Crónica de un mundo que se desmorona mientras nos distraen con el celular
Por José Luis Laguna Quiroga
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Hay una escena que debería funcionar como indicador del presente siglo, un niño sentado en el asiento trasero de un auto, observa a su padre introducir una tarjeta en una ranura, la máquina escupe billetes. El niño, contento, cree que su padre es mago y que la satisfacción de sus necesidades se resuelve en segundos, de la nada, con un clic en forma de QR o una clave, un pago digital. No sabe del trabajo, de las horas, del sudor, de la reunión interminable, del cliente que gritó, del jefe que humilló. Para las generaciones de infantes y jóvenes actuales, el dinero se produce a través de un artilugio, es una operación mágica, indolora, instantánea. El trabajo, si existe, es una categoría abstracta que consideran que experimentan los otros; los pobres, los que barren, los que cargan, los que siembran, los que construyen y tienen las manos sucias.
Esta escena cotidiana es, quizás, el síntoma más preciso de la mutación civilizatoria que estamos viviendo. No es que los niños sean ignorantes o insensibles. Es que el vínculo entre trabajo, riqueza y vida se ha roto en el imaginario colectivo, cuando ese vínculo se rompe, algo fundamental se desmorona, la legitimidad de un orden social que durante dos siglos se sostuvo sobre la promesa de que trabajar te haría “alguien” y te haría digno.
Permítanme una herejía histórica, la Revolución Industrial, que comenzó en el siglo XVIII con la sustitución de la energía animal y humana por el vapor, no fue el destino de la humanidad. Fue un paréntesis. Tres siglos (de 1750 a 2050, si somos generosos) en los que un accidente tecnológico (la máquina de vapor, la física mecánica, el carbón) reorganizó todo, las ciudades, el trabajo, la familia, la política, la subjetividad y la propia noción cronológica de la vida.
Durante ese paréntesis, el trabajo adquirió un sentido que nunca antes había tenido. No era solo subsistencia, era identidad, ascenso, pertenencia. La fábrica, el sindicato, el contrato colectivo, la casa con jardín, el auto, el refrigerador, la
televisión. Todo eso era el paquete civilizatorio de la clase media, la utopía de bienestar generalizado. Y todo fue disputado, férreamente, entre dos superpotencias que se odiaban, pero compartían una misma utopía, seducir al trabajador y convertirlo, junto con el profesional, en clase media satisfecha y con un sentido de igualdad naturalizado.
En 1959, en Moscú, en el marco de la Exhibición Nacional Americana, Richard Nixon y Nikita Kruschev protagonizaron lo que la historia conoce como el «Debate de la Cocina» . Frente a una cocina modelo con lavavajillas, Nixon no habló de geopolítica, habló de electrodomésticos. «En Estados Unidos», dijo, «nos gusta hacerle la vida más fácil a las mujeres». Y luego, el golpe: «Cualquier trabajador del acero puede comprar esta casa. Ganan tres dólares la hora. La casa cuesta cien dólares al mes, a veinticinco o treinta años». Kruschev contraatacó, «Los capitalistas os dicen que sois libres, pero sois esclavos del capitalismo». Pero también prometió más producción de bienes de consumo, aumento del salario mínimo, viviendas para los trabajadores «no se puede poner la teoría en la sopa», dijo, «ni el marxismo en la ropa».
Lo que estaba en juego no era solo el monopolio ideológico del mundo. Era la competencia por la lealtad de la clase media y trabajadora. El capitalismo y el socialismo, en su versión soviética, se disputaban el mismo premio, demostrar que su sistema podía darle al trabajador bienestar. No fue un regalo de la burguesía. Fue una concesión estratégica en una guerra por el alma del mundo, el trabajo y los servicios de obreros y profesionales.
