Marco Aurelio tenía seis reglas para la primera hora del día; la mayoría sigue entendiéndolas mal


 

Ronald Palacios Castrillo, M.D.,PhD.



 

La práctica matutina estoica para recuperar la atención, serenar la mente y vivir con menos pesar

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Cada mañana existe un momento en el que el día todavía le pertenece a uno. Aún no se han respondido los mensajes. Aún no se han abierto las noticias. Aún no se ha visto lo que los demás esperan. Aún no se ha comparado la propia vida con la de otro. Durante unos minutos, nada ha ocurrido. Y entonces se alcanza el teléfono.

Una notificación se convierte en cinco. Cinco se convierten en veinte. Se lee algo que perturba. Se contempla el éxito de otra persona. Se recuerda una tarea inconclusa. Se revisa el correo. Se desplaza la pantalla «solo un minuto». Y, de algún modo, antes del desayuno, la mente ya se siente rezagada.

Esta es una de las contradicciones singulares de la vida contemporánea: disponemos de más instrumentos para ahorrar tiempo que cualquier civilización de la historia y, sin embargo, muchos despiertan con la sensación de no tener suficiente.

Marco Aurelio vivió hace casi dos mil años, sin teléfonos inteligentes, correo electrónico, redes sociales ni noticias ininterrumpidas. Y, no obstante, al leer sus Meditaciones se encuentra un problema de notable actualidad: ¿cómo proteger la mente de ser ocupada por aquello que no se puede controlar?

Su respuesta no consistía en volverse más productivo. Era más radical. Sostenía que era preciso deliberar con mayor rigor acerca de lo que merecía la atención. Por ello su filosofía matutina resulta, todavía hoy, incómoda. Si Marco Aurelio estuviera junto a la cama, probablemente no preguntaría cuántos objetivos se van a cumplir hoy. Preguntaría quién va a gobernar la mente: uno mismo o todo lo que ocurre alrededor. Esa pregunta es mucho más difícil. Y comienza en la primera hora.

  1. No entregue la mente al mundo antes de entregársela a sí mismo

Marco Aurelio se recordaba una y otra vez volver al instante presente y concentrarse en la tarea inmediata. El principio parece sencillo, pero la vida contemporánea lo vuelve extraordinariamente difícil. En el momento de despertar, la atención se convierte en mercancía. La quieren las empresas, los anunciantes, los medios, las plataformas, el empleador; la familia puede necesitarla. Y todos tienen una razón por la cual su mensaje debería responderse ahora.

Así, la primera contienda del día no es la productividad: es la atención. Imagínese despertar y abrir de inmediato el teléfono. Aún no se ha decidido qué importa hoy, pero decenas de personas ya han decidido qué debería importarle a uno. La urgencia de otro se convierte en la propia. La opinión de otro se convierte en el clima emocional. El logro de otro se convierte en comparación. La disputa de otro se convierte en ira. Y el día comienza con reacción en lugar de intención.

Marco Aurelio comprendió algo que la psicología contemporánea sigue investigando: la atención es limitada. Allí donde se dirige de manera reiterada determina lo que se advierte, aquello en lo que se piensa y lo que adquiere saliencia psicológica.

Su primera regla puede formularse así en lenguaje actual: no permita que las prioridades ajenas se conviertan en su mañana antes de haber identificado las propias.

No se requiere una rutina perfecta ni un sistema de productividad en cinco pasos. Pueden bastar diez minutos de silencio en los que nadie más tenga acceso a la atención. Antes de que el mundo indique qué importa, pregúnteselo: ¿qué importa de verdad hoy?

  1. Recuerde que va a morir

Parece un consejo matutino deplorable. Acaso sea el más importante. Marco Aurelio reflexionaba de manera reiterada sobre la mortalidad, no por obsesión con la muerte, sino porque recordarla podía esclarecer la vida. La cultura contemporánea suele hacer lo contrario: oculta el envejecimiento, evita las conversaciones sobre la muerte y actúa como si siempre hubiera otra semana, otro año, otra oportunidad, otro viaje, otra conversación, otra ocasión de decir a alguien que se le quiere. Pero no siempre hay otra ocasión.

Ahí reside la fuerza psicológica del memento mori. La mortalidad puede funcionar como filtro. Imagínese despertar sabiendo que este día no está garantizado. ¿Se dedicaría aún la primera hora a preocuparse por un correo de alguien que ni siquiera agrada? ¿Se emplearían cuarenta y cinco minutos en recorrer las vidas de desconocidos? ¿Se postergaría la conversación que se ha venido evitando? ¿Se pasaría otra mañana demostrando el propio valor ante personas cuya aprobación no puede satisfacer? Tal vez. Pero tal vez no.

Marco Aurelio no se decía que hoy debía cumplirlo todo. Se recordaba que este día es finito. La distinción importa, porque la ansiedad suele hacer sentir que todo es urgente, mientras que la mortalidad puede enseñar que no todo es importante. Hay una diferencia. Y, a veces, la mayor mejora de la productividad no consiste en hacer más, sino en advertir por fin qué no merece hacerse.

