva presidente de Perú, Keiko Fujimori, designó al ensayista liberal Álvaro Vargas Llosa como embajador en Estados Unidos, dando un ejemplo digno de seguir en materia de nombramientos diplomáticos estratégicos.



El hijo del Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, agradeció “la alta confianza que ha depositado en mí”, señalando que pondrá “al servicio de la misión encomendada mi experiencia y conocimientos, y mi mayor esfuerzo (…) para contribuir a esta nueva fase de la relación bicentenaria entre nuestro país y la patria de Washington, Adams y Jefferson”.

El nombramiento, que aún debe pasar por los procedimientos constitucionales de ratificación, es particularmente relevante en el marco de la entrada del vecino país en el Escudo de las Américas, la coalición que busca frenar a un crimen organizado que opera a escala continental y con capacidad de captura de estructuras estatales.

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Decíamos que esto es digno de emulación, por el alto perfil intelectual y ético de la figura escogida para representar a Perú ante los Estados Unidos, algo que Bolivia también debería estar planteándose para varios destinos fundamentales, desde el país del norte hasta Naciones Unidas, pasando por la Unión Europea.

En cambio, persiste la realidad de un servicio exterior en manos de representantes designados por los gobiernos del populismo autoritario, que en varios casos actúan como agentes de desinformación. El régimen híbrido no termina de morir y la nueva democracia no acaba de nacer, y en ese claroscuro surgen los monstruos, podríamos decir, parafraseando al maquiavélico Gramsci.

Retornando a Vargas Llosa y Fujimori, con el nombramiento diplomático termina de cerrarse una grieta política que duró décadas, desde el balotaje que enfrentó a los padres de ambos en 1990, cuando Alberto Fujimori fue el “candidato sorpresa” aupado por los votos sigilosos de la oficialista APRA.

Fujimori ganó la segunda vuelta criticando las “propuestas neoliberales” de Mario Vargas Llosa, para luego aplicar un recetario económico parecido desde el gobierno, única vía para acabar con una hiperinflación que ya alcanzaba al 7.650%. Lamentablemente, no fue liberal en lo institucional y disolvió el Congreso en 1992, lo que ahondó sus diferencias con el escritor, por entonces ya instalado en España.

Ahora, la cooperación entre sus hijos fortalece un espacio político que suma a corrientes diversas, incluyendo el liberalismo (Vargas Llosa) y el conservadurismo popular (Fujimori), de cuyo éxito depende que Perú no recaiga en aventuras como la de Pedro Castillo y ayude a terminar de inclinar la balanza regional hacia un definitivo adiós a los socialismos del siglo XXI.