Esa competencia terminó cuando cayó el Muro de Berlín, se disolvió la URSS, y con ellos desapareció el adversario que obligaba al capitalismo a repartir, la contradicción sistémica se disolvió. Lo que vino después no fue el «fin de la historia» que Fukuyama anunció, sino algo más prosaico, la reconcentración del capital y la precarización masiva del trabajo.
Thomas Piketty lo demostró con argumentos, la clase media patrimonial que emergió tras las guerras del siglo XX fue una excepción histórica, no una conquista irreversible. Si la tendencia 1990-2010 se prolonga, asistimos a una
cuasi-desaparición de la clase media patrimonial hacia 2050, porque el decil superior se apropia de una porción creciente del patrimonio mundial. La desigualdad no es un fenómeno económico o tecnológico: es ideológica y política, porque las ideologías que la sostienen (el mérito, la santificación de la propiedad, la fe en el mercado) están siendo desenmascaradas por una realidad donde la fortuna de una heredera crece al mismo ritmo que la de un empresario exitoso a través del juego del mercado financiero, concentrando el trabajo en los segmentos sociales más pobres y multitudinarios; en tanto que, la riqueza se concentra en el segmento más reducido de la sociedad a nivel global.
La clase media, esa que ni es rica ni es pobre, fundó sus cimientos de bienestar en el trabajo cognitivo, esa lógica de los padres que consideran que estudiar salva y da empleo digno. Ese trabajo está siendo desplazado y depauperado por la tecnología, las cifras son implacables.
La Organización Internacional del Trabajo reporta que casi 300 millones de trabajadores viven en pobreza extrema, con menos de 3 dólares al día, y 2.100 millones estarán en empleo informal para 2026. El desempleo juvenil alcanzó el 12,4% en 2025, con 260 millones de jóvenes que no estudian, no trabajan y no se capacitan. El Foro Económico Mundial proyecta que el 41% de las organizaciones espera reducir su fuerza laboral en roles expuestos a la obsolescencia por IA, mientras que el 70% planea contratar personas con nuevas habilidades tecnológicas. La contradicción es brutal, se destruyen empleos cognitivos y se crean otros que la mayoría no puede ocupar, o que ensucian las manos por salarios bajísimos, en los márgenes de la ilegalidad.
El Fondo Monetario Internacional advierte que las habilidades de IA generan primas salariales del 23%, mientras que una maestría apenas otorga un 13% y una licenciatura un 8%. Es decir, saber usar IA y hacer finanzas digitales vale más que tener un título universitario. El título, ese papel que durante siete siglos fue la llave del ascenso social, ha sido superado por una habilidad que la universidad no enseña.
Y la tecnología digital no solo desplaza a la clase media profesional, la polariza. La CEPAL documenta que el cambio tecnológico reduce la demanda de trabajo de ingresos medios y polariza el mercado entre actividades mal pagadas de tareas manuales no rutinarias y actividades mejor pagadas de tareas cognitivas no rutinarias. El centro se vacía, la clase media, que era el centro, desaparece.
Con esta descomposición de las clases medias profesionales, la universidad también se descompone. Nació en el siglo XII como corporación de maestros y estudiantes, como logias de conocimiento, como talleres urbanos donde se producía y transmitía saber. Durante siete siglos fue el monopolio del logos, el lugar donde se formaban los que pensarían, enseñarían y gobernarían. Le Goff lo documentó con precisión, el intelectual medieval era un hombre de oficio, un trabajador de palabras que vendía su ciencia como el artesano vendía sus productos.
Ese monopolio está roto; la IA generativa externaliza las habilidades intelectuales, induce dependencia cognitiva y puede llevar a una pérdida de la independencia reflexiva. Los estudiantes ya no necesitan aprender a sintetizar, a argumentar, a escribir, la máquina lo hace por ellos. Pero la máquina no piensa; la máquina reproduce. Es, como dicen, un «loro estadístico». Y en esa reproducción, el logos memorístico se vació de sentido.
Las universidades, mientras tanto, siguen operando con docentes envejecidos, con un enfoque por competencias que no responde a ningún mercado contemporáneo, con una racionalidad instrumental que Horkheimer, Benjamin y Habermas ya anunciaban como el gran peligro de la modernidad. La universidad se ha convertido en una fábrica de títulos obsoletos para un mercado que ya no los demanda, con conocimientos altamente prescindibles.
Y en el plano subjetivo, Byung-Chul Han nos da la clave. El sujeto contemporáneo ya no es el trabajador disciplinado que obedecía a un patrón. Es el sujeto de rendimiento, que se autoexplota bajo el imperativo del «yo puedo», bajo la lógica del emprendimiento. La dominación se ha internalizado, ya no necesita coerción externa. El emprendedor se autoengaña y se considera héroe contemporáneo,
animado por entusiastas promotores del despojo de la esperanza. El capitalismo ha colonizado las motivaciones subjetivas, reproduciendo la frustración y la ansiedad de las mayorías y el éxito de unos cuantos.
El resultado es un individuo suscriptor, paga modelos de IA, Netflix, Spotify, iCloud, alquiler, seguro, cuota del auto, plan del celular; pero no posee nada, no tiene patrimonio. No tiene familia nuclear estable, no tiene hijos; tiene un chatbot emocional, un gato o un perro, o vive solo. No tiene proyecto de vida más allá del próximo vencimiento y la promesa es que vivirá 150 años y deberá reinventarse totalmente cada 30 años. Será un consumidor de servicios que tendrá la sensación de ser libre porque ya puede elegir entre dos plataformas de streaming.
Y mientras tanto, el dinero sigue saliendo del cajero automático, del token o QR. Y el trabajo sigue siendo para los pobres, para los emprendedores. Y la acumulación continúa siendo virtual, financiera, especulativa. Y el patrimonio se erradica. Y la familia se disuelve, el individuo queda solo, suscripto, sin herencia con la idea que el largo plazo es lleno de incertidumbre.
¿Debemos rendirnos ante este diagnóstico? No, aquí comienza el reto para la sociología, la psicología, la antropología, la economía y la política. Estas disciplinas tienen una gran dimensión subjetiva inevitablemente humana. No están hechas para consolar, ni para profetizar catástrofes, ni para sustituir trabajos rutinarios. Están hechas para comprender las condiciones del orden que se agota y vislumbrar las condiciones del orden que debe nacer.
Estas ciencias no ofrecen un programa o describen solo partes de la realidad ni s pierden en la rutina. Deben construir la nueva ingeniería institucional y social de acuerdo a las dinámicas socioculturales y económicas. Se debe reinventar el sentido más allá del trabajo, en la reproducción material y subjetiva de la vida. Si la automatización libera tiempo y elimina el trabajo repetitivo, ese tiempo debe invertirse en el desarrollo de las nuevas estructuras familiares, de la vida comunitaria y del tiempo creativo, es decir en la recuperación de la contemplación, del arte, de la alteridad, del tiempo no productivo, como forma de resistencia.
El reto no es restaurar la clase media, ni la lógica de la razón instrumental de la modernidad eso sería un retroceso. El reto es inventar instituciones que no existen todavía, nuevas formas de propiedad, de trabajo, de familia, de comunidad, de sentido, que no dependan del vínculo roto entre trabajo y riqueza como único modo de reproducción social.
La escena del niño y el cajero automático no es una anécdota tierna. Es un síntoma, y los síntomas no se ignoran; requieren interpretación.
El siglo XXI no promete un orden mejor o peor que el del siglo XX, solo promete un orden distinto, como en otro ciclo de la historia de la humanidad. La tarea de todas estas disciplinas sociales y humanas es nombrarlo con precisión, identificar los recursos que sobreviven y atreverse a imaginar lo que aún no existe.
Eso es lo que podemos ofrecer, no hay profecía, sino el método del diagnóstico y la imaginación institucional y social por otro tipo de imaginación.
