¿Camino de Nueva Delhi?


Dicen que Santa Cruz de la Sierra tendrá cuatro millones de habitantes en menos de lo que canta un gallo. Si hoy estamos alrededor de dos millones, en una década la Santa Cruz metropolitana tendrá más de cuatro. Tendremos más de cuatro millones, pero no será para alegrarse, sino para recordar con nostalgia el hermoso pasado con 300 mil habitantes o menos, pero con servicios básicos. No entiendo por qué, discutiendo, nos peleamos tratando de aumentar el número de personas que viven en nuestra ciudad, siempre tirando para arriba, cuando las ciudades más pobladas son las peores para vivir, las que más sufren. ¿Qué nos importa si La Paz o El Alto tienen más gente que nuestra Santa Cruz? Lo que debe preocuparnos es quien vive mejor. Y en esa materia, nuestro futuro no es nada halagüeño.

No conozco Nueva Delhi, ni creo que la vaya a conocer. Pero son tantas las películas indias y tanta la información de accidentes atroces, que la puedo reconocer como si hubiera vivido en ella. Calles y callejones donde se juntan vereda y calzada, como en una marea turbia, entre multitudes de comerciantes, de trabajadores, niños, y de mendigos. Aromas de comida barata que se sirve con las manos entre medio de gritos. Vacas que obstruyen el paso de los vehículos, con andar cansino sin que nadie las moleste. Mototaxis por todos lados, que se abren paso eludiendo a los transeúntes, con ventaja sobre automóviles, y colectivos viejos, atestados de gente prendida unas de otras como garrapatas. Y un calor infernal de 45 grados en verano y de frío y monzones en invierno.

Pero esa es una parte de Nueva Delhi porque la otra es hermosa y señorial. Limpia y ordenada. Ahí está el gobierno de la ciudad y vive la gente rica, lo que fueron los maharajás, millonarios de verdad, o quienes, sin ser de la antigua nobleza, ahora tienen incalculables riquezas. Sin embargo, la miseria está a la vuelta de la esquina, auténticamente ahí, a escasos metros. Opulencia y miseria. Limpieza y suciedad.



En pequeña escala, pequeñísima todavía, Santa Cruz va camino de un futuro nada halagador. El otrora señorial “casco viejo”, se ha vuelto pobre y se ha vaciado porque abunda la soledad y la delincuencia. Sus noches son fantasmales porque la alegre vida nocturna ha cambiado de lugar. Ahí vivíamos quienes hoy tienen mi edad o poco menos, cuando ir al atardecer a la plaza principal era mirar muchachas, lustrarse los zapatos y tomar un cafecito. Están también las llamadas villas, de gente emprendedora pero que tiene que soportar la falta de higiene y a vagabundos y borrachos, que viven dios sabrá de qué.

No obstante, existe la zona de personas adineradas que, con su empeño, como el de mi amigo Mario Foianini, han hecho una Santa Cruz, que, de aldea, ha pasado a ser algo parecido a un barrio gringo, impensable hace algunos años. Y han proliferado hermosos condominios que resultan un contraste con los vecinos que están a pocos metros.

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Lo que corresponde no es que los barrios “pitucos” se nivelen con las zonas anarquizadas por multitudes que llegan sin tener ni qué comer ni donde dormir. O que quienes llegan levanten viviendas paupérrimas lejos del centro, desde donde, para llegar a sus fuentes de trabajo, tienen que sufrir los pesares de un dramático transporte urbano, destartalado, que lleva a sus pasajeros como si se tratara de infelices animales.

El alcalde tendrá mucho que hacer para salvar a la ciudad de tantos mercadillos y vendedores ambulantes. Ya ha comenzado su trabajo según hemos podido ver y eso nos alegra. El gobernador, aunque sus responsabilidades no sean urbanas, tiene que poner el hombro también. Porque ya existen en Santa Cruz lugares como en Nueva Delhi, donde equivocarse en una calle significa quedarse atascado entre bocinazos, motos que se cruzan a centímetros de chocar, insultos soeces de algunos desesperados y hasta puñetazos entre quienes se creían con mayor derecho a transitar que el otro. Comercio barato, hedor, anticuchos, mesitas en las veredas, música horrible a toda mecha, hacen de nuestra ciudad el comienzo de algo invivible.

Mi barrio, en la tradicional “zona sur”, tan tranquilo y placentero antes, hoy ya es un lugar donde se debe tener mucho cuidado. Existen personas solas o con sus hijos que duermen en las calles, apegados a alguna pared. La plazuela Blacutt, tan bonita y limpia, se convierte en una feria que se instala en el lado del naciente todos los viernes, quitando la armonía y la seguridad que se necesita para quienes desean disfrutar el fin de semana de la sombra de los árboles y el juego de los niños. La plazuela se ha convertido, además, en la mayor venta de “hotdogs” sobre ruedas, ocupando la acera norte que ya es intransitable y donde los amantes de las salchichas con chucrut estacionan sus vehículos esperando que les pongan la mayonesa, mostaza, choclo, salsa picante, papitas fritas, para su bombazo deseado. Hasta la frondosa y linda avenida Las Américas ya luce vacía y descuidada

No hemos dicho nada nuevo, nada que los cruceños no sepamos. Nada que no sepa de memoria el alcalde. Pero no queda más remedio que insistir en la necesidad de barrer las aceras de comerciantes informales, quitar los boliches con “musicón” y hacer de nuestra ciudad lo amable que fue siempre.

Todos tienen derecho a trabajar en lo que se puede para sobrevivir. Pero la tolerancia de las autoridades debe tener un límite y es que no deben permitir que, por eso del derecho a trabajar, tengan que hacerlo en lugares públicos o en la puerta de tu casa. Eso es un abuso inaudito.

 

 

Manfredo Kempff Suárez