Sorpresa electoral de propios y extraños
La política latinoamericana acaba de recibir una lección que merece ser examinada sin apasionamientos ideológicos. Luiz Inácio Lula da Silva, a sus 80 años, logró revertir un resultado adverso y conquistar un cuarto mandato presidencial en Brasil. El 25 de octubre obtuvo el 51,79 % de los votos válidos, frente al 48,21 % de Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro. La victoria sorprendió a quienes daban por descontada la ventaja opositora.
¿Qué hizo Lula? ¿Cómo lo hizo? ¿Qué explica una remontada electoral que obliga a revisar algunas certezas de la política contemporánea?
La respuesta no se encuentra en una fórmula mágica, hay que buscarla en la combinación de experiencia, capacidad de adaptación, organización y lectura del comportamiento ciudadano.
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Lula no era un candidato desconocido, su trayectoria sindical, sus anteriores gobiernos y su identificación con los sectores populares constituyen un capital político acumulado durante décadas, sin embargo, la historia personal no garantizaba la victoria. El desgaste del oficialismo, las dificultades económicas y una sociedad polarizada planteaban obstáculos que no podían resolverse apelando únicamente a los recuerdos de sus anteriores gestiones.
El 4 de octubre, Flávio Bolsonaro terminó la primera vuelta con el 47,03 % de los votos válidos, frente al 45,16 % de Lula, la ventaja opositora parecía anticipar el desenlace, pero la segunda vuelta modificó las condiciones de la competencia: los candidatos debían atraer nuevos apoyos, convencer a los indecisos y movilizar a quienes podían inclinar la balanza.
Lula entendió que no bastaba con repetir el discurso de la primera vuelta. Su campaña adoptó una comunicación más directa e informal, especialmente en las redes sociales, los videos personales y la difusión de mensajes por WhatsApp acercaron al candidato a públicos que no necesariamente seguían los canales políticos tradicionales.
Una iniciativa denominada «Ejército de Lula», impulsada por el diputado André Janones, llegó a reunir a más de diez millones de personas en WhatsApp, esa estructura contribuyó a multiplicar los mensajes de campaña, pero sería simplista atribuir la victoria exclusivamente a las redes: también hubo manifestaciones callejeras, participación de movimientos sociales y una mayor concurrencia a las urnas.
La abstención descendió del 21,08 % en la primera vuelta a alrededor del 19,2 % en la segunda. Lula sumó más de diez millones de votos respecto de la votación inicial, la movilización electoral fue decisiva en una contienda donde cada apoyo adicional podía modificar el resultado.
La campaña también insistió en asuntos concretos: la reducción de la pobreza, los programas sociales, los derechos laborales y el futuro de los servicios públicos. Su desafío consistía en transformar una trayectoria política conocida en una razón convincente para volver a confiar en ella. No todos los electores que lo apoyaron necesariamente comparten su ideología; en una segunda vuelta, el voto también expresa preferencias, temores y rechazos frente a las alternativas disponibles.
La lección es clara: una ventaja electoral no constituye una victoria anticipada. Las campañas necesitan organización, mensajes comprensibles y capacidad para reconocer cuándo sus estrategias dejan de funcionar. Lula mantuvo su identidad política, pero cambió la manera de comunicarla y de movilizar a sus seguidores.
¿Significa esto que Brasil ha resuelto sus problemas? De ninguna manera. El país continúa dividido y el nuevo mandato tendrá que afrontar dificultades económicas, demandas sociales y un Congreso de composición conservadora que puede limitar las iniciativas gubernamentales. Ganar las urnas es una cosa; gobernar con eficacia, reducir las desigualdades y recuperar la confianza de quienes votaron por otra opción es otra muy distinta.
¿Y qué puede aprender Bolivia de esta experiencia?
No se trata de copiar a Lula, importar una ideología ni reproducir consignas brasileñas, se trata de comprender que ningún electorado es propiedad permanente de un partido o de un dirigentem la ciudadanía puede cambiar de opinión, castigar a sus gobernantes o recuperar una alternativa que parecía debilitada.
En un país como Bolivia, donde la desconfianza institucional y el desgaste de los actores políticos exigen nuevas respuestas, la experiencia brasileña invita a revisar las formas de hacer política. La presencia en las redes no sustituye al contacto humano; la propaganda no reemplaza a las propuestas y la popularidad no garantiza una buena gestión. La tecnología puede amplificar un mensaje, pero la credibilidad debe sostenerlo.
La democracia tampoco es una fórmula única que pueda exportarse de un país a otro. Cada sociedad la construye a partir de su historia, su cultura, sus instituciones y sus propias contradicciones, es como la personalidad humana, existen principios comunes, pero cada individuo tiene una identidad que lo distingue de los demás. Pretender que todas las democracias funcionen de idéntica manera sería desconocer la diversidad de los pueblos.
La experiencia brasileña no ofrece, por tanto, un modelo para copiar, sino una experiencia para comprender. Cada país debe encontrar su propio camino democrático, sin renunciar a la libertad, al pluralismo ni al respeto de la voluntad popular.
Gramsci escribió sus Cuadernos de la cárcel entre rejas; Lula escribió su triunfo desde las redes y las calles. Uno convirtió el encierro en pensamiento político; el otro, la movilización popular en victoria electoral.
Pero ganar las urnas no significa tener escritas todas las respuestas, el desafío comienza ahora.
¡Quo vadis, Brasil! ¿Hacia dónde conducirás la esperanza que acabas de depositar en las urnas?
Raúl Palza Zeballos es diplomático de carrera y politólogo
