Hay algo tranquilizador en ponerse en manos de alguien que sabe. Un médico, una terapeuta, un economista. Uno llega con sus dudas y espera que el otro ayude a ordenar el desbarajuste. El problema comienza cuando quien sabe se convence de que lo sabe todo y confunde nuestra confianza con el derecho a decidir por nosotros.
En “Lo dejamos acá”, la película argentina estrenada en Netflix, Ricardo Darín interpreta a Ulises Verón, un prestigioso psicoanalista que ha perdido la fe en la terapia y decide intervenir clandestinamente en la vida de sus pacientes. No se limita a escucharlos: manipula las circunstancias que los rodean, convencido de que sus maniobras pueden conseguir lo que las sesiones no logran. Los resultados parecen darle la razón, hasta que un escritor bloqueado, interpretado por Diego Peretti, llega a su consultorio y amenaza con desbaratar su particular sistema.
La premisa tiene algo inquietante. Una cosa es buscar ayuda para entender nuestra vida; otra, que alguien decida arreglarla a nuestras espaldas, convencido de saber mejor que nosotros lo que nos conviene. El peligro aumenta cuando sus intervenciones funcionan: el alivio del paciente puede convertirse en la coartada del terapeuta. Y quien empezó cruzando un límite para resolver un problema termina creyendo que los límites son el problema.
Si alguna vez acudiera a una terapeuta, tendría que confiarle cosas que quizá ni siquiera me atrevo a decirme. Esperaría, eso sí, que esta película no le diera ideas. Le pediría ayuda para revisar mis decisiones, no para que las tomara por mí. Para equivocarme, hasta ahora, me he bastado solo.
Hernán Goldfrid construye un arranque magnífico que atrapa por la audacia de su protagonista y por las preguntas que plantea. ¿Es legítimo manipular a alguien si el resultado es beneficioso? ¿Dónde termina la ayuda y empieza el abuso? La comedia negra permite acercarse a esas cuestiones sin solemnidad, mientras Darín vuelve encantador a un personaje de métodos bastante discutibles. Nos descubrimos sonriendo ante maniobras que, aplicadas a nuestra propia vida, nos resultarían intolerables.
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La química entre Darín y Peretti sostiene buena parte de ese juego. Se los ve disfrutar juntos, especialmente durante el baile en casa del escritor, con el alcohol haciendo lo suyo. La escena es muy divertida y nos permite verlos fuera del habitual intercambio de preguntas, respuestas y silencios del consultorio. Por un momento, terapeuta y paciente se toman vacaciones de sus respectivos papeles.
Pero Ulises parece necesitar algo más que la mejoría de sus pacientes: necesita que esa mejoría le dé la razón. Cada éxito alimenta su sensación de ser excepcional y lo anima a seguir. Examinar sus métodos supondría poner en duda la imagen que ha construido de sí mismo. El terapeuta podría estar utilizando a sus pacientes para sostener su propia autoestima.
Sin embargo, el relato empieza a apurarse precisamente cuando más convendría detenerse. La celebración por la publicación del libro corona el éxito de Ulises, pero a partir de ahí los reveses se acumulan con demasiada rapidez. El guion se empeña en desmontar de golpe lo que había construido hasta entonces. Más que asistir al desgaste de su método, sentimos la mano del guionista empujando al personaje hacia su siguiente crisis.
Cuando todo se encamina a la catástrofe, llega el salvataje: una pirueta narrativa tan ingeniosa como tramposa. Convertir el conflicto en una oportunidad de negocio podría ser la culminación perfectamente cínica de esta comedia negra. Mi reparo está en la facilidad del rescate: después de precipitar la caída de Ulises, el guion le ofrece una salida demasiado conveniente. El giro sorprende, pero parece hecho a la medida de sus apuros; cuesta reconocer en él una consecuencia de lo que la película venía contando.
Y, sin embargo, sonreímos. La película encuentra en nosotros unos cómplices bastante dispuestos. Darín tiene el inconveniente de hacerse querer incluso cuando su personaje nos da motivos para desconfiar. Queremos que Ulises salga airoso y aceptamos con benevolencia una solución que quizá le discutiríamos a otro protagonista. Goldfrid aprovecha esa simpatía, aunque por momentos le pide al carisma del actor que haga el trabajo del guion.
Lo dejamos acá” tiene humor, dos grandes actores que se potencian mutuamente y una premisa que sigue dando vueltas después de los créditos. Su desenlace me convence menos que su arranque, pero tampoco puedo hacerme el inocente: sabía que Ulises abusaba de la confianza de sus pacientes y, aun así, quería que se salvara. ¿Cuánto estamos dispuestos a disculparle a alguien que nos cae bien?
Tal vez una terapeuta pudiera aclarármelo. O devolverme la pregunta y convertir mi desconcierto en otra sesión.
Alfonso Cortez
Comunicador Social