  1. Espere personas difíciles

Uno de los pasajes psicológicamente más interesantes de las Meditaciones es aquel en el que Marco Aurelio se prepara para las personas difíciles. En esencia, se dice que encontrará a quienes son egoístas, deshonestos, arrogantes, envidiosos o desagradables. ¿Por qué prepararse? Porque la expectativa modifica la experiencia. Si se despierta creyendo que todos serán razonables, la primera interacción difícil puede sentirse como un ataque a la jornada entera. Si se espera fricción, esta no sorprende cuando llega.

No se trata de pesimismo, sino de preparación. Piénsese en las propias mañanas. Es probable que haya un correo difícil, una respuesta demorada, un desconocido descortés, un desacuerdo familiar, un colega que no comprende, un error imprevisto, un plan que se deshace. Y, cada vez que ocurre, una parte de uno reacciona como si la realidad hubiera violado un contrato.

El procedimiento de Marco Aurelio era distinto. Practicaba aceptar que los seres humanos son imperfectos. Ello no significa tolerar el abuso ni abandonar los límites. Significa negarse a quedar psicológicamente sorprendido por la existencia de personas difíciles. De ahí una distinción poderosa: no se puede controlar que alguien se comporte mal, pero sí se puede influir en cuánto espacio mental ocupa después esa conducta. Alguien puede arruinar cinco minutos del día. No es necesario concederle las cinco horas siguientes.

  1. Separe lo que es suyo de lo que no lo es

Acaso sea la lección más importante del estoicismo. Algunas cosas están bajo el propio control; otras, en parte bajo la propia influencia; y otras simplemente no corresponden mandarlas. El esfuerzo es propio. La respuesta es propia. Los valores son propios. La opinión ajena no lo es. La reacción ajena no lo es. El pasado no lo es. El clima, decididamente, no lo es. Y, sin embargo, gran parte de la ansiedad humana procede de intentar controlar precisamente esas cosas.

Se reproducen conversaciones: ¿qué quiso decir?; ¿por qué no respondió?; ¿y si no le agrado?; ¿y si esto sale mal?; ¿y si fracaso?; ¿y si me juzgan? Adviértase el patrón. La mente insiste en resolver problemas que acaso no tengan solución controlable, y ello produce agotamiento. Una de las preguntas más útiles de la primera hora es esta: ¿esto me corresponde de verdad controlar? Si sí, actúe. Si en parte, influya en lo que pueda. Si no, practique soltarlo.

Suena filosófico. En la práctica es sumamente concreto. Supóngase que se espera la respuesta a un mensaje importante. No se puede obligar a que respondan. Sí se puede decidir qué se hará durante la espera. Ahí comienza la libertad: no en controlar la realidad, sino en negarse a entregar la mente entera a la realidad.

  1. Haga la siguiente cosa necesaria

Marco Aurelio volvía una y otra vez a la idea de realizar el trabajo que se tiene delante. No imaginar el futuro entero. No obsesionarse con el reconocimiento. No exigir que la tarea se sienta significativa antes de empezarla. Solo hacer lo que el momento requiere. Esto resulta casi dolorosamente pertinente hoy.

Con frecuencia no se tropieza por no saber qué hacer, sino por pensar simultáneamente en todo lo que hay que hacer: el correo, el proyecto, la hipoteca, la relación, el problema de salud, el libro inconcluso, la conversación difícil, el futuro, el pasado. El cerebro forma un único montón psicológico, y luego uno se pregunta por qué se siente abrumado.

Marco Aurelio ofrece otro procedimiento: volver a lo que está directamente delante. Si hay que escribir, escríbase. Si hay que caminar, camínese. Si hay que hacer la llamada, hágase. Si hay que disculparse, discúlpese. Si hay que descansar, descanse. La mente quiere certeza antes de la acción. La vida rara vez la proporciona. A veces la claridad llega solo después de comenzar. Así, en lugar de preguntar cómo se va a arreglar la vida entera, pregúntese cuál es la siguiente cosa honesta que es preciso hacer. Y hágala.

  1. Recuerde que no necesita ganar cada instante

Acaso sea la lección más difícil. Vivimos en una época de comparación constante: quién es más rico, quién más joven, quién más exitoso, quién tiene más seguidores, quién tiene un mejor matrimonio, quién viaja más, quién parece más sano, quién se retiró antes, quién va delante. Y lo singular es que se pueden ganar todas las comparaciones externas y sentirse, aun así, derrotado por dentro.

Marco Aurelio era emperador. Tenía un poder extraordinario. Y, sin embargo, las Meditaciones vuelven de manera reiterada a la humildad, la impermanencia, el dominio de sí y la insignificancia de la reputación. Ello debería hacernos detener. Porque la cultura contemporánea dice: vuélvase impresionante. El estoicismo pregunta: vuélvase estable. No son el mismo fin. Se puede pasar la mañana entera intentando volverse impresionante, o se puede emplearla en volverse difícil de perturbar. Lo primero produce una imagen. Lo segundo, un fundamento interior. Y el segundo puede importar más cuando la vida deja de cooperar.

