El crimen organizado florece en América Latina


 

Es un problema regional. No local. La epidemia del delito violento es general y su lucha debe ser también regional y mancomunado. La expansión del negocio del narcotráfico es más fuerte que nunca. La brutal embestida de los carteles de narcotraficantes y de las redes ilegales que diversifican sus negocios incrementan su poder de fuego y desafían a los gobiernos y a sus instituciones corruptas o resquebrajadas por la falta de financiación para un rearme y una real capacitación de lucha contra el crimen de estos cárteles engarzados en la región.

El tráfico de drogas ha puesto en marcha la mayor fábrica delictiva de todos los tiempos y de la que han salido decenas de grupos de hampones instalados en unas lógicas propias del mercado de la oferta y la demanda y donde todos quieren su pedazo del pastel.



Bolivia debe ser el eslabón más débil de la cadena y el más contaminado de todos. En una semana cayó el fiscal general del Estado y una veintena de jueces y fiscales departamentales. Un sismo sin precedentes. Una purga que es la antesala de una mucho más profunda aún. Estamos presenciando, azorados, la punta de un iceberg que era vox populi.

Cuando una organización cae, la que llega a ocupar su lugar no empieza desde cero: hereda rutas, contactos, mercados y funcionarios dispuestos a negociar y también, por supuesto, la nómina de protectores legales, fiscales, jueces, abogados y políticos. Es una gigantesca red de la que nosotros conocemos apenas un par de boyas flotando en el mar. Debemos entender – primero – que esta red criminal en América Latina, no está operada por individuos sueltos o con motivaciones particularísimas reñidas con la ley, sino que debemos mirarlas como verdaderas redes, con nodos de poder, con cuadros organizados y que son una especie de negocio ilegal que se va heredando de mafioso mayor a mafiosos pequeños. Por muerte violenta, por lo general.

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Lo increíble de este negocio ilegal es que tampoco los hombres que administran la planta de producción de estupefacientes, pasta base o cristalizada – metidos en la amazonia o en parques de reserva forestales o de plano en zonas geográficas controladas por sindicatos de cocaleros ligados, directa o indirectamente al narcotráfico como sucede en zonas de El Chapare –  conocen al piloto de la avioneta que sobrevuela la zona y retira el producto para ser llevado a una ruta con un punto de encuentro donde otro desconocido – intermediario – recibirá la carga. Y éste, a su vez, tampoco conocerá al comprador final, seguramente una “persona de negocios”: mujer o un joven cool que trafica con una parte de esa droga que le corresponde, pero que también desconoce por completo al usuario final. Y así la cadena de desconocidos forman parte del mismo engranaje:  es una economía de la selva o de pueblos de provincia que se conectan con mercados globales inmensos de Latinoamérica, Europa, Estados Unidos y Asia.

Suena irreal y hasta iluso, pero esa cadena de anónimos, de alguna manera, es la garantía para que esa red no colapse. Un viejo narcotraficante y el primer colombiano extraditado a Estados Unidos por órdenes de Pablo Escobar – no por el propio gobierno colombiano de la época -, escribe en sus memorias una serie de datos que nos permiten entender esta maroma ilegal y global: Vida y Muerte del Cartel de Medellin (Editorial Debate), escrito por Carlos Lehder, conocido como el primero y verdadero señor de los cielos. Y él menciona en su autobiografía que, para ser narco, primero, se deben entender dos aspectos del negocio: que todos quienes están en la red del narcotráfico van a intentar robarte la droga, el dinero o ambos. Todo el tiempo. Segundo, van a querer robarte tu ruta ilegal – ya sea por tierra, aire o mar – y con ella tus contactos. Todo el tiempo. Esto quiere decir, que, desde el primer día de la vida como narco, cualquier personaje estará en la mira de otros narcos, pequeños o grandes, que intentarán por todos los medios, tumbarle el negocio.

 Y en esta espiral es en la que nos encontramos. Todos tumbándose droga, mercado, rutas, contactos y protección.  Por eso las balaceras recurrentes, las zonas rojas y todo el despelote que dejó tras de sí Marset, el primer narco uruguayo.

Todos son grupos armados que nacieron al calor del trasiego de drogas que buscan negocios nuevos y donde ingresa un mercado terciario informal inmenso que transita por todo el territorio boliviano con la merca.

La pregunta, entonces, ya viene de alguna manera torcida: se supone que debería existir un final: cuando capturan al narcotraficante correcto o “pez gordo” o cuando se ejecuta el operativo adecuado para que todo termine.

La realidad es menos atractiva que una serie mexicana o colombiana. Ningún país ha “acabado” con la organización del crimen. Ninguno. Estados Unidos no acabó con la mafia de más de cien años; Italia no terminó con la Ndrangheta, México tiene una lucha encarnizada desde los primeros narcos que eran chinos que vendían opio a los soldados que llegaban de la segunda guerra mundial y luego de Vietnam.

A lo mucho se ha logrado acotar su radio de acción, frenar la captura de la totalidad de sus instituciones, evitar que controlen territorios y limitar la violencia con la que imponen sus reglas. Pero más allá de eso. Nada. La última ejecución policial masiva en Rio de Janeiro es la mas clara muestra de esta red de narcos y sus operadores conformada por niños, jóvenes, esposas, hijos, padres donde todos dicen conocerse y al mismo tiempo, desconocerse mutuamente.

Así estamos. No sabemos quién es narco y quién no lo es.