(Algunas intermitencias del corazón)
Manfredo Kempff Suárez
Desiderio se desplomó muerto sobre el hombro de su esposa, el pasado jueves 24 de septiembre a las 18:30, calcula él. Quedó cadáver, sin signos vitales, y sin dar ninguna señal previa de que había llegado su final. Mi amigo de muchos años había almorzado en casa con su hija, mientras que su mujer pasó el día en Porongo con un grupo de amigas. Se retiró a descansar a eso de las cuatro de la tarde y dos horas después llegó su esposa para contarle sobre el hermoso día disfrutado, aprovechando el feriado por la fiesta departamental cruceña.
Desiderio se levantó de cama y se conectó a una serie turca de NETFLIX a sugerencia de su esposa. Inmediatamente después se derrumbó muerto, golpeando con la cabeza en el hombro de ella. Para la señora fue imposible moverlo, pensando, además, que era una de las muchas bromas que mi amigo le hacía con frecuencia. Esta vez tuvo que llamar a su hija y entre ambas le dieron vuelta, lo pusieron de espaldas sobre la cama y observaron, consternadas, como se iba imponiendo un color amoratado, negruzco, en su rostro y como sus ojos se volcaban hacia arriba.
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De inmediato, en medio de la angustia y el pánico, su hija le levantó las piernas, instintivamente, y le dio la respiración boca a boca, mientras que algunas vecinas llamaban una ambulancia. La respiración boca a boca lo salvó. Tanto para su esposa como para su hija, mi amigazo estuvo fallecido entre 15 y 20 minutos, pero, según los médicos, eso demoró la reanimación, más no la muerte, porque al perderse el pulso, el conocimiento y la capacidad de respirar, la presión arterial habría caído a cero y se anulaba el riego de sangre al cerebro, con lo que era inevitable la muerte definitiva en pocos minutos. Si existía una mayor demora, las lesiones cerebrales serían muy graves y con cada segundo que transcurriera las posibilidades de recuperación habrían sido menores.
¿Pero qué te pasó?, le dije a mi amigo Desiderio. Y él me contestó que se trató, según sus médicos, de una “muerte cardiaca súbita”. Esa “muerte súbita” ya tenía los antecedentes de una arritmia cardiaca con fibrilación ventricular, que le habían detectado antes y que le estaban tratando, aunque él no lo tomaba con la seriedad del caso.
¿Y qué sentiste? ¿Cómo es la muerte? ¿Qué viste? ¿Te diste cuenta de que te morías? ¿O de que te habías muerto?, le pregunté. Solo vi oscuridad, me dijo. Desde que perdí la conciencia en la cama hasta antes de que me subieran a la ambulancia todo fue negro. ¿Pero no viste nada, ni oíste absolutamente nada? ¿Algunas voces? ¿Cómo se muere uno, querido amigo? No sé cómo se morirán todos, pero mi muerte fue de una negritud total. No había campos, ni flores, ni sol, ni nubes, ni trinos de aves, ni angelitos. ¿No viste una lucecita al final de un túnel? No vi nada, ni túnel ni luz.
¿Estás sano ahora, amigo mío?, indagué. Fui a una clínica y estuve ahí cinco días. Me hicieron todos los estudios necesarios. Estuve en manos de los mejores médicos cambas, buenazos galenos del Primer Mundo. Me pincharon como a todo enfermo. Tenía que orinar en el “pato” y devolverlo a la enfermera para su clasificación. Cuando me tocaba lo otro, era angustiante, sentía a mis familiares junto a la puerta del baño, oyendo, temerosos de que me muriera adentro, que me cayera, y eso no me permitía hacerlo en paz. No entiendo qué sentido tiene (algún motivo debe haber) para que cuando te están examinando la cabeza o el corazón, te desvisten hasta que entregas tus calzoncillos. Eso es un poco humillante y hasta hilarante.
Desde aquel 24 de septiembre de mi “muerte súbita” (día glorioso de todas maneras) no he dejado de tener custodia. Siento que me miran en mi dormitorio, aunque no sé desde dónde, pero sé que están mirándome para cuidarme. Siento que velan mi sueño. No sabía que me querían tanto mi mujer y mi prole. No sabía que era tan importante para mi familia. Ahora estoy seguro de que sí soy necesario y de que debo vivir.
¿Y en esos días de internamiento pensaste en que te podía venir una muerte definitiva, no súbita? Claro que sí, claro que lo pensé en las largas noches sin dormir. ¿Y en qué pensaste, amigo mío? En que tuve una vida linda, plena, llena de sorpresas más buenas que malas. Pensé que fui un amante marido, con algunas faltitas como todos; buen padre y buen abuelito. Eso lo dicen ellos, no me ufano yo. Pero, además, que fui leal a toda prueba con mis ideas y con mis amigos. Jamás cambié de ideas ni de amigos, lo que no significa que ambos, ideas y amigos nuevos, los incorporara en mi vida. No hacerlo hubiera sido una muestra de barbarie. Que leí y escribí mucho. Que viajé bastante, bebí lo que quise, bailé lambada, cumbia, merengue y rancheras, hasta que me dio calambre, me perdí por nocturnos caminos “non sanctos” también, pero salí bien librado. Gocé de toda la comida conocida, en restaurantes costosos, menos caros, medianos, y de baja estofa; manjares peruanos, griegos, turcos, chinos, mexicanos, españoles, franceses, con sus bebidas, todo dependiendo de los quintos con que contaba en cada oportunidad.
¿Y que más querés Desiderio? ¿Si estando muerto has regresado al mundo de los vivos? Que ahora debo someterme a una disciplina estricta. Con las comidas el asunto es simple: comer menos. Pero la fórmula de los tragos ni te cuento: dos copas de vino (como sirven en los restaurantes, no llenas), una cerveza o un vaso de whisky. No las tres bebidas juntas; hay que elegir una. Y el vino, cerveza y whisky no son acumulables, es decir que no puedo juntarlas para beberlas de un envión en una fiesta. Es el precio que hay que pagar, querido Desiderio, nada puede ser eterno. Pero, ¿y el carnaval? Vaya Desiderio, no mezclés las cosas. Es muy temprano todavía. Eso ya se verá. Ten fe y agradécele a Dios.