La mañana no consiste en ganar el día

He aquí la inversión cognitiva. La mayoría piensa que una buena rutina matutina debe hacerla más productiva. Marco Aurelio sugiere algo más profundo. El propósito no es meramente hacer más. Es impedir convertirse en prisionero de lo que ocurra a continuación.

Se despierta. Algo sale mal. Alguien decepciona. Los planes cambian. El cuerpo duele. El dinero se complica. El trabajo se vuelve estresante. Alguien malinterpreta. El mundo se niega a comportarse según las preferencias propias. ¿Qué entonces? Si la paz depende de que las circunstancias cooperen, se pasará la vida negociando con la realidad. Pero si se ha practicado volver a los valores, a la atención y a las responsabilidades, algo cambia. La tormenta puede seguir siendo tormenta. Ya no se está obligado a convertirse en la tormenta.

El experimento de la primera hora de Marco Aurelio

Mañana, antes de abrir las redes o el correo, siéntese en un lugar silencioso. No se necesita incienso, ni un diario perfecto, ni un sistema de productividad de doscientos dólares. Tome diez minutos y formúlese seis preguntas:

  1. ¿Qué merece hoy mi atención?
  2. ¿Qué está fuera de mi control?
  3. ¿Qué persona o situación difícil podría encontrar?
  4. ¿Qué lamentaría postergar?
  5. ¿Cuál es la siguiente cosa necesaria?
  6. Si hoy fuera uno de mis últimos días, ¿qué perdería de pronto importancia?

Luego comience. No de manera perfecta. No de manera dramática. Solo de manera deliberada. Y cuando el día, inevitablemente, se tuerza, vuelva a las preguntas. Una vez. Y otra. Y otra. Porque el objetivo no es crear un día en el que nada perturbe. Ese día no existe. El objetivo es convertirse en alguien que puede ser perturbado sin quedar destruido por cada perturbación.

El verdadero secreto que Marco Aurelio comprendió

Acaso la ilusión más peligrosa de la vida contemporánea sea que la paz llegará cuando todo esté arreglado: después de ganar más dinero, de que mejore la relación, de que crezcan los hijos, de que la carrera se estabilice, de perder peso, de mudarse, de retirarse, de que por fin lo comprendan, de alcanzar el éxito. Entonces, imaginamos, podremos por fin respirar.

La filosofía de Marco Aurelio señala otra dirección. La paz no es necesariamente la recompensa por obtener el control de la vida. Puede ser el resultado de modificar la relación con aquello que no se puede controlar. Ello no significa volverse pasivo. Significa volverse selectivo. Se actúa donde la acción es posible. Se acepta donde el control es imposible. Se vuelve al presente. Se hace el trabajo. Se suelta el aplauso. Se recuerda que todo es temporal. Y se continúa.

Mañana, antes de que el mundo lo alcance

Mañana el teléfono estará esperando. La bandeja de entrada estará esperando. Las noticias estarán esperando. Las expectativas ajenas estarán esperando. Los problemas inconclusos estarán esperando. Pero, durante un breve momento, antes de que todo ello entre en la mente, se tendrá algo de extraordinario valor: la elección.

Se puede entregar la primera hora. O se puede usarla para recordar quién se es. Marco Aurelio se escribía recordatorios porque incluso un emperador necesitaba que se lo recordaran. Acaso sea la parte más humana de su filosofía. Saber no basta. Se olvida. Uno se distrae. Se enfada. Compara. Persigue. Se preocupa. Se pierde. Y luego vuelve a recordar.

Tal vez eso sea, en realidad, una práctica matutina: no convertirse de la noche a la mañana en una persona enteramente distinta, sino volver a sí mismo antes de que el mundo diga quién hay que ser. Y acaso la pregunta más importante no sea qué se puede lograr hoy, sino qué clase de persona se será mientras el día ocurre. Porque un día, sin aviso, no habrá mañana. Y cuando ese día llegue, probablemente no se deseará haber respondido un correo más. Acaso solo se desee haber estado más presente en la vida que ya se estaba viviendo.

Una práctica breve para mañana

Antes de tocar el teléfono, ponga los pies en el suelo. Tome un aliento. Mire el día que tiene delante. Y dígase: no necesito controlar todo lo que ocurra hoy; necesito controlar lo que hago con lo que ocurre. Luego comience. Eso puede bastar. Y acaso por eso mismo sea tan difícil.

Si esto resonó, profundice

Las ideas que cambian una vida rara vez llegan como rupturas dramáticas. Comienzan con pequeños desplazamientos en el modo de pensar, en lo que se advierte y en lo que se elige hacer cuando la vida no sigue el plan. No se limite a leer acerca de una vida mejor. Aprenda a pensar el camino hacia ella